Cuando el conflicto se olvida en la cancha

Muchas veces, especialmente en el deporte de élite, lo que debería ser un simple y sano juego se convierte en herramienta política y económica. Pero en contadas ocasiones, el deporte se desmarca, hace un bloqueo y se muestra ajeno a cualquier circunstancia externa y dañina.

En Sudán, en las horas previas al referendum de independencia, hay chavales que se dedican a jugar al baloncesto. Una vía de escape en el décimo país más grande del mundo pero el 154 en cuanto a índice de desarrollo humano.

Lanzar a canasta es religión en Sudán. Todo desde que en 1983, un joven de 2,32 de estatura procedente de la tribu de los dinka entró en el draft de la NBA. Manute Bol es historia viva del baloncesto y una leyenda en su país. Pero más allá del deporte, Bol perdió hasta 250 familiares en la guerra civil del estado centroafricano. Sin embargo, lejos de engendrar un sentimiento de venganza, dedicó su poder mediático para ayudar a los más desfavorecidos a través de la asociación ‘Sudan Sunrise’. “Mi sueño es construir escuelas en el sur de Sudán, porque gracias a la educación tendrán una vía decente de encontrar un empleo y de mejorar su nivel de vida”, aseguraba Bol, apelando por la reconciliación de sus compatriotas. Primero cometió el error de financiar con parte de su fortuna la guerra civil sudanesa, pero posteriormente se dio cuenta de que ese era un camino que se llevaba por delante también a los suyos.

“Los jóvenes son el futuro de Sudán, poco importa de qué región o de donde vengan”, dijo el ex pívot en 2009, volcado, posteriormente, con la reunificación pacífica de su país.

Ahora, en plena vorágine de cambios, y con importantes conflictos que se están cobrando cientos de vidas, algo del espíritu de Manute Bol ha quedado en el corazón de los sudaneses y tiene forma de balón anaranjado.


Fotografías: Trevor Snapp

Una ducha de agua sucia

Ni cortinas ni bañeras. Para ducharse en Haití primero hay que encontrar agua. Limpia. La maldita visita del huracán ‘Tomas’ la ha dejado marrón y estancada en las calles, por llamarles algo, de Puerto Príncipe. Su hedor es tan insoportable que hay quien prefiere sacarse el calor con ¿pintura? ¿leche? en medio de la isla maldita, desbordada de miseria.

El agua corriente es todo un lujo en un país que no levanta cabeza desde que en enero el devastador terremoto de siete grados dejara hecha añicos la capital caribeña y le robara 200.000 habitantes. Los que sobrevivieron se han quedado sin tuberías y alcantarillas. Sólo hay barro y cólera, que no ha tardado en ahogar con sus garras a más de 800 personas mientras los hospitales socorren como pueden a más de 12.000 enfermos.

Diversos colectivos internacionales lo pintan mucho peor. Calculan que la epidemia, casi más rápida que la luz, atacará a 200.000 haitianos en cuestión de semanas. Viaja a una velocidad explosiva. Para desterrarla necesitarán médicos, pero sobre todo cañerías. Dinero. Alguien le ha puesto ceros y comas al proyecto para sanear un país podrido: 163,9 millones de dólares.

El supuesto foco de la enfermedad, que se transmite por agua y comida contaminada, está más o menos localizado a orillas del río Artibonite. Mientras lo taponan, el Gobierno ha pedido a los ciudadanos que se laven las manos con jabón de forma regular, que eviten comer verduras crudas y que hiervan todo lo que se lleven a la boca.

‘Como quisiera poder vivir sin agua’, canta Maná. El de la lata quizás no conozca la melodía pero lo piensa a todas horas.

Fábula de los altramuces en el basurero de Managua

Patronio fue quien contó al Conde Lucanor la historia del hombre arruinado que, herido por su suerte, lamía sus heridas mientras se alimentaba con altramuces, la carne de los pobres. Detrás suyo caminaba otro antiguo potentado que comía las cáscaras que arrojaba al suelo el primero. Se trata de una fábula de mucho consuelo, una de esas parábolas conformistas que nos hacen congraciarnos con nuestra mansa suerte y repetir: ‘virgencita, virgencita, que me quede como estoy’.

Ese hombre medio desaparecido entre bolsas de residuos recuperados del basurero La Chureca, en Managua, representaría a nuestros ojos el último eslabón en la cadena de los altramuces. Decenas de familias viven en ese barrio de Acahualinca, disputándose con ratas, perros y zopilotes, los restos aprovechables de los residuos, mil toneladas al día, que arrojan sus paisanos. Papel, botellas de vidrio, cables de cobre y restos de tuberías que ellos revenden, asediados por un sol terrible y por aguaceros que convierten el vertedero en un cenagal. Así se ganan un jornal de miseria y el derecho a volver al día siguiente.

Esta misma semana hemos sabido que la Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo pretende invertir 30 millones de euros para atender a las familias del vertedero, a las que realojará en 258 viviendas levantadas al efecto. Por haber, habrá hasta una planta para reciclar los residuos… Muy bien. ¿Pero si les quitan hasta las cáscaras, de qué se alimentarán los pobres de los pobres?

Texto: Julián Méndez / Foto: Oswaldo Rivas

Fantasmas en el mar

El conflicto de Oriente Medio tiene, a priori, imposible solución y dificultosa concreción narrativa para el periodista que trata de hacer un resumen cronológico del quiste en cuestión. Yo me voy a quedar con esa norma ficticia que, aunque de uso cómico, a veces supera todas las reglas de la ciencia: ‘La Ley de Murphy’. Y la voy a utilizar por dos vertientes. Por un lado, se suele decir que cuando parece que las cosas no pueden ir a peor, debes estar seguro de que empeorarán, y así funciona el conflicto palestino-israelí.

Por otro lado, cuando parecía que la política de seguridad del estado hebreo no podía llegar más lejos, va y lo hace.

Hace tiempo que Israel sobrepasó la línea de lo humanamente correcto, pero esta vez ha atravesado la línea de lo relevantemente mediático y esto puede ser, o debería ser, un punto de inflexión en las relaciones diplomáticas de las grandes potencias con el país cobijado bajo la estrella de David.

En Palestina hay terroristas. Individuos violentos y radicales que deben pagar por sus fechorías que además perjudican a la causa que supuestamente defienden: Su pueblo, su tierra. No por gritar más alto se tiene más razón.

Pero en la supuesta ‘Tierra Santa’ se está llevando a cabo una política genocida y estranguladora bajo la pasividad del resto del planeta que deja hacer y deshacer a mandatarios que no rinden cuentas ante nadie.

Durante mi breve estancia en Israel me daba la impresión de ver un fantasma agarrado a la espalda de cada judío. Un ser nacido del miedo, considero que exagerado, que impide a sus portadores sonreir.

¿Cómo puede ser feliz una persona, hombre o mujer, que ha realizado un servicio militar de 3 años, que ha visto morir a niños, mujeres, hombres, ha presenciado torturas, fallecimientos de seres cercanos… con apenas 18 años de edad? Muchos jóvenes acaban siendo adictos a las drogas tras la ‘mega mili’. No me extraña.

Esos mismos adolescentes que portando una Uzi o un M-16, vigilan las calles y edificios oficiales con una única consigna: “En caso de peligro, dispare”.

Si a mi me han tenido durante tres horas entretenido con controles, registros de maleta y preguntas sin sentido (“¿Cómo se llama tu madre?” – “¿Acaso usted la conoce?”, pensaba yo para mí) en el hall del aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv por llevar en la maleta seis ‘kuffiyas’ (típico pañuelo palestino), ¿qué no van a hacer contra una flota de barcos que lleva bienes indispensables para la vida al mismísimo enemigo?.


Grandes fantasmas surcando el mar Mediterráneo que en vez de sábanas llevan banderas palestinas. ¡Por Sharon! ¿Cómo no van a disparar?. Sí existen Dios o Allah se les debe estar cayendo la cara de vergüenza al ver las atrocidades que hace el ser humano en su nombre. “Santo, santo, santo es el Señor… de la guerra”.

La guerra cansa

La guerra cansa. Me cansa, os cansa y les cansa. A veces abro el periódico, veo los informativos o navego por la web de eldiariomontanes.es y al escuchar siempre las mismas noticias sobre guerras tengo una extraña sensación de agotamiento informativo que pronto obligo a disiparse cuando me doy cuenta de que ese no es el camino.

Dicen que a todo se acostumbra uno pero el primer paso para acabar con las injusticias es nunca hacer de ellas algo cotidiano y rutinario, porque contra la rutina el ser humano tiene una capacidad insuperable para dejarse llevar.

Luego, depende de la conciencia de cada uno, hay gente a la que le duele que pasen estas cosas aunque sea en lugares lejanos y otros directamente dejan pasar los relatos bélicos por su pasillo auditivo de lado a lado para no ver peligrar su rosáceo mundo perfecto.

Y la guerra también cansa a sus protagonistas. Las víctimas nacen y viven bajo el miedo, en una situación a menudo insostenible. Los soldados, de uno y otro bando, son casi siempre meros voluntarios forzosos, obligados por la necesidad o por la barbaridad de pensamiento de algún señor de la guerra sin escrúpulos ni sangre en las venas.

Para los únicos que la guerra no resulta cansina es para aquellos que llenan sus bolsillos con ella. Empresarios armamentísticos, líderes políticos… Desde sus despachos pulsan el botón del apagado del televisor cuando la guerra de cierto país sale a la palestra y encienden la calculadora para comprobar sus cuentas de beneficios. Pero a mí las cuentas no me salen porque siempre me dan resultado negativo: víctimas, muertos, heridos, exiliados…

Me gustaría ver algún día, como en las guerras antiguas cuando los nobles y monarcas iban al frente encabezando a sus hombres, a los políticos que ordenan ahora atacar cualquier lugar, caminando fusil en mano, con su casco, por el barro y su traje de camuflaje, en vez de estar ajustándose el nudo de la corbata en su oficina o jugando al golf. Sí quieren guerra, que den ejemplo y la hagan ellos mismos, que no manden a otros a hacerla, y si quieren dinero, que trabajen o hagan la primitiva como los demás… pero hablando en castellano antiguo, que no jodan a los inocentes.

Miedo

FOTO: Mikel Ayestarán

Tener miedo, en sí no es algo positivo, aunque si se trata de una sensación de un breve espacio de tiempo puede resultar una experiencia más de la que aprender en esta vida, una manera de afrontar situaciones similares con mayor confianza. Tener miedo es un mal rato que empieza y acaba, pero no se prolonga más allá del umbral del sufrimiento. Una vez que cruza esa delgada e imaginaria línea roja estaremos hablando de otra cosa.

Vivir con miedo se encuentra en el camino de habitar en el infierno. Una gran losa que se aferra a la espalda de uno mientras se camina, a veces como buenamente se puede, por la vida. Un lastre que impide al que lo vive mostrarse en su plenitud, disfrutar de manera íntegra de los placeres de este mundo y que agota la salud mental de la persona. Pero aún existe una situación peor que ésta.

Nacer con miedo es (o debe ser) el infierno en su grado máximo. Llegar a este mundo en cueros ante el terror y vestirse a modo de armadura para tratar de sobrevivir a tal sufrimiento vital. A veces esa cota de malla contra el miedo y la tristeza hace insensible al que la porta, también ante el amor y la alegría. Hasta el corazón se vuelve de piedra para poder resistir mejor las grietas provocadas por el dolor.

P.D.: Una canción de Oasis dice: “Some might say they don´t believe in heaven. Go and tell it to the man who lives in hell” (“Puede que algunos digan que no creen en el paraíso. Pues ve y diselo a aquel que vive en el infierno”).

Texto: Sergio Herrero

Podéis ir en paz… o no

No consta que Nuestra Señora del Buen Kalashnikov figure en el santoral, pero el arte es así, no se para en minucias. Le pasa lo que a Hugo Chávez y sus acólitos, se topan con un muro y lo derriban a culatazos si es preciso. Si por medio hay víctimas colaterales, diga personas, diga derechos y libertades, mala suerte, las armas las tengo yo.

Esta joya del muralismo contemporáneo ha brotado de la noche a la mañana en el 23 de Enero, un arrabal de Caracas, bastión del chavismo más furibundo. A la izquierda de la imagen, oculto -en algún lugar hay que cortar la foto-, hay pintado un Cristo que tampoco imparte bendiciones. Armado con otro fusil de asalto escupe «La Piedrita-Venceremos». La Piedrita es el nombre del grupo de matones del barrio, pretorianos del presidente venezolano dispuestos a defender la así llamada ‘revolución bolivariana’ hasta «las últimas consecuencias».

La Iglesia, tan dada a escandalizarse por lo que sucede extramuros de sus seminarios, ya ha puesto el grito en el cielo, valga el chiste. Varios monseñores han clamado contra la «siembra permanente de odio y violencia» de un proyecto político «cuya felicidad está en la eliminación del otro».

Las ‘hazañas’ de La Piedrita alimentan muchas páginas de los diarios venezolanos, cuando sus redactores no se ven obligados a refugiarse de los gases lacrimógenos que en ocasiones les han lanzado los paramilitares. En su historial de armas también se cuenta la ocupación del Arzobispado de Caracas, hace un par de años. Hasta Chávez les echó el alto en aquella ocasión.

Se odien o se amen, los regímenes autoritarios siempre han encontrado ventajas en el matrimonio de conveniencia con la confesión mayoritaria. Y viceversa. A ambos lados del Atlántico la jerarquía católica se ha retratado sobradamente en este sentido en el siglo pasado.
En todo caso, la vida real sigue su curso ajena a estas fintas verbales de la política y a las escaramuzas pictóricas de sus mamporreros. La vida real es llevar la pitanza a casa y llegar a fin de mes. La vida real es esta señora con la compra del día a cuestas, que pasa sin mirar a la ‘madonna’ y el niño armados para el Juicio Final. Bastante tiene con llenar la cesta en un país donde la inflación acabará 2010 entre el 35 y el 40 por ciento y el maná del petróleo alimenta la revolución y poco más.

Texto: Arantza Prádanos
Foto: Miguel Gutiérrez

Al mismo lado de la barricada

¿Se imaginan a un ultra Sur animando mañana en el Camp Nou, con la camiseta del Real Madrid, al Fútbol Club Barcelona en su decisiva semifinal de la Champions League frente al Inter?. Yo no, pero más sorprendente aún es ver estas fantásticas imágenes de Mehanem Kahana.

Yo que he tenido la tremenda fortuna de cumplir el sueño de pisar territorios palestinos no podría imaginarme a un judío ortodoxo piedras en mano y kuffiya al cuello, atacando a los militares que protegen a los que se cobijan bajo la estrella de David.

Sólo se me ocurre decir que, a veces por suerte, el mundo está loco, el habito no hace al monje aunque los prejuicios nos lleven (a mi el primero) a realizar falsas generalizaciones y, como opinión muy muy personal después de lo vivido… ¡Palestina libre!

P.D.: Anoche en La 2 pusieron una película bastante recomendable, aunque poco realista sobre el conflicto palestino-israelí: ‘La sal de este mar’

‘Al mismo lado de la barricada’, por Julián Méndez – Fotos: Mehanem Kahana

El enemigo de tu enemigo es mi amigo. Algo así parece desprenderse de esta imagen, tomada el domingo en Jerusalén Este. El hombre de la derecha es un militante palestino que arroja piedras contra la Policía de Israel. Un clásico. Pero, ¿y el de la izquierda?

Es un ortodoxo judío, un integrante de la minoría Neturei Karta (Los guardianes de la ciudad). Sus 5.000 miembros, descendientes de judíos centroeuropeos, sostienen que los hijos de las doce tribus de Israel fueron expulsados de Jerusalén por sus pecados y que tratar de reasentarse ahora en la Ciudad Santa supone una violación de la ley divina. Al tiempo, proponen desmantelar el actual Estado de Israel hasta la llegada del Mesías, propugnan una Gaza libre, una Palestina libre y la convivencia de los judíos, como minoría, en un flamante Estado palestino.

¿Extraño? Un poco. Sin embargo, uno de sus dirigentes, Moshe Hirsch, llevó la doctrina de los Neturei Karta al extremo de participar en el gobierno del difunto Yasser Arafat. Hirsch detentó la cartera de Asuntos Judíos en el gabinete presidido por Abu Ammar.

En la fotografía, el palestino y el judío comparten su oposición al Estado de Israel. Esa animadversión les ha colocado en el mismo lado de la barricada. El uno viste traje y sombrero negro; sobre sus hombros carga con el talit, la prenda de tela blanca con cuatro esquinas, bordados y flecos, que los judíos emplean para cubrirse los hombros en sus ceremonias religiosas y que los ortodoxos han extendido al vestuario diario. El otro cubre su rostro con una máscara de fortuna, hecha con una camiseta de eslóganes americanos enrollada con gran habilidad a su cabeza. Las manos de ambos aparecen cargadas de piedras. ¿Qué se estarán diciendo? ¿En qué idioma se entenderán? Misterio.

Lo que no ofrece dudas es el uso que darán a los primitivos proyectiles que reposan en las palmas de sus manos en este momento de reposo en la batalla.








¿A quién le importa?

A qué sudanés puede importarle quién gobierne cuando se mueren en sus brazos uno de cada cinco hijos antes de cumplir cinco años. A qué sudanés puede importarle cuando pocos superarán los 50. A qué sudanés puede importarle cuando ven en una cantera de Juba a dos hermanitas picando piedra para la construcción. A qué sudanés puede importarle cuando malviven vendiendo hortalizas en los mercadillos, apiñados en campos de refugiados con cuatro millones de desplazados, rotos tras una guerra de dos décadas y dos millones de muertos y en casas con muros de adobe, suelos de tierra y una cama, un taburete, una televisión, una jarra de plástico y dos pares de zapatos como todo mobiliario.

¿A quién le importa?

A ella, en absoluto. Lo dice el desinterés de sus ojos, la mirada ausente que echa desde su morada en Khartoum al presidente Omar al Bachir, el único jefe de Estado mundial con una orden de busca y captura internacional por crímenes de guerra. El país más grande de África, pobre entre los pobres, vota estos días en las primeras elecciones multipartidistas en 24 años. 237 observadores internacionales, con Jimmy Carter a la cabeza, velan por su legalidad. Casi todos los opositores ya se han retirado por las irregularidades.

¿A quién le importa? A la chica de la foto, no. A la madre de Dhoah Thoan, una niña de dos años que el jueves lloraba de hambre en la cama de un sucio hospital de Akobo, tampoco. Gane el que gane, quizás hoy su hija ya haya muerto.

Texto: Arturo Checa
Fotografía: Zohra Bensemra

Clases al aire libre en Puerto Príncipe

«¿Cuál es el futuro de vivir?», preguntará alguna maestra a sus chiquillos en las improvisadas aulas al aire libre de Puerto Príncipe, la capital de Haití. Y los críos responderán, en un coro anárquico, estruendoso y feliz. «¡Yo viviré!».

Ayer, casi tres meses después del terremoto que se llevó por delante más de 200.000 vidas en el país más pobre del mundo, algunas clases empezaron a acoger a los primeros alumnos salidos de entre las ruinas y los campamentos de campaña.

Hay pupitres de fortuna, sillas descabalgadas sobre la gravilla y una cierta pesadumbre en los gestos y en los rostros de los niños… Difícil centrar la atención en la monotonía del maestro cuando la mente bulle de imágenes recientes. Aunque, bien mirado, siempre asoma entre ellos una mirada pilla, atenta, ensoñadora… bajo los lazos azules tejidos por las mismas manos amorosas que han escogido el mejor calzado para este primer día.

El seísmo echó por tierra 4.000 escuelas. Ahora, las autoridades han decidido dar clases en tiendas de campaña o en aulas sin muros para no exponer las vidas de los pequeños en construcciones apuntaladas o inestables.

Entre las primeras tareas de los enseñantes, aseguran los responsables educativos haitianos, no se encuentra el catón, sino la oferta de consuelo y apoyo emocional a los chiquillos. Tiempo habrá. Vivirán.

Texto: Julián Méndez
Fotografía: Eduardo Muñoz

El Diario Montañes

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