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Juan Vico revive la pasión cinéfila en la Barcelona de los años veinte con su deslumbrante novela ‘El teatro de la luz’

2014 enero 17
por Javier Menéndez Llamazares

Matemáticas del sentimiento

 

Título: El teatro de la luz. Autor: Juan Vico. Ed. Gadir, 2008. 163 pág., 15,50 €.

 

Cautivadora como si hubiera dado con la fórmula de la seducción instantánea, nada más comenzar sus primeras páginas, ‘El teatro de la luz’ atrae al lector de forma inmediata. En una feliz confusión de géneros, la prosa de Vico se antoja en principio parte de un poema de Juan Carlos Mestre –»La historia se escribe sin escritura», o »los ojos (…) bailan la danza de la mentira», afirma el narrador, salpicando el texto de pequeños hallazgos que casi parecerían más propios de la lírica que de la novelística–, para asemejarse después a una pieza de música industrial, donde el autor martillea las palabras hasta conseguir dotarlas de un sonido propio, que replica uno de los más característicos ‘ruidos’ del siglo XX: el de los proyectores cinematográficos. Un pequeño prodigio rítmico que consigue sincopando el discurso, alternando un fraseo breve y contundente que acaba por hipnotizar al lector hasta obrar el mismo milagro de los hermanos Lumiére: ellos hacen moverse a las imágenes y Vico logra insuflar vida a una ficción que, en apenas cinco páginas, ha conseguido llevarnos de la mano a los albores del pasado siglo, dibujando las cuatro del mundo –la Barcelona de los años veinte– en la que tendrá lugar el resto de la historia. Aunque poco importa ya lo que vaya a suceder: el lector está ya, sin remedio, en las manos de Vico y su Mauricio.

Mauricio es el personaje principal –con permiso del cine, esa ‘luz’ que alumbra los sueños de un sórdido mundo burgués de apariencia impecable y entrañas corruptas–, un joven con veleidades literarias, de buena familia, que, tras estudiar Derecho sin demasiado apasionamiento, abandona su empleo en un banco para lanzarse a la aventura de la producción cinematográfica, seducido por el oscuro Emilio Ciret, que en la vecina Francia se había familiarizado con el ‘mundillo’ del momento. Juntos darán vida a ‘Puñal de Plata’, »una especie de Fantômas a la española» y se embarcan en la realización de un largometraje, mientras aprovechan para darse a la mala vida barcelonesa de la época, que acabará por entremezclarse con la peripecia de estos dos cachorros de la burguesía catalana: el hampa, la prostitución o las incipientes películas pornos asoman por las esquinas de esta novela que transita del Barrio Chino al Parque Güell, en un continuo juego de luces y sombras en el que cine y realidad, vida y ficción, se confrontan en un diálogo constante que no rehúye los territorios más peligrosos. Desde el narrador en segunda persona, la epístola o la narratología, Juan Vico construye un relato negrísimo –más en el fondo que en la forma– con el que parece rendir su particular homenaje al experimentalismo de las vanguardias históricas, pero mediante un discurso rabiosamente actual.

Una lectura deslumbrante, capaz de satisfacer a los lectores más exigentes, y que seguro que supondrá un auténtico reto para sus futuros traductores: mantener la letra sin perder su música.

Chéjov antes de Chéjov

2013 diciembre 27
por Javier Menéndez Llamazares

Humor de alto voltaje en el primer volumen de los ‘Cuentos completos’ del gran maestro ruso

 

Título: Cuentos completos (1880-1885). Autor: Antón Chéjov. Ed. Páginas de Espuma, 2013. 1165 pág., 37,50 €

Antes de convertirse en el gran Chéjov, el joven Antón Pavlovich, que acababa de perder a su padre, decidió ayudar económicamente a su familia escribiendo relatos y artículos. Tenía entonces veinte años y estudiaba medicina, y seguramente sufría además de una percepción no demasiado realista de las posibilidades de ganar dinero mediante la literatura, que probablemente en 1880 para un escritor desconocido por completo resultaran aún más escasas que en la actualidad. Claro que, cuando hablamos de genios, poco importan las dificultades, y en el caso de ‘Chejonté’ –como firmaba en sus primeros escritos, entre una multitud de pseudónimos como ‘El hombre sin bazo’, ‘Un poeta prosaico’ o, simplemente, ‘v’–, su talento desbordado hace que incluso piezas que hoy día calificaríamos como ‘alimenticias’ resulten todavía de lo más apetecibles.

Y eso es precisamente lo que nos ofrece este primer volumen de los ‘Cuentos completos’ del maestro ruso, una ambiciosa recopilación iniciada por Páginas de Espuma, sello que demuestra año tras año su querencia por las empresas monumentales. Al cuidado del eslavista Paul Viejo –que es además un escritor de ficción más que notable, del que recomendamos su libro de relatos ‘Los ensimismados’, publicado en 2011–, quien ya tradujera la correspondencia de Chéjov con su esposa y editase el diario de Dostoievski, hasta 2016 irán apareciendo los restantes tres volúmenes, que contendrán los más de seiscientos que el ruso escribió entre 1880 y 1904.

En esta primera parte se recogen los doscientos treinta y nueve relatos que Chéjov escribió entre 1880 y 1885, aparecidos en su mayor parte en revistas y periódicos, además de en dos libros de relatos: ‘Travesura’ (escrito en 1882, no llegaría a publicarse) y ‘Cuentos de Melpómene’ (1884). Las traducciones, además del propio Viejo, corren a cargo de Luis Abollado, Sebastián Castro, Víctor Gallego, Jesús G. Gabaldón, Juan López-Morillas, Fernando Otero, E. Podgursky, René Portas y James y Marian Womack.

Quizá pensando en el deleite lector, pero sin renunciar al rigor, el aparato crítico se limita a la parte introductoria, donde tras una somera introducción del editor se aporta una valiosísima noticia bibliográfica de cada uno de los relatos recopilados, en el que se glosan fechas y lugares de publicación original, traductores y avatares varios de los relatos. Además, tras el título en castellano de cada relato aparece entre paréntesis su título original, no sólo en ruso sino en caracteres cirílicos.

Ya centrados en los cuentos, nos encontramos unos primeros relatos que muestran  al Chéjov más lúdico, enredado en juegos metaliterarios que se antojan cargados de tanta gracia como intención crítica; especialmente hilarante resulta el listado de lugares comunes en la literatura de su tiempo, que recuerda poderosamente a algunos pasajes del Quevedo más festivo.

Claro que los lectores tampoco echarán en falta al gran artista de la precisión que será el Chéjov maduro, uno de los autores más celebrados de la literatura universal y cuya influencia puede rastrearse en la mayoría de los escritores posteriores. La pericia narrativa, su estilo directo y eficaz y su enfoque profundamente humano que parece jugar a contar en voz baja los asuntos más capitales, harán sin duda las delicias de quien se acerque a esta edición que es un auténtico regalo para los incondicionales del género breve.

La Edad de Oro del libro en Cantabria

2013 diciembre 20
por Javier Menéndez Llamazares

Que la creación literaria en Cantabria vive una etapa dorada resulta un hecho cada vez más incontestable, con cerca de medio millar de títulos publicados cada año y un cada vez más nutrido grupo de autores ya consolidados, a los que se siguen sumando nuevos con los que apuntalar un panorama cada vez más rico y diverso. Ventajas de los tiempos, ya no resulta imprescindible para un escritor emigrar a Madrid, y cada vez se valora más lo producido aquí mismo, el sello cántabro.

Claro que el mundo literario tampoco puede concebirse como una burbuja aislada del resto de la sociedad, y si este año podemos celebrar la excelente salud de la creación, con toda seguridad se debe a los interesantes y novedosos cambios que se han producido en los demás agentes implicados en el mundo del libro; si hace un par de años vivimos un auge editorial en Cantabria, las mejores noticias han sido comprobar que aquellas apuestas siguen adelante, e incluso se les ha unido alguna más. Sin desmerecer a nadie, contar con sellos de alcance nacional, como El Desvelo o Milrazones, y con propuestas tan exquisitas como La Bahía o Valnera es un auténtico lujo para una región que necesitaba desde hacía demasiado tiempo ya sacudirse los complejos de la pequeña provincia y convencerse de que desde aquí también se pueden ofrecer publicaciones con la máxima calidad.

La sorpresa, esta temporada, han sido los libreros. Precisamente cuando peores augurios se cernían sobre este noble oficio, han llegado aires de renovación en forma de aperturas de nuevos establecimientos. Librerías todas ellas muy especiales, tan marcadas por la personalidad de sus dueños que casi podríamos definirlas como ‘librerías de autor’: La Vorágine y La Otra Librería, junto a otras propuestas más longevas como Kattigara –que ha estrenado nueva sede– o La Librería del Puerto aportan sus modos propios de concebir el libro, y han conseguido lo más difícil: complementarse, más que competir. Junto a estos ‘noveles’, aún resisten librerías de cabecera como Tantín, dedicada al tema local, Utopía, especialista en ciencias sociales, o la siempre dinámica Nexus 4. Hasta los más grandes, como Estvdio, han optado por dinamizar el sector del libro con las actividades que programan en su nueva sala, la ‘V’. Buena prueba de este extraordinario dinamismo del sector librero en la región ha sido la reciente distinción otorgada a Librería Gil, el premio nacional de Librería Cultural, un entorchado ganado a pulso no sólo gracias a los centenares de actos culturales que auspician cada año, sino también por su particular sensibilidad hacia el mundo del libro independiente.

Sólo resta, pues, que toda esta energía creativa que se mueve alrededor de la literatura en nuestra región fructifique de la mejor manera posible, que es conectando a textos y lectores. La situación económica no es, desde luego, la más propicia, pero la extraordinaria salud del sector del libro en Cantabria invita al optimismo. Los lectores no les vamos a dejar solos. Seguro que no.

Gruber, escritor secreto

2013 diciembre 13
por Javier Menéndez Llamazares

 

El deseo y el arte vertebran la novela ‘El devorador íntimo’, ópera prima de Eduardo Gruber

 

Título: El devorador íntimo. Autor: Eduardo Gruber. Ed. El Desvelo, 2013. 303 pág., 18,90 €

Cuando Eduardo Gruber (Santander, 1949) dedica un ejemplar de su primera novela, ‘El devorador íntimo’, la adorna además con el dibujo de un reloj. Pero, aunque obviamente se trate de un reloj de Gruber, no vayan a pensar que se trata de uno de esos artilugios grandilocuentes de la fábrica centroeuropea del mismo nombre, una especie de Lladró de la relojería. No, qué va: lo el pintor perfila con un par de trazos es un sencillo reloj de bolsillo, de esos con la cuerda arriba y coronados por un pasador. Lo único que sorprende, eso sí, es que la imagen se presenta alterada, con el 3 a la derecha y el nueve a la izquierda. Es decir, una visión del mundo realista, pero con el tiempo discurriendo en el sentido opuesto.

Y es que esa voluntad contracorriente, ese espíritu de rebeldía irredenta se demuestra especialmente cuando alguien ha tenido tanto éxito en una disciplina artística, debe de resultar tremendamente complicado dejar de lado los reconocimientos y convertirse de nuevo, voluntariamente, en un principiante. Máxime, teniendo en cuenta el enorme sacrificio que le habrá supuesto dedicar su vida por entero a la creación, que es una forma como otra cualquiera de renunciar a una existencia cómoda y despreocupada. A Gruber, tan reconocido como pintor, parece que le agradan esas incursiones creativas, de modo que le hemos podido disfrutar también como escultor, diseñador, decorador o escenógrafo; su faceta de escritor, sin embargo, permanecía en secreto.

Escrita hacia el cambio de siglo, ‘El devorador íntimo’ sorprende al lector, que tal se acerque a ella con la desconfianza del que espera una novela ‘de artista’ pero termina topándose con una obra densa, reposada, con personajes de largo recorrido y que se recrea con la mejor materia prima: las luces y sombras de la naturaleza humana. Si a esto añadimos una impagable constelación de referencias culturales, desde Zappa hasta Beckett, el resultado es una novela más que notable en la que Eduardo Gruber, más allá del habitual triángulo amoroso, traza una suerte de ‘cuadrado mágico’ formado por Ben, Jorge, Raquel y sobre todo Gaby Delsart, un artista de performance capaz de crear «realidades a partir de verdades falsas». Seducción y rechazo, éxito y fracaso buscan su equilibrio imposible en un relato que desvela a un lector atento y a un escritor capaz de construir un texto dinámico y consistente.

 

Y es que Gruber, que es capaz por ejemplo de explicar por qué a los pintores les interesan tanto las sillas, tiene la virtud de ver dar forma plástica a aquello que a otros tanto nos cuesta ver. «¿Qué miras con tanta atención?, preguntó Raquel. El silencio y la soledad», hace decir a Ben. Del mismo modo, el resto de la novela nos ayuda a atisbar todo aquello que, por muy invisible que resulte, nos rodea; especialmente, el deseo, entendido como la fuerza motriz que impulsa el devenir de cada personaje, en el empeño permanente de colmarlo. Pero también el amor, expresado hasta en sus formas más mínimas y memorables, como en el entrañable Chucho y su cariño transferido más allá de la identidad individual e incluso de la propia existencia.

 

Censura sin mordaza

2013 diciembre 6
por Javier Menéndez Llamazares

‘Momentos estelares’ reúne los relatos de Irmtraud Morgner, autora de culto en la Alemania del Este

 

 

Autora: Irmtraud Morgner. Título:Momentos estelares. Ed. Bartleby, 2013. 141 pág., 16 €

Maldita por unos y mitificada por otros, la vida tras el llamado ‘telón de acero’ supone todavía una incógnita, sepultada bajo la propaganda de ambos bandos y un silencio no exento de cierta incomodidad por parte de quienes la sufrieron. Acercarse hoy día a aquella realidad, si no es por mediación de testigos directos, se antoja una tarea compleja, máxime porque la mayoría de expresiones culturales de aquellos ciudadadanos sometidos se encontraban férreamente sujetas a las mordazas de la censura y el terror. Con el cine y los medios de comunicación en poder del aparato político estatal, nos queda como casi único testimonio la obra literaria de los escasísimos autores que consiguieron cierta independencia ideológica, para  mantenerse al margen del asfixiante oficialismo.

Una de estas escritoras fue Irmtraud Morgner (Chemnitz, 1933-Berlín, 1990), quien alcanzó un alto status como autora en la Alemania oriental, adscrita primero al realismo socialista, que pronto superaría para centrar sus esfuerzos en la recreación de la ‘vida real’  de los alemanes bajo el comunismo. Este giro, que le acarrearía serios problemas con la censura, supondría también su consagración en la vecina Alemania Federal,  donde se convirtió en una autora de culto para los sesetayochista y para movimientos como el feminista o el eco-pacifista.

No demasiado conocida en nuestro país, la editorial Bartleby acaba de rescatar los relatos que la escritora había publicado separadamente a lo largo de su carrera. Con traducción y prólogo  de Ibon Zubiaur, da título al libro el primero de los relatos, ‘Momentos estelares’. De tintes autobiográficos, en él da cuenta del ambiente incomparable de los primeros momentos de la naciente RDA, un momento histórico en el que se superponen el abatimiento por la guerra, la ocupación soviética, la miseria material y la innegable emoción por la construcción de un nuevo mundo que aún no ha tenido tiempo de mostrar sus carencias. Mediante la cotidiana historia de un instituto de secundaria –sus alumnos son los ‘leninistas’, pues el colegio se ha renombrado como ‘Instituto Lenin’– que pretenden reconvertir un observatorio inútil en un club de estudiantes, Morgner retrata un mundo en (re)construcción, donde son muchas las fuerzas que compiten en pos de  un equilibrio improbable: los ‘nuevos profesores’ son en realidad integristas políticos en busca de mejora social, los viejos docentes añoran la disciplina clásica, los excombatientes cursan un bachillerato ‘acelerado’ y en el ambiente se masca, tras la apariencia de camaradería, un rígido autoritarismo que no presagia nada bueno. Eso sí, en este mundo tan diferente al nuestro, los alumnos de buena familia lamentan su carencia de pedigrí proletario, y las citas de Marx y Brecht suenan más revolucionarias que nunca, en un país en el que no se movía ni una hoja.

Con un estilo lacónico pero altamente eficaz –al menos en la traducción de Zubiaur–, Morgner escoge una apariencia falsamente naif para trazar una tupida red de referencias, presupuestos y finas ironías que convierten a este libro en una lectura deliciosa. Especialmente interesante, por divertido y porque caracteriza el mundo deshumanizado que la rodeaba, resulta ‘La estafadora matrimonial’, donde se traslada la acción de este a oeste y viceversa, y en ambos lados se abordan las relaciones sentimentales desde una insólita perspectiva materi

Luisgé Martín reúne sus relatos de la última década en ‘Todos los crímenes se cometen por amor’

2013 noviembre 29
por Javier Menéndez Llamazares

Códigos de autor

 

Autor: Luisgé Martín. Título: Todos los crímenes se cometen por amor. Ed. Salto de Página, 2013. 160 pág., 14,90 €

Entre vida y fabulación, una década de escritura puede resultar de lo más productiva; buena muestra de ello son los siete libros que ha dado a la imprenta el madrileño Luisgé Martín desde 2002, cuando publicara su última colección de relatos, ‘El alma del erizo’. Claro que no sólo de ediciones en rústica vive el escritor, sino que existen otros cientos de páginas dispersas en diarios y revistas, en los que el autor va diseminando buena parte de una producción, en forma de artículos y colaboraciones que terminan resultando inencontrables, por mucho que esos textos resulten altamente significativos dentro de la obra del escritor, hasta que decida poner todo su empeño en recopilarlos y un editor los ponga otra vez en circulación, otorgándoles más que una segunda oportunidad, una nueva vida.

Y exactamente eso le sucede a Martín, que sale relato por año, pero dispersos en soportes de vida efímera; la mayoría de estos diez relatos que reúne en ‘Todos los crímenes se cometen por amor’ no eran, pues, rigurosamente inéditos, pero no habían disfrutado de la oportunidad de llegar a los lectores hasta que Salto de Página ha decidido hacerse cargo de la edición.

De toda la peripecia de estos cuentos da cumplida noticia el autor en una valiosa nota bibliográfica que cierra el libro; este apéndice inusual hoy en día resulta en cambio una verdadera delicia para el lector ávido de rastrear entresijos literarios e incluso mundanos. Permite, por ejemplo, vislumbrar su amistad con Juan Bonilla y hasta maliciar qué texto pueda calificarse con el cruel calificativo de ‘alimenticio’, por mucho que Martín termine reivindicando la autoría de todos y cada uno.

Por ejemplo, el relato que da título al libro apareció hace varios años en una revista tan exquisita como efímera, ‘Zut’, y posteriormente fue publicado por entregas –«en la más pura tradición de los años 50», aseguraban sus editores, sin precisar a qué siglo se referían– en diciembre de 2012 en el suplemento digital ‘El Asombrario & Co.’.

Y el rescate, desde luego, merece la pena. La desbordante capacidad fabuladora de Martín y una concepción canónica del relato combinan a la perfección con una prosa elegante y fluida, que no renuncia a los guiños metaliterarios y hasta autorreferenciales, celebrando el pequeño milagro de que un autor muestre su devoción por Cortázar a pesar de que sus coordenadas creativas sean notoriamente distintas.

Pese a la truculencia que el título hace presagiar, los relatos se alejan del género negro y nos muestran al mejor Luisgé Martín, predominando las historias de escritores, la reversión de tópicos –desde las ‘conspiranoias’ kennedianas hasta la Fontana de Trevi o los guiños a ‘El traje nuevo del emperador’– y las inesperadas vueltas de tuerca. No faltan, desde luego, los detalles hilarantes, como puede ser idear a un rector con un pasado rastafari, o la delirante ocurrencia de un lupanar ferroviario, negocio más que para emprendedores, para aventureros. Incluso regresa el psicólogo Toni Mondragón, su recurrente personaje-fetiche.

Destacan especialmente ‘Los dientes del azar’, relato que cierra el libro, por su particular recreación de la teoría del caos, y ‘El otro’, un delicioso juego de dobles que arranca con una carta sellada en Santan

Gutiérrez Aragón firma en ‘Cuando el frío llegue al corazón’ una cautivadora novela de aprendizaje

2013 noviembre 22
por Javier Menéndez Llamazares

 

Adolescencia y posguerra

 

Título: Cuando el frío llegue al corazón. Autor: Manuel Gutiérrez Aragón. Ed. Anagrama, 2013. 133 pág., 13,90 €

Una mañana –en la que el mundo empezaría, o más bien, habría de ‘reiniciarse’– el joven Ludi recorre preocupado la plaza de toros de Vega en busca de su padre, un veterinario que acaba de ser detenido como desafecto al régimen. En ese momento, la vida de Ludi va a sufrir un cambio radical, al tener que instalarse temporalmente en casa de su tío y, sobre todo, de su tía Rosa Eva, por la que se siente profundamente atraído.

De entre la muchas virtudes de Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, 1942) destaca especialmente su capacidad para crear personajes memorables, como el garbancero Pelayo Pelayo –sic–, con su diente de oro y sus dejes telegráficos, o el joven Miramamolín, cuyos apellidos reales no resultan menos pintorescos: Cobo Menudo.

Pero en esta tercera novela sobre todo destaca Ludi, el adolescente que poco a poco irá descubriendo la vida secreta de su padre, que tratará de desvelar la identidad de su misteriosa amante Falena y, sobre todo, dará el salto a la edad adulta en brazos de una mujer madura que Gutiérrez Aragón caracteriza con tanta emoción que consigue cautivar tanto al lector como a Ludivino-Pelayo Rivero Pelayo, este joven antihéroe de dos yoes contrapuesto, que aprende a fumar, a beber y a bravuconear pero que a la vez se ve a sí mismo a través de sus lecturas, tanto de clásicos –de los griegos al Mío Cid– como contemporáneos para jóvenes, como Stevenson.

Formalmente, el relato se presenta dividido en dos capítulos desiguales: por un lado, ‘La primera mañana del mundo’ –hermoso hallazgo pleno de poesía y más que oportuno en una obra de despertares a la vida–, que ocupa ciento quince páginas, y un inesperado epílogo titulado ‘Seis años después’, que sirve al autor para cerrar tramas y subtramas.

La obra, por supuesto, está plagada de ramalazos de humorismo al mejor estilo Azcona –el albéitar se muda de ropa porque »mi mujer es muy sensible al olor de establo. Y eso que está casada con un veterinario»–

A pesar de no tratarse de una novela histórica, resulta más que lograda la recreación de esa peculiar época de nuestra historia, en la que el tiempo parece detenerse en las interminables décadas de una larga y fría posguerra, con una sociedad conservadora hasta la congelación, pero que quiere ver en sí misma rasgos de la más rompedora modernidad, si bien sólo asoma –y tímidamente– en algunos usos lingüísticos como el moderno saludo ‘ondevás’, que sirve para renovar al obsoleto ‘epa’, caducado unos meses antes. Cosas, claro, de un mundo sin televisión, pero que también encontraba recursos para difundir sus propios modismos.

Gutiérrez Aragón aprovecha parte de la ‘mítica’ de andar por casa de la época: desde el ‘maneken piss’ del paquete de Camel hasta las supuestas prohibiciones a boxeadores de utilizar su brazo, considerado arma mortal; tampoco faltan las localizaciones pintorescas, como los urinarios públicos de estilo neo-mudéjar –‘mezquitas de Ben-i-mea’, las llamaban en la meseta–, en el esbozo que traza de la época sin el menor atisbo de nostalgia pero sin caer tampoco en el revanchismo. Eso sí, como telón de fondo aparece, insoslayable, la asfixiante presencia de las fuerzas del orden, más ocupadas en la repre

‘A pleno sol’, tercera novela de Alejandro Pedregosa, plantea una trama negra ambientada en la ‘spanish revolution’

2013 noviembre 15
por Javier Menéndez Llamazares

Contestatarios con iphone

 

Título: A pleno sol. Autor: Alejandro Pedregosa. Ed. Temas de Hoy, 2013. 352 pág. 17 €

Es 2011 y estamos en Madrid, de modo que esta novela no puede obviar el más importante acontecimiento de la política no ya española sino europea en lo que va de siglo: los movimientos de protesta que surgieron espontáneamente esa primavera y que se dieron en llamar –tal vez por una siniestra analogía con otros hechos mucho más lamentables y desde luego luctuosos– el 15-M.

Con su habitual pericia narrativa –su marca de la casa es el ritmo trepidante, las elipses acertadas y una fina ironía subyacente, que de vez en cuando aflora como un géiser a la superficie de la trama–, Alejandro Pedregosa (Granada, 1974) en ‘A pleno sol’ construye un thriller de lectura apasionante, aunque construido con materiales diversos, que parecen escapar de los tópicos del género y que sin embargo terminan sirviendo para apuntalar una novela negra que satisface tanto a los incondicionales del policíaco como a los más proclives a la estética postmoderna.

 

Juego de reloj

 

Y es que la estructura narrativa quizá sea el mayor acierto de esta novela, que tras un comienzo absolutamente canónico –en el sentido de captar la atención, como mandan los cánones, con un arranque ‘in media res’ absolutamente cinematográfico, que sin embargo lleva implícito un resumen que hace las veces de flashback acelerado–, parece jugar a desorientar al lector con su juego de cronología inversa; si de dos relojes de esfera se tratase, uno, el de la investigación, avanza en sentido lógico, del pasado hacia el futuro; el otro, sin embargo, prefiere un sentido inverso, y viaja hacia el pasado, reconstruyendo lo sucedido, pero a partir de una particular polifonía: por un lado, habla un narrador en tercera persona, pero a la vez intercala fragmentos del diario de Daniela Espejo. Con apariencia diarística, los capítulos se titulan con fechas: del 28 de mayo al 11 de junio los ‘futuristas’, del 27 al 15 de mayo los ‘retrodirigidos’.

Plagado de guiños culturales y referencias que buscan cierta complicidad intelectual con el lector, destacan especialmente las alusiones cinéfilas: un capítulo se titula ‘La noche del cazador’, suponemos que en homenaje al clásico desasosegador de Charles Laughton; también, uno de los personajes secundarios se llama ‘Momo’.

 

 

Memorables

 

La desaparición de una veinteañera que estaba ganando protagonismo en la acampada de Sol, y la posterior pesquisa de su paradero por parte de otros acampados da pie a esta novela que encierra una curiosa galería de personajes y que sobre todo refleja la clase media urbana, con sus múltiples estratificaciones socioeconómicas, pero que básicamente se ajustan al ciudadano común de nuestro país y, en general, de las sociedades desarrolladas contemporáneas; se nos muestra a jóvenes con un alto nivel educativo pero sin empleo, o al menos sin remuneraciones dignas y que, para mantener un nivel de vida aceptable precisan de la ayuda familiar o incluso deben convivir con sus padres, sin posibilidad de emancipación, pese a que cuenten con unos títulos y una formación que se suponía que iba a garantizar su independencia personal. Los que optan por esa autonomía deben conformarse con empleos precarios, frustrantes o infraremunerados.

En ese sentido, el personaje de Daniela Espejo nada contra corriente: se va de casa nada más alcanzar la mayoría de edad, y sacrifica las comodidades del estatus familiar; su trabajo no podría resultar más prosaico: en una hamburguesería. Esta bohemia, además, estudia en la universidad, aunque a su propio ritmo. La elección de carrera tampoco es demasiado corriente: nada menos que filología.

 

‘En la última mano’, los collages poéticos del cántabro Vicente Gutiérrez Escudero

2013 noviembre 8
por Javier Menéndez Llamazares

 

Versos de la tijera

 

 

Título: En la última mano. Autor: Vicente Gutiérrez Escudero. Col. Sol y Sombra, 5. Santander, 2013

‘En la última mano’ continúa en la línea exploratoria de Vicente Gutiérrez Escudero Escudero (Santander, 1979), que en estos tiempos de penuria económica y social también apuesta por los recortes. Claro que los suyos no se dan a presupuesto alguno, sino a una novela que adquirió en un mercadillo –‘Séptima avenida’, de Norman Bogner– y a partir de la cual compuso este poemario, mediante la técnica del collage, que requirió de un intenso tratamiento informático para conservar su apariencia de ‘corta y pega’, al estilo de las composiciones del autor que ya habíamos, pero no en forma de libro sino de obras expuestas.

En esta nueva entrega, en formato plaquette, a pesar del formato necesariamente fragmentario que impone la técnica del collage, encontramos al poeta de siempre, incisivo y deslumbrante, y que no se priva de tomar cualquier deriva que conduzca a lo onírico; pero también se nos muestra una voz poderosamente narrativa que, con absoluta voluntad de reconstrucción, no duda en reciclar los elementos novelescos presentes en el texto original –a manera, digamos, de materia prima– y construir con ellos nuevos textos que han de tener, casi por necesidad, cierta evocación novelesca; incluso, de novela negra. Necesidad, por la propia naturaleza de esa ‘materia prima’: predomina la tercera persona, el verbo en pasado, las coordenadas de espacio y las referencias temporales. De novela negra, porque casi cada poema-relato abre un interrogante, incapaz de desvelar –en cualquier caso, ¿para qué?– quién o quiénes son los protagonistas que se esconden detrás de ‘ella’ o ‘él’.

Abunda, además, un cierto giro lírico, pues en lugar de utilizar la adición de enunciados para construir historias o poemas convencionales, Gutiérrez gusta de sorprendernos: lágrimas que vencen a la gravedad, voces como arcilla, derviches de nieve… Realmente resulta asombroso cómo es posible lograr efectos tan oníricos a partir de elementos tan prosaicos como una novela convencional.

 

 

Guerrillero

 

Siempre ligado a la vanguardia de la poesía en Cantabria, e interesado por todos los movimientos de la cultura ‘underground’ nacional, la presencia de Vicente Gutiérrez en los círculos del surrealismo patrio y de la poesía experimental resulta cada vez más destacada.

Tras una etapa mucho más convencional, escribiendo lo que él define como ‘poesía discursiva’ –y en la que pudo apuntarse diversos logros, como el premio José Hierro o la publicación a nivel nacional de su poemario ‘Mimo muerto’, a cargo de la editorial Devenir–, desde hace casi una década Vicente Gutiérrez se dedica a investigar los límites de la expresión poética, sin desdeñar la escritura automática, la incursión en la red –su blog se titula, enigmáticamente, ‘Los poetas soldamos mejor’–, el enterramiento de manuscritos o el relato de sueños, aparte de fomentar la creación ajena a través de una intensa actividad como promotor de recitales o editor de fanzines y revistas –entre ellas ‘Anémona’, junto a Noé Ortega–, hasta convertirse según confesión propia en una auténtico ‘guerrillero lingüístico’.

 

Lujo modesto

 

Precisamente será Ortega, junto a la también poeta Alba Pascual, el encargado de editar esta delicada plaquette, quinta entrega de una exquisita colección poética editada en Santander bajo el nombre de ‘Sol y sombra’. Obra de auténtica artesanía, algún internauta ha llegado a definir a estos cuadernos, con gran acierto, como ‘un objeto de lujo modesto’. O tal vez, no tan modesto.

Julia Navarro firma en ‘Dispara, yo ya estoy muerto’ una doble saga familiar de palestinos e israelitas

2013 noviembre 1
por Javier Menéndez Llamazares

 

Vencer al destino

 

 

.Título: Dispara, yo ya estoy muerto. Autor: Julia Navarro. Ed. Plaza y Janés, 2013. 916 pág., 22 €

Hace algunos años, Julia Navarro afirmó: “No me gusta la tortilla de patata desestructurada: me gusta la tortilla de patata”; toda un declaración de intenciones artísticas, que se podría entender como una especie de ‘poética’ de la novela que refleja bien a las claras cómo son los libros de esta autora: más que experimentalismos, apuesta por un esquema tan clásico como claro, una prosa ‘amigable’ para el lector y un tratamiento que, sin descuidar una exquisita corrección formal –no hay nada que chirríe en el texto, ni una frase, ni una palabra discordante, ni una coma fuera de sitio– centra el interés y los esfuerzos en urdir tramar cautivadoras, y sobre todo en trazar personajes, que son el verdadero motor de esta saga de dos familias cuyos caminos van a cruzarse indefectiblemente.

 

Apariencias

 

Tal vez lo más original de la novela sea  que no se nos narra una historia, sino que acompañamos a una informante imparcial (o al menos eso parece en principio), Marian Miller, en una tensa conversación con Ezequiel Zucker, un terrateniente israelita de primera generación. El hombre narrará su historia familiar, y la cooperante internacional irá cotejando su relato con la información que ya ha recabado de otra familia palestina, los Ziad. Así, vamos recibiendo información de cada parte, conscientes de su carácter subjetivo, de modo que el lector puede ir reconstruyendo su propia versión de la historia a la vez que la ‘investigadora’ Miller. La gran tentación, obviamente, sería el dirigismo, a partir de las deducciones y posiciones ideológicas de Miller; sin embargo, y ahí radica el gran acierto narrativo de Navarro, no sucede así, al construir un personaje antipático, con malas maneras y cargado de prejuicios.

 

Equidistancia

 

Navarro relata vidas, cargadas de altibajos, de encrucijadas morales, de buenos y malos momentos, de heroísmos sin reconocimiento y secretas bajezas. Pero, en un contexto tan real, apegado incluso a la actualidad, y en el que cuesta abstenerse de elegir bando, es de agradecer que la autora no se lance a elaborar sus propias teorías políticas, ni a reescribir la historia, sino que utilice la memoria personal, a través de los personajes que construye, para mostrar lo que realmente importa: de qué manera los conflictos (y sobre todo la posición que a cada uno le ha tocado en ellos) influyen y condicionan las vidas de las personas corrientes, que habitualmente se encuentran inmersos en ellos cuando sus objetivos vitales eran en realidad otros.

 

Golpes de efecto

 

Claro que, para que una novela funcione, además de personajes y contexto, hacen falta historias. A ser posible, historias que nos conmuevan. Así, descubrimos que en la Polonia ocupada por los rusos, los pogromos e incluso el hostigamiento legal y cotidiano a los judíos no tuvo mucho que envidiar a la barbarie nacional-socialista que llegaría medio siglo más tarde. Claro que en el civilizado Mediterráneo tampoco iba mucho mejor: a pesar de una mayor tolerancia, los ecos del Caso Dreyfuss resuenan en la trama.

Del otro lado, del de la familia palestina, no se oculta que, antes del conflicto con los colonizadores palestinos, tampoco había precisamente justicia: en un sistema muy parecido al feudalismo, son los propios terratenientes árabes los que venden el territorio a los judíos, demostrando que la identidad cultural nada tiene que ver con la solidaridad y la justicia social.