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Autor: xavillamazares
«Svetlana era un icono del poder soviético»
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Javier Menéndez Llamazares | 07-05-2016 | 6:30| 0

Monika Zgustova presentó en Santander su última novela, ‘Las rosas de Stalin’, sobre la hija del dictador

‘Las rosas de Stalin’ novela medio siglo de la vida de Svetlana Allilúyeva, la única hija Josif Stalin. Tras varias tragedias personales, su relación con un intelectual izquierdista hindú la llevará a emprender una peripecia emocional y geográfica, que la trasladará a varios continentes y diferentes sociedades, para descubrir, ya en Nueva York, que también allí la libertad que ansiaba le resultaría esquiva.

Seducida por el personaje, la traductora, periodista y escritora praguense -aunque afincada en Barcelona desde los años ochenta- Monika Zgustova le ha dedicado una intensa novela, que presentó el sábado 7 de mayo en la santanderina Librería Gil, acompañada por el editor de Galaxia Gutemberg, y el escritor Jesús Ruiz Mantilla.

-Tiene toda la pinta de que usted vivió un enamoramiento literario con el personaje de Svetlana Allilúyeva…

-Sí, se podría decir que fue un flechazo. Un día paseando por las calles de Nueva York encontré sus dos libros autobiográficos; después resultó que no podía hacer otra cosa que leerlos una y otra vez. Casi parecía una obsesión, hasta que me di cuenta de lo que tenía que hacer era escribir sobre ella. O, más bien, como desde dentro de ella.

-Ser la hija de alguien tan poderoso como Stalin podría parecer una posición de privilegio, pero sin embargo Svetlana más que aprovecharla, acabó padeciendo esa circunstancia.

-Si hubiera sido una hija dócil, una persona obediente, habría podido vivir como una auténtica princesa. Pero es que no fue así; ella fue rebelde, y es cierto que sufrió, pero también a través de ese sufrimiento pudo aprender mucho, muchísimo. Y no sólo de la propia vida, sino también sobre política, sobre las dos grandes potencias mundiales en plena guerra fría. Ella ya sabía que en la Unión Soviética cada uno de sus pasos estaría vigilado por la KGB, pero lo que no podía sospechar es que también en Estados Unidos lo haría la CIA.

-En un pasaje de la novela se dice de ‘Shveta’: «pareces ligera como una pluma y al mismo tiempo pesas más que una piedra. Deseas la soledad pero no sabes estar sola; eres buena, pero tengo la impresión de que puedes llegar a ser bastante cruel». ¿Cómo llegó a este nivel de conocimiento de su personalidad?

-La verdad es que me metí en su piel. Ya estoy acostumbrada a hacerlo como traductora, me meto en la piel del escritor para poder reproducir bien su obra, y como novelista, cuando escribo sobre un personaje real, también lo hago. Hasta el punto de identificarme con Flaubert cuando dijo «Madame Bovary c’est moi». Yo me convierto en Svetlana, y ella también un poco mí, y acabamos tan entremezcladas que al final no se sabe quién es quién. Así puedo escribir como desde sus propias entrañas.

-Al tratarse de una historia real, y pretender ajustarse lo máximo posible a la realidad histórica, ¿encuentra alguna diferencia, como escritora, respecto a otras de sus obras en las que predomina la ficción?

-Mucha; cuando escribes una novela inventada, tú te puedes inventar lo que quieras, evidentemente. Pero cuando escribes sobre un personaje que de hecho murió hace muy poco tiempo, tienes algunas obligaciones de fidelidad. O al menos, así lo siento yo. Así que traté de ser fiel al máximo al personaje, y leí todos sus escritos, sobre todo su correspondencia. Precisamente las cartas son fundamentales, porque en ellas se sincera. Además de revelar su estilo, lo que me permitió, por así decirlo, sentirla.

-Decide empezar la novela en un momento muy significativo, el año 1963, en la Unión Soviética de Krushev. Y además, muy especial en la vida de Svetlana.

-Quería orientar la novela hacia el exilio de Svetlana, porque cuando conoce a Brayesh ella sufre toda una revolución personal. Y a partir de ese momento su vida me interesa muchísimo; sobre todo, cómo el hecho de conocer a una persona puede influirte hasta el punto de llevarte a cambiar tu propia personalidad, a dejar tu cultura atrás, y hasta irte al extranjero dejando a tus hijos en Rusia. Y todo hacia un futuro absolutamente incierto.

-Pero, ¿qué tenía el hindú para provocar semejante efecto?

-Pues que va a convertirla en una persona libre. Y ella no había conocido la libertad. Brayesh había vivido en el mundo occidental, y conoce bien la democracia, lo que significa una sociedad abierta. Cuando comparten esas ideas, Svetlana comienza a hacerse muchas preguntas, a cuestionarse el mundo.

-Un mundo en el que destacan el racismo y la xenofobia, como cuando le recomiendan deshacerse de ese hindú y buscarse «un buen marido ruso».

-En la era comunista había realmente esos sentimientos. Pero sobre todo sucede que Svetlana era un icono del poder soviético, y se esperaba que actuase como ese símbolo. Que viviera de acuerdo con los ideales del estado, que encaja con los ‘consejos’ de los políticos: búsquese un marido que sea ruso, que sea joven, que sea un deportista. Valores que, generalmente, suelen ser los mismos en todas las dictaduras.

-La referencia a Stalin es inevitable, ya desde el propio título. ¿Tuvo el dictador alguna influencia sobre su vida?

-Directamente no; yo nací tiempo después, pero mi padre fue una de las víctimas del estalinismo. Cuando empezaba en la universidad fue detenido y torturado varias veces por la policía secreta; querían convertirle en un informador, que espiase a sus compañeros. Y como se negó, durante toda la década de los cincuenta siguió sufriendo un acoso continuo.

-Hablando sobre su trabajo literario, después de tantos años en Barcelona y tantos libros publicados en nuestro país, ¿podemos considerarla ya una escritora española?

-¡Bueno, a mí gustaría que todo el mundo me considerase suya! Yo suelo publicar todas mis novelas a la vez en mis tres lenguas, que son el checo, el castellano y el catalán. Por el momento, lectores en los tres idiomas me consideran como suya, lo que me parece maravilloso.

-¿Ha escrito la novela directamente en castellano?

-Sí, aunque primero hice un pequeño borrador en checo con todas las ideas principales.

-¿Qué le atrajo de España no ya para venir, sino para quedarse tanto tiempo?

-La verdad es que yo me quedaré para siempre, porque es un país que me ha adoptado como suya y que yo ya considero propio. Me gusta su gente, sus paisajes, todo… soy muy feliz aquí.

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El infierno es un aeropuerto
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Javier Menéndez Llamazares | 06-05-2016 | 6:39| 0

Ricardo Vigueras se lleva el VII Premio Tristana con una distopía burocrática

 

Título: No habrá Dios cuando despertemos Autor: Ricardo Vigueras NOVELA. Ed. Menoscuarto, 2016. 176 pág., 16,50 €

«En realidad estamos muertos, ¿verdad? Pero si estamos muertos, ¿por qué parecemos vivos?», se pregunta Amanda en la novela. Se trata de una joven desaparecida en México a finales del siglo XX, que se encuentra con Victorio, un humilde maestro de escuela rural con ínfulas literarias asesinado durante la guerra civil española, que además hará de narrador de la novela. Pese a lo remoto de sus coordenadas de tiempo y espacio, ambos van a coincidir en ‘el Aeropuerto’, que más que un ‘no lugar’, es un espacio más que conocido para cualquier lector familiarizado con la cultura occidental: el mismísimo infierno.

Que el infierno da mucho juego literario es una evidencia desde tiempos de los clásicos. Y veinticinco siglos más tarde, Franz Kafka pondría en negro sobre blanco uno de los grandes temores del hombre contemporáneo: verse atrapado por los engranajes de la despiadada burocracia. Si a todo esto le ponemos una buena dosis de humor negro, y lo combinamos con el necesario ritmo y elegancia, el resultado tiene que ser, a la fuerza, una novela a medio camino entre lo fantástico y lo satírico, en la mejor tradición de Jonathan Swift o George Orwell.

Y eso nos propone en ‘No habrá Dios cuando despertemos’, la novela con la que Ricardo Vigueras (Murcia, 1968) obtuvo el último premio Tristana. Doctor en filología clásica, desde hace dos décadas enseña en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (México) latín y filología clásica, y esa especialización se deja entrever por las páginas de este trepidante relato que oscila entre la asfixiante presión ambiental y el renacer de la esperanza que supone la relación entre Amanda y Victorio.

Claro que tampoco faltan las escenas desgarradoras, como en la que Amanda narra su propia muerte, en una pirueta narratológica que permite dar voz a los difuntos. Tras resumir brevemente su vida –«mi padre era lo que se dice un indio patarrajada (…), mi madre una aldeana que sembraba fríjol y coleccionaba postales de santos (…), aprendí a leer y a escribir de puro coraje». Obrera en un fábrica y más tarde camarera, es engañada y secuestrada por un «club social de gente elegante», y sufrirá una muerte violenta y degradante.

Con un estilo que recuerda en ocasiones al mejor Boris Vian, Vigueras despliega en la novela un nutrido catálogo de recursos narrativos y estilísticos que a buen seguro harán las delicias de los lectores; desde las referencia musicales, con Billy Holliday a la cabeza –«Love me or leave me and let me be lonely»– o Nina Simone; aunque también hay alguna referencia más chocante, como cuando Amanda espeta un «Te lo juro por Madonna». Puestos ochenteros, tal vez hubiera encajado más Europe y su ‘Final countdown’, al menos en relación con la original estructura de capítulos, en orden decreciente del diecisiete al cero, y que además esconden un final sorprendente e inesperado.

Aunque lo más logrado de la novela probablemente sean esos diablos en forma de empleados públicos, unos funcionarios demoníacos que hablan en una extraña clave, invirtiendo el orden lógico de las oraciones, y turbando constantemente a los condenados con sus instrucciones para localizar un vuelo que nunca logran alcanzar, perdidos en un laberinto de terminales. Como dirían los sufridos personajes, o más bien víctimas: real como la muerte misma.

 

 

 

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«Me pregunto qué tendrá Mick Jagger que no tenga yo»
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Javier Menéndez Llamazares | 30-04-2016 | 6:20| 0

Manuel Vilas celebra treinta y cinco años de escritura con sus obras poéticas completas y el premio de las Letras Aragonesas

Ni la poesía ni la prosa: el género literario que mejor domina Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) es la seducción. Y es que el pasado viernes, con sus Obras Completas bajo el brazo, visitó la Feria del Libro de Santander para participar en una mesa redonda poética junto a Ana Merino y Lorenzo Oliván. Entre el público, escritores como Marcos Díez y algunos incondicionales –que repiten visita tras visita de Vilas–, pero sobre todo muchos lectores anónimos, de diversas edades, para los que el aragonés iba a suponer todo un descubrimiento.

Y no sólo por ese gesto de viejo rockero que se gasta, o ese gusto por las declaraciones incendiarias, aunque también… De hecho, abrió fuego con un provocador «Lo que yo hago no le importa a nadie», referido a su poesía, para rematarlo con un contundente «Llevo años reflexionando y meditando qué tendrá Mick Jagger que no tenga yo».

Con el público ya encandilado, iría hilvanando nuevas invectivas: «Me dediqué a los libros porque, como era pobre, es la forma más barata de hacerse culto»; «La literatura ronda la arqueología: ya no tiene el poder transformador del siglo XIX» o «Escribo porque no sabía hacer otra cosa. Si hubiera sabido tocar la guitarra… Eso sí, no vean qué disgusto para mis padres».

Claro que la prueba de fuego, ese verdadero poder de seducción casi alquímico, llegaría con la lectura de sus poemas. Cuando leyó ‘HU-4091-L’, una elegía a su viejo automóvil –«Adiós, hermano mío, la grúa fúnebre te conduce / al infierno del desguace»–, los asistentes se habían convertido ya en seguidores incondicionales de este gran Vilas, que en ese sentido poco tiene que envidiar a las estrellas del rock.

 

–Si las matemáticas no fallan, de 1980 hasta 2015 van treinta y cinco años. ¿Escribía en pantalones cortos?

–Casi a los dieciocho años me vi con un libro publicado, tras quedar finalista de un concurso. Se titulaba ‘El sauce’ y tuvo una edición muy pequeña. En este último libro he querido reunir toda mi producción, que arrancó justo entonces.

–Se refiere a sus obras completas; ¿le gustaría haber hecho desaparecer alguna de ellas?

–¡No, requeriría demasiada motivación! Eso es una cosa del pasado, lo hacía Juan Ramón Jiménez, que era un hombre ocioso.

–Y Vilas tampoco tendrá tiempo; en este rato aún no ha sonado el teléfono, pero imaginamos que le dará miedo cogerlo, porque cuando no es Bob Dylan le llama Dios en persona…

–El teléfono siempre me ha motivado mucho; cuando mi madre murió le dediqué un poema, titulado con su número, porque caí en la cuenta de que ya nunca más vería ese número en la pantalla de mi móvil.

–Se diría que la tecnología le resulta muy productiva, literariamente.               

–Claro, pero es porque la hemos incorporado a nuestras vidas. La tecnología se ha hecho emocional, forma parte de nuestra identidad.

–Sin embargo, enseguida se vuelve obsoleta; en su caso, hemos visto que últimamente no le hace ni caso a su blog.

–Ha perdido actualidad; el blog puede servir como una especie de archivo, de fondo documental, pero la frescura y efervescencia está más en las redes sociales.

–¿Cuál prefiere, facebook, twitter…?

–Facebook; twitter es demasiado breve. Además facebook va muy bien para el cotilleo.

–Sin embargo, un tuit suyo afirma que «Lo más importante que debe hacer un escritor en esta vida no es escribir bien, sino no engordar. Engordar es el infierno de la literatura». ¿Qué tiene de malo de engordar?

–¡Es que en ese momento estaba intentando adelgazar! No, en serio: vivimos un momento en el que pesa mucho la imagen pública, y un escritor necesita una iconografía que se ajuste a los cánones dominantes.

–¿Eso quiere decir que las rabas que hemos encargado me las puedo comer yo solo?

–¡Ni hablar, me las voy comer! Pero vivimos en un mundo donde la comida es muy importante. En Estados Unidos, a cualquier hora del día hay gente comiendo.

–Ya, pero allí la mantequilla es de cacahuete y al fútbol le llaman ‘soccer’. ¿Emigró usted porque los McDonald’s son mejores?

–Qué va, allí no hace falta ir al McDonalds porque hay hamburgueserías mucho mejores. En los ‘dinners’, son caseras. España es una potencia gastronómica, pero nuestra comida es de difícil exportación porque es demasiado sofisticada, requiere demasiada elaboración.

–También el viaje le interesa: su anterior publicación fue un libro de viajes en muchos sentidos, acompañado por quien ha definido como «el mejor drogadicto de la historia del rock».

–Para mí Lou Reed, que me acompañaba de fondo en ‘Wild Side España’, es siempre un motivo de fuerza y de pasión por la vida. Descubrir su música es de lo mejor que me ha ocurrido, y con el tiempo le he descubierto hasta un poder analgésico.

–En la mesa redonda hablaba de dignificar la profesión…

–Hay una cierta desesperación ambiental entre los creadores, porque ni se venden discos, ni se leen libros ni se va al cine… No se está consumiendo mucha cultura, sobre todo en España.

–Pero, ¿cómo se arregla eso? ¿Creando plazas públicas y convocando oposiciones a escritor?

–No, no; se trata de tener un poco más de cuidado institucional y de fomentar la dignidad de los trabajos intelectuales. De entrada, habría sido muy sencillo crear un ministerio de cultura, que no lo hay, está sumido en el de educación. Pero son también pequeños detalles, como evitar esa persecución que ahora tienen los escritores mayores con el tema de la jubilación. Sólo hay que hacer ver a los ciudadanos que sus creadores son gente relevante, que igual que se cuida la agricultura o la industria del automóvil, también la cultura es importante en nuestra sociedad.

 

A la conversación le pone fin un camarero que surge detrás de su bandeja, en la que centellea una ración de rabas antológica. Y Manuel Vilas cumple con su palabra de devorarlas. Y entonces el cronista se pregunta: ¿qué tendrá Vilas que no tenga yo?

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El irresitible magnetismo de Juan Vico
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Javier Menéndez Llamazares | 29-04-2016 | 6:41| 0

La pasión decimonónica por el ocultismo centra su última novela, ‘Los bosques imantados’

 

Título: Los bosques imantados. Autor: Juan Vico. NOVELA. Ed. Seix Barral, 2016. 220 pág., 17,50 €.

Aunque el nombre de Juan Vico (Badalona, 1975) cope ahora por primera vez las estanterías de novedades de las grandes librerías, en realidad era ya más que conocido para esa creciente minoría de lectores que sigue la edición independiente; hasta la fecha, sus siete libros publicados en los últimos cinco años le han servido para construir una carrera más que sólida, que despuntó con la novela ‘El teatro de la luz’ y tuvo un hito maravilloso con el delicioso ‘El claustro rojo’, que le varía el premio Café 1916 para libros de relatos. Su salto ahora a una editorial de primera línea, Seix Barral, no viene sino a refrendar las enormes expectativas despertadas por sus obras anteriores.

En ‘Los bosques imantados’, Vico nos traslada a la Francia de fines del siglo XIX, un momento en el que el ocultismo cobra un enorme auge, convirtiéndose, más que en una fiebre, casi en un delirio colectivo. Espiritismo, pseudociencia e ilusionismo serán el entorno en el que habrá de moverse Víctor Blum, un periodista empeñado en desenmascarar a todos los charlatanes que le rodean. En especial a un misterioso personaje llamado Locusto… ¿Les suena todo esto? En efecto, Juan Vico aprovechará los recursos de la novela clásica de misterio, aunque no se va a ajustar al género sino que, más que parodiarlo, le sirve de guiño con el que poner en tela de juicio la credibilidad de toda información, incluso el papel del propio narrador.

No falta, además, la conexión con la realidad, ya que Vico incluye a un personaje histórico: Robert-Houdin, el inventor del ilusionismo moderno, quien ya retirado de la escena hace las veces de mentor del periodista-detective Blum.

Pero hasta el protagonista, Blum, firme defensor del método científico, se verá en algún momento obligado a recurrir a la intuición y el instinto, trastocando el cliché detectivesco, en una deriva hacia la novela negra muy de agradecer. Porque, de hecho, cuanto más avanzamos en la trama más negra se vuelve la novela. Y es que el ‘circo mediático’, como nos descubrirá el texto de Vico, no es un invento de la posmodernidad, sino una realidad que acompaña al periodismo en cualquier época. De modo que, lo que parecía una novela de detectives acaba convirtiéndose en una novela de ideas. Eso sí, sin perder ni un ápice de las virtudes de ambos géneros, en una pirueta literaria que no está al alcance de cualquier autor.

Sin renunciar a su habitual estilo cuidado y rítmico, casi poético, en esta nueva entrega narrativa Juan Vico otorga mayor presencia a los diálogos, en los que de nuevo el ritmo cobra importancia; adaptados a la escena, son en ocasiones chispeantes, brillantes, y en otras busca la inmediatez del lenguaje coloquial, con la pericia de quien sabe manejar distintos niveles y situaciones. También gusta de explotar los contrastes, dosificando el misterio y el humor en su justa medida.

En definitiva, Vico nos ofrece una novela altamente adictiva, capaz de cautivar incluso a lectores con poca apetencia por la época o por lo esotérico, y que además ofrece una doble lectura en clave crítica. Una excelente muestra de un autor que ha encontrado su voz narrativa.

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«El periodismo es el segundo oficio más viejo del mundo»
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Javier Menéndez Llamazares | 27-04-2016 | 12:42| 0

Conversación con Miqui Otero, que hoy presenta su novela ‘Rayos’ en la Feria del Libro

 

 

A Miqui Otero (Barcelona, 1980) le gusta salir con cara de duro en las fotos, pero el lector enseguida capta que su fuerte es la visión irónica y una narración en apariencia directa y sencilla que en realidad oculta su mirada crítica sobre la sociedad. Firma habitual de la prensa escrita, enseña periodismo y literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Tras despuntar con ‘Hilo Musical’ (premio FNAC en 2010) y ‘La cápsula del tiempo’, un auténtico bestseller de la edición independiente, Blackie Books presenta su último libro, ‘Rayos’, sobre el que asegura la crítica –y también su editor– que se trata de su novela más íntima, aunque en realidad es el retrato de un barrio y de toda una época, la feliz España de antes de la crisis económica. Hoy miércoles la presentará en la Feria del Libro, en la Plaza Porticada de Santander, a partir de las 19:30 h.

–Pero, ¿qué rayos pasa en su novela? Y no nos diga que «es complicado» (la frase que más detesta uno de los personajes, Bárbara).

RAYOS. Autor: Miqui Otero. NOVELA. Ed. Blackie Books, 2016. 328 pág., 21 €.

–¡Es que es complicado! No es la típica novela que se explique con un gancho de una frase. Hablo de Fidel Centella, un postadolescente de Barcelona que, unos años antes de que empiece la crisis, se marcha de casa. Y en paralelo narro la llegada de sus padres desde Galicia, unos años antes. Así que hay muchos ritos de iniciación, pero también se descubre muchas corrupciones, tanto en el barrio como en el propio piso en el que vive.

–Ha llovido mucho desde ese inicio de la crisis; ¿es por eso que, como ha declarado últimamente, ya no haya ropa tendida en Barcelona?

–Qué va; en la Barcelona de 2007 tampoco se podía ya, pero en el barrio de mi novela, El Raval, la gente lo sigue haciendo a pesar de la prohibición, por una simple cuestión de espacio: lo pisos son tan pequeños que no hay otro sitio donde tenderla. Eso mismo se cuenta en la novela: hay un discurso oficial que dice que las cosas tienen que ser de una determinada manera, pero después no siempre coincide con la realidad, y la gente al final hace lo que buenamente puede.

–¿Cómo es su relación con el barrio del Raval, en el que se ambienta ‘Rayos’? ¿Sigue siendo el famoso barrio chino de Barcelona?

–Pues he vivido nueve años allí y leía en las pancartas que colgaban los vecinos: «Esto no es un escenario, esto es un barrio»; tradicionalmente era un barrio obrero, que luego con la inmigración interior pasó a ser una zona marginal, con delincuencia y prostitución. Con la reforma preolímpica y su espíritu cosmopolita se intentó vender como el barrio multicultural, pero se produjo un fenómeno extraño, porque ahora allí conviven el ocio nocturno y los jóvenes con los habitantes de siempre, que no se han ido. Así que es una especie de suburbio en pleno centro de Barcelona, que además se llena de turistas. Y de esa mezcla extrañísima surge un material literario que es muy interesante; aunque para los que padecen esa realidad no lo sean tanto, claro.

–El protagonista de ‘Rayos’, Fidel, es periodista. ¿No estaba este oficio tan viejo ya en crisis mucho antes de la crisis?

–El periodismo tal vez sea el penúltimo oficio más viejo del mundo, con bastantes conexiones con el último, aunque no tendría que ser así. Fidel a esa generación que todavía llegó a vivir el ambiente de una redacción, aunque ya comenzaban los problemas de viabilidad. Trabaja en un diario que se llama ‘La Verdad’, como si verdad sólo hubiera una; allí conocerá gran cantidad de historias y leyendas urbanas que no siempre se pueden contar en un periódico, pero si a través de la literatura, que descubrirá como su verdadera vocación.

–En la novela sobrevuela el tópico de que «nunca pasa nada… hasta que pasa». ¿Así era la España de entonces?

–No es que fuera mi intención inicial, pero creo que en ‘Rayos’ explico todo lo que pasaba cuando la gente pensaba que no pasaba nada. O al menos, que no pasaba nada malo. Cuando vivíamos en una euforia absoluta y, pese a que un montón de síntomas indicaban que algo iba a ir muy mal, la gente giraba la cabeza y prefería no mirar. En El Raval esos síntomas se manifestaban de forma bastante violenta: el ‘mobbing’ a las rentas antiguas o la gentrificación en el barrio han sido males que acabaron atacando al resto de la ciudad y del país.

–Además de humor, la novela está llena de referencias y guiños culturales, de los hermanos Marx a la cultura más popular, del cómic a Olé Olé…

–Para mí la novela es como un puchero que se nutre de alimentos delicados, pero también de otros ingredientes que también le dan sabor. Y la cultura popular es en realidad la cultura de los hechos encontrados y compartidos, y hay muchas cosas que sólo se pueden explicar a través de ella. No puedes hacer una novela sólo con materiales nobles y referentes estupendos, si quieres que en realidad hable de muchos personajes y ambientes diferentes. No me interesa retratar una única capa social, porque tampoco es la narrativa que me gusta leer.

–¿Y cuál es la narrativa que le gusta leer a Miqui Otero?

–Soy un lector omnívoro y hasta un poco contradictorio; supongo que tiene que ver con que la mayoría de mis libros los he comprado en el mercado de Sant Antoni, que no es tan ordenado como una librería. Así me gusta la literatura que busca un distanciamiento cómico, pero también la otra generación del 27 española, la de Jardiel Poncela. La tradición descriptiva de Barcelona, con las novelas de Marsé o Casavella también me interesa mucho. Pero es que también me gustan los frescos tipo Balzac o Stendhal, aunque mi narrativa no se les parezca en nada. Hasta los folletines me llaman la atención.

–En el libro se plantea un problema que trasciende el cálculo matemático: «Si Fidel sale de Barcelona a las cuatro de la tarde y un tren sale de Valladolid a las cinco, ¿cuándo se encontrarán? Nunca». ¿Tan distantes están esos dos mundos?

–En realidad, es sólo un chiste que le hacen al protagonista sobre su falta de orientación. Pero si se quiere buscar una interpretación metafórica, yo diría que más que un choque hay un diálogo entre el origen gallego del personaje y su realidad en la cultura de Barcelona. Yo también comparto ese origen, y en mis veranos en la aldea gallega de mis abuelos encontraba un mundo completamente distinto al de la ciudad, en el que se apañaban patatas y se sacrificaban cerdos, y se contaban historias de indianos que iban y venían de La Habana. Referirme a este salto sideral que se produjo entre generaciones es mi manera de rendir homenaje a la de mis padres, porque ya está bien de intentar acabar con ellos en tanta novela freak.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.

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