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Fecha: julio 24, 2017
El WC de los panojos
Diego Ruiz 24-07-2017 | 5:08 | 0

Al pueblo de mis abuelos, el agua corriente llegó a las casas muy tarde. El progreso, entonces, iba a un ritmo muy lento. Fue, a finales de los sesenta o principio de los setenta. Hasta entonces, el líquido elemento procedía del pozo de la finca de Tuta o del aljibe que se llenaba de agua de lluvia en la parte trasera de la vivienda, junto a un pequeño lavadero en el que se frotaba la ropa a base de muñeca y jabón chimbo. La del pozo de la vecina, una más en la familia, servía para beber, cocinar, el aseo diario y hacer aquel café de puchero, ‘negro’ como se decía entonces. Y la otra, para un sinfín de cosas variopintas, como la limpieza de la vajilla o del suelo de la casa, para llenar las bolsas con agua hirviendo que en invierno servían para calentar las camas, para la colada, para plancha y para limpiar los orinales a primera hora de la mañana. Ni que decir tiene que cuando llegó el agua corriente al pueblo dejó pequeñas las fiestas de San Esteban, San Roque, San Roquín y el perro.
Frente a la casa, y en dirección a la vivienda del cura párroco del pueblo, siempre hubo un maizal que sirvió como despensa para proporcionar la alimentación a los animales y, en especial a las gallinas, que después ‘soltaban’ unos huevos que hoy en día no se ven ni en pintura. Eran unas quimas muy altas, coronadas por aquellas mazorcas de ‘pelo negro’ sobre el rubio de los granos protegido por una ‘gabardina’ verde. Ese mar de ‘panojas’ sirvió además, durante al menos cuatro generaciones, como inodoro familiar. Allí se hacía pis y caca. Así, como suena, en plena naturaleza y, generalmente con nocturnidad y alevosía, para no ser vistos por vecinos o extraños. ¡Niño, coge el papel y a los panojos!, decían nuestras madres cuando llegaba el apretón. Aquellos eran tiempos en los que nada de esto importaba, en los que la leche tenía una nata de diez milímetros de espesor, el pan veinte y un huevo daba para una tortilla para cuatro adultos. Tiempos en que el perro no era un juguete, sino un animal de compañía, como el de San Roque.

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Sobre el autor Diego Ruiz
Santander 1960. Universidad de Cantabria. Sección de Deportes, Cantabria en la Mesa y, a veces, algo de toros. En la redacción de EL DIARIO MONTAÑÉS desde 1984 pasando por casi todas las secciones.

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