El Diario Montañes

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«Svetlana era un icono del poder soviético»
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Javier Menéndez Llamazares | 09-05-2016 | 17:34| 0

Monika Zgustova presentó en Santander su última novela, ‘Las rosas de Stalin’, sobre la hija del dictador

‘Las rosas de Stalin’ novela medio siglo de la vida de Svetlana Allilúyeva, la única hija Josif Stalin. Tras varias tragedias personales, su relación con un intelectual izquierdista hindú la llevará a emprender una peripecia emocional y geográfica, que la trasladará a varios continentes y diferentes sociedades, para descubrir, ya en Nueva York, que también allí la libertad que ansiaba le resultaría esquiva.

Seducida por el personaje, la traductora, periodista y escritora praguense -aunque afincada en Barcelona desde los años ochenta- Monika Zgustova le ha dedicado una intensa novela, que presentó el sábado 7 de mayo en la santanderina Librería Gil, acompañada por el editor de Galaxia Gutemberg, y el escritor Jesús Ruiz Mantilla.

-Tiene toda la pinta de que usted vivió un enamoramiento literario con el personaje de Svetlana Allilúyeva…

-Sí, se podría decir que fue un flechazo. Un día paseando por las calles de Nueva York encontré sus dos libros autobiográficos; después resultó que no podía hacer otra cosa que leerlos una y otra vez. Casi parecía una obsesión, hasta que me di cuenta de lo que tenía que hacer era escribir sobre ella. O, más bien, como desde dentro de ella.

-Ser la hija de alguien tan poderoso como Stalin podría parecer una posición de privilegio, pero sin embargo Svetlana más que aprovecharla, acabó padeciendo esa circunstancia.

-Si hubiera sido una hija dócil, una persona obediente, habría podido vivir como una auténtica princesa. Pero es que no fue así; ella fue rebelde, y es cierto que sufrió, pero también a través de ese sufrimiento pudo aprender mucho, muchísimo. Y no sólo de la propia vida, sino también sobre política, sobre las dos grandes potencias mundiales en plena guerra fría. Ella ya sabía que en la Unión Soviética cada uno de sus pasos estaría vigilado por la KGB, pero lo que no podía sospechar es que también en Estados Unidos lo haría la CIA.

-En un pasaje de la novela se dice de ‘Shveta’: «pareces ligera como una pluma y al mismo tiempo pesas más que una piedra. Deseas la soledad pero no sabes estar sola; eres buena, pero tengo la impresión de que puedes llegar a ser bastante cruel». ¿Cómo llegó a este nivel de conocimiento de su personalidad?

-La verdad es que me metí en su piel. Ya estoy acostumbrada a hacerlo como traductora, me meto en la piel del escritor para poder reproducir bien su obra, y como novelista, cuando escribo sobre un personaje real, también lo hago. Hasta el punto de identificarme con Flaubert cuando dijo «Madame Bovary c’est moi». Yo me convierto en Svetlana, y ella también un poco mí, y acabamos tan entremezcladas que al final no se sabe quién es quién. Así puedo escribir como desde sus propias entrañas.

-Al tratarse de una historia real, y pretender ajustarse lo máximo posible a la realidad histórica, ¿encuentra alguna diferencia, como escritora, respecto a otras de sus obras en las que predomina la ficción?

-Mucha; cuando escribes una novela inventada, tú te puedes inventar lo que quieras, evidentemente. Pero cuando escribes sobre un personaje que de hecho murió hace muy poco tiempo, tienes algunas obligaciones de fidelidad. O al menos, así lo siento yo. Así que traté de ser fiel al máximo al personaje, y leí todos sus escritos, sobre todo su correspondencia. Precisamente las cartas son fundamentales, porque en ellas se sincera. Además de revelar su estilo, lo que me permitió, por así decirlo, sentirla.

-Decide empezar la novela en un momento muy significativo, el año 1963, en la Unión Soviética de Krushev. Y además, muy especial en la vida de Svetlana.

-Quería orientar la novela hacia el exilio de Svetlana, porque cuando conoce a Brayesh ella sufre toda una revolución personal. Y a partir de ese momento su vida me interesa muchísimo; sobre todo, cómo el hecho de conocer a una persona puede influirte hasta el punto de llevarte a cambiar tu propia personalidad, a dejar tu cultura atrás, y hasta irte al extranjero dejando a tus hijos en Rusia. Y todo hacia un futuro absolutamente incierto.

-Pero, ¿qué tenía el hindú para provocar semejante efecto?

-Pues que va a convertirla en una persona libre. Y ella no había conocido la libertad. Brayesh había vivido en el mundo occidental, y conoce bien la democracia, lo que significa una sociedad abierta. Cuando comparten esas ideas, Svetlana comienza a hacerse muchas preguntas, a cuestionarse el mundo.

-Un mundo en el que destacan el racismo y la xenofobia, como cuando le recomiendan deshacerse de ese hindú y buscarse «un buen marido ruso».

-En la era comunista había realmente esos sentimientos. Pero sobre todo sucede que Svetlana era un icono del poder soviético, y se esperaba que actuase como ese símbolo. Que viviera de acuerdo con los ideales del estado, que encaja con los ‘consejos’ de los políticos: búsquese un marido que sea ruso, que sea joven, que sea un deportista. Valores que, generalmente, suelen ser los mismos en todas las dictaduras.

-La referencia a Stalin es inevitable, ya desde el propio título. ¿Tuvo el dictador alguna influencia sobre su vida?

-Directamente no; yo nací tiempo después, pero mi padre fue una de las víctimas del estalinismo. Cuando empezaba en la universidad fue detenido y torturado varias veces por la policía secreta; querían convertirle en un informador, que espiase a sus compañeros. Y como se negó, durante toda la década de los cincuenta siguió sufriendo un acoso continuo.

-Hablando sobre su trabajo literario, después de tantos años en Barcelona y tantos libros publicados en nuestro país, ¿podemos considerarla ya una escritora española?

-¡Bueno, a mí gustaría que todo el mundo me considerase suya! Yo suelo publicar todas mis novelas a la vez en mis tres lenguas, que son el checo, el castellano y el catalán. Por el momento, lectores en los tres idiomas me consideran como suya, lo que me parece maravilloso.

-¿Ha escrito la novela directamente en castellano?

-Sí, aunque primero hice un pequeño borrador en checo con todas las ideas principales.

-¿Qué le atrajo de España no ya para venir, sino para quedarse tanto tiempo?

-La verdad es que yo me quedaré para siempre, porque es un país que me ha adoptado como suya y que yo ya considero propio. Me gusta su gente, sus paisajes, todo… soy muy feliz aquí.

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El infierno es un aeropuerto
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Javier Menéndez Llamazares | 09-05-2016 | 17:41| 0

Ricardo Vigueras se lleva el VII Premio Tristana con una distopía burocrática

 

Título: No habrá Dios cuando despertemos Autor: Ricardo Vigueras NOVELA. Ed. Menoscuarto, 2016. 176 pág., 16,50 €

«En realidad estamos muertos, ¿verdad? Pero si estamos muertos, ¿por qué parecemos vivos?», se pregunta Amanda en la novela. Se trata de una joven desaparecida en México a finales del siglo XX, que se encuentra con Victorio, un humilde maestro de escuela rural con ínfulas literarias asesinado durante la guerra civil española, que además hará de narrador de la novela. Pese a lo remoto de sus coordenadas de tiempo y espacio, ambos van a coincidir en ‘el Aeropuerto’, que más que un ‘no lugar’, es un espacio más que conocido para cualquier lector familiarizado con la cultura occidental: el mismísimo infierno.

Que el infierno da mucho juego literario es una evidencia desde tiempos de los clásicos. Y veinticinco siglos más tarde, Franz Kafka pondría en negro sobre blanco uno de los grandes temores del hombre contemporáneo: verse atrapado por los engranajes de la despiadada burocracia. Si a todo esto le ponemos una buena dosis de humor negro, y lo combinamos con el necesario ritmo y elegancia, el resultado tiene que ser, a la fuerza, una novela a medio camino entre lo fantástico y lo satírico, en la mejor tradición de Jonathan Swift o George Orwell.

Y eso nos propone en ‘No habrá Dios cuando despertemos’, la novela con la que Ricardo Vigueras (Murcia, 1968) obtuvo el último premio Tristana. Doctor en filología clásica, desde hace dos décadas enseña en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (México) latín y filología clásica, y esa especialización se deja entrever por las páginas de este trepidante relato que oscila entre la asfixiante presión ambiental y el renacer de la esperanza que supone la relación entre Amanda y Victorio.

Claro que tampoco faltan las escenas desgarradoras, como en la que Amanda narra su propia muerte, en una pirueta narratológica que permite dar voz a los difuntos. Tras resumir brevemente su vida –«mi padre era lo que se dice un indio patarrajada (…), mi madre una aldeana que sembraba fríjol y coleccionaba postales de santos (…), aprendí a leer y a escribir de puro coraje». Obrera en un fábrica y más tarde camarera, es engañada y secuestrada por un «club social de gente elegante», y sufrirá una muerte violenta y degradante.

Con un estilo que recuerda en ocasiones al mejor Boris Vian, Vigueras despliega en la novela un nutrido catálogo de recursos narrativos y estilísticos que a buen seguro harán las delicias de los lectores; desde las referencia musicales, con Billy Holliday a la cabeza –«Love me or leave me and let me be lonely»– o Nina Simone; aunque también hay alguna referencia más chocante, como cuando Amanda espeta un «Te lo juro por Madonna». Puestos ochenteros, tal vez hubiera encajado más Europe y su ‘Final countdown’, al menos en relación con la original estructura de capítulos, en orden decreciente del diecisiete al cero, y que además esconden un final sorprendente e inesperado.

Aunque lo más logrado de la novela probablemente sean esos diablos en forma de empleados públicos, unos funcionarios demoníacos que hablan en una extraña clave, invirtiendo el orden lógico de las oraciones, y turbando constantemente a los condenados con sus instrucciones para localizar un vuelo que nunca logran alcanzar, perdidos en un laberinto de terminales. Como dirían los sufridos personajes, o más bien víctimas: real como la muerte misma.

 

 

 

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«Me pregunto qué tendrá Mick Jagger que no tenga yo»
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Javier Menéndez Llamazares | 09-05-2016 | 17:26| 0

Manuel Vilas celebra treinta y cinco años de escritura con sus obras poéticas completas y el premio de las Letras Aragonesas

Ni la poesía ni la prosa: el género literario que mejor domina Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) es la seducción. Y es que el pasado viernes, con sus Obras Completas bajo el brazo, visitó la Feria del Libro de Santander para participar en una mesa redonda poética junto a Ana Merino y Lorenzo Oliván. Entre el público, escritores como Marcos Díez y algunos incondicionales –que repiten visita tras visita de Vilas–, pero sobre todo muchos lectores anónimos, de diversas edades, para los que el aragonés iba a suponer todo un descubrimiento.

Y no sólo por ese gesto de viejo rockero que se gasta, o ese gusto por las declaraciones incendiarias, aunque también… De hecho, abrió fuego con un provocador «Lo que yo hago no le importa a nadie», referido a su poesía, para rematarlo con un contundente «Llevo años reflexionando y meditando qué tendrá Mick Jagger que no tenga yo».

Con el público ya encandilado, iría hilvanando nuevas invectivas: «Me dediqué a los libros porque, como era pobre, es la forma más barata de hacerse culto»; «La literatura ronda la arqueología: ya no tiene el poder transformador del siglo XIX» o «Escribo porque no sabía hacer otra cosa. Si hubiera sabido tocar la guitarra… Eso sí, no vean qué disgusto para mis padres».

Claro que la prueba de fuego, ese verdadero poder de seducción casi alquímico, llegaría con la lectura de sus poemas. Cuando leyó ‘HU-4091-L’, una elegía a su viejo automóvil –«Adiós, hermano mío, la grúa fúnebre te conduce / al infierno del desguace»–, los asistentes se habían convertido ya en seguidores incondicionales de este gran Vilas, que en ese sentido poco tiene que envidiar a las estrellas del rock.

 

–Si las matemáticas no fallan, de 1980 hasta 2015 van treinta y cinco años. ¿Escribía en pantalones cortos?

–Casi a los dieciocho años me vi con un libro publicado, tras quedar finalista de un concurso. Se titulaba ‘El sauce’ y tuvo una edición muy pequeña. En este último libro he querido reunir toda mi producción, que arrancó justo entonces.

–Se refiere a sus obras completas; ¿le gustaría haber hecho desaparecer alguna de ellas?

–¡No, requeriría demasiada motivación! Eso es una cosa del pasado, lo hacía Juan Ramón Jiménez, que era un hombre ocioso.

–Y Vilas tampoco tendrá tiempo; en este rato aún no ha sonado el teléfono, pero imaginamos que le dará miedo cogerlo, porque cuando no es Bob Dylan le llama Dios en persona…

–El teléfono siempre me ha motivado mucho; cuando mi madre murió le dediqué un poema, titulado con su número, porque caí en la cuenta de que ya nunca más vería ese número en la pantalla de mi móvil.

–Se diría que la tecnología le resulta muy productiva, literariamente.               

–Claro, pero es porque la hemos incorporado a nuestras vidas. La tecnología se ha hecho emocional, forma parte de nuestra identidad.

–Sin embargo, enseguida se vuelve obsoleta; en su caso, hemos visto que últimamente no le hace ni caso a su blog.

–Ha perdido actualidad; el blog puede servir como una especie de archivo, de fondo documental, pero la frescura y efervescencia está más en las redes sociales.

–¿Cuál prefiere, facebook, twitter…?

–Facebook; twitter es demasiado breve. Además facebook va muy bien para el cotilleo.

–Sin embargo, un tuit suyo afirma que «Lo más importante que debe hacer un escritor en esta vida no es escribir bien, sino no engordar. Engordar es el infierno de la literatura». ¿Qué tiene de malo de engordar?

–¡Es que en ese momento estaba intentando adelgazar! No, en serio: vivimos un momento en el que pesa mucho la imagen pública, y un escritor necesita una iconografía que se ajuste a los cánones dominantes.

–¿Eso quiere decir que las rabas que hemos encargado me las puedo comer yo solo?

–¡Ni hablar, me las voy comer! Pero vivimos en un mundo donde la comida es muy importante. En Estados Unidos, a cualquier hora del día hay gente comiendo.

–Ya, pero allí la mantequilla es de cacahuete y al fútbol le llaman ‘soccer’. ¿Emigró usted porque los McDonald’s son mejores?

–Qué va, allí no hace falta ir al McDonalds porque hay hamburgueserías mucho mejores. En los ‘dinners’, son caseras. España es una potencia gastronómica, pero nuestra comida es de difícil exportación porque es demasiado sofisticada, requiere demasiada elaboración.

–También el viaje le interesa: su anterior publicación fue un libro de viajes en muchos sentidos, acompañado por quien ha definido como «el mejor drogadicto de la historia del rock».

–Para mí Lou Reed, que me acompañaba de fondo en ‘Wild Side España’, es siempre un motivo de fuerza y de pasión por la vida. Descubrir su música es de lo mejor que me ha ocurrido, y con el tiempo le he descubierto hasta un poder analgésico.

–En la mesa redonda hablaba de dignificar la profesión…

–Hay una cierta desesperación ambiental entre los creadores, porque ni se venden discos, ni se leen libros ni se va al cine… No se está consumiendo mucha cultura, sobre todo en España.

–Pero, ¿cómo se arregla eso? ¿Creando plazas públicas y convocando oposiciones a escritor?

–No, no; se trata de tener un poco más de cuidado institucional y de fomentar la dignidad de los trabajos intelectuales. De entrada, habría sido muy sencillo crear un ministerio de cultura, que no lo hay, está sumido en el de educación. Pero son también pequeños detalles, como evitar esa persecución que ahora tienen los escritores mayores con el tema de la jubilación. Sólo hay que hacer ver a los ciudadanos que sus creadores son gente relevante, que igual que se cuida la agricultura o la industria del automóvil, también la cultura es importante en nuestra sociedad.

 

A la conversación le pone fin un camarero que surge detrás de su bandeja, en la que centellea una ración de rabas antológica. Y Manuel Vilas cumple con su palabra de devorarlas. Y entonces el cronista se pregunta: ¿qué tendrá Vilas que no tenga yo?

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El irresitible magnetismo de Juan Vico
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Javier Menéndez Llamazares | 09-05-2016 | 17:45| 0

La pasión decimonónica por el ocultismo centra su última novela, ‘Los bosques imantados’

 

Título: Los bosques imantados. Autor: Juan Vico. NOVELA. Ed. Seix Barral, 2016. 220 pág., 17,50 €.

Aunque el nombre de Juan Vico (Badalona, 1975) cope ahora por primera vez las estanterías de novedades de las grandes librerías, en realidad era ya más que conocido para esa creciente minoría de lectores que sigue la edición independiente; hasta la fecha, sus siete libros publicados en los últimos cinco años le han servido para construir una carrera más que sólida, que despuntó con la novela ‘El teatro de la luz’ y tuvo un hito maravilloso con el delicioso ‘El claustro rojo’, que le varía el premio Café 1916 para libros de relatos. Su salto ahora a una editorial de primera línea, Seix Barral, no viene sino a refrendar las enormes expectativas despertadas por sus obras anteriores.

En ‘Los bosques imantados’, Vico nos traslada a la Francia de fines del siglo XIX, un momento en el que el ocultismo cobra un enorme auge, convirtiéndose, más que en una fiebre, casi en un delirio colectivo. Espiritismo, pseudociencia e ilusionismo serán el entorno en el que habrá de moverse Víctor Blum, un periodista empeñado en desenmascarar a todos los charlatanes que le rodean. En especial a un misterioso personaje llamado Locusto… ¿Les suena todo esto? En efecto, Juan Vico aprovechará los recursos de la novela clásica de misterio, aunque no se va a ajustar al género sino que, más que parodiarlo, le sirve de guiño con el que poner en tela de juicio la credibilidad de toda información, incluso el papel del propio narrador.

No falta, además, la conexión con la realidad, ya que Vico incluye a un personaje histórico: Robert-Houdin, el inventor del ilusionismo moderno, quien ya retirado de la escena hace las veces de mentor del periodista-detective Blum.

Pero hasta el protagonista, Blum, firme defensor del método científico, se verá en algún momento obligado a recurrir a la intuición y el instinto, trastocando el cliché detectivesco, en una deriva hacia la novela negra muy de agradecer. Porque, de hecho, cuanto más avanzamos en la trama más negra se vuelve la novela. Y es que el ‘circo mediático’, como nos descubrirá el texto de Vico, no es un invento de la posmodernidad, sino una realidad que acompaña al periodismo en cualquier época. De modo que, lo que parecía una novela de detectives acaba convirtiéndose en una novela de ideas. Eso sí, sin perder ni un ápice de las virtudes de ambos géneros, en una pirueta literaria que no está al alcance de cualquier autor.

Sin renunciar a su habitual estilo cuidado y rítmico, casi poético, en esta nueva entrega narrativa Juan Vico otorga mayor presencia a los diálogos, en los que de nuevo el ritmo cobra importancia; adaptados a la escena, son en ocasiones chispeantes, brillantes, y en otras busca la inmediatez del lenguaje coloquial, con la pericia de quien sabe manejar distintos niveles y situaciones. También gusta de explotar los contrastes, dosificando el misterio y el humor en su justa medida.

En definitiva, Vico nos ofrece una novela altamente adictiva, capaz de cautivar incluso a lectores con poca apetencia por la época o por lo esotérico, y que además ofrece una doble lectura en clave crítica. Una excelente muestra de un autor que ha encontrado su voz narrativa.

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«El periodismo es el segundo oficio más viejo del mundo»
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Javier Menéndez Llamazares | 26-04-2016 | 23:48| 0

Conversación con Miqui Otero, que hoy presenta su novela ‘Rayos’ en la Feria del Libro

 

 

A Miqui Otero (Barcelona, 1980) le gusta salir con cara de duro en las fotos, pero el lector enseguida capta que su fuerte es la visión irónica y una narración en apariencia directa y sencilla que en realidad oculta su mirada crítica sobre la sociedad. Firma habitual de la prensa escrita, enseña periodismo y literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Tras despuntar con ‘Hilo Musical’ (premio FNAC en 2010) y ‘La cápsula del tiempo’, un auténtico bestseller de la edición independiente, Blackie Books presenta su último libro, ‘Rayos’, sobre el que asegura la crítica –y también su editor– que se trata de su novela más íntima, aunque en realidad es el retrato de un barrio y de toda una época, la feliz España de antes de la crisis económica. Hoy miércoles la presentará en la Feria del Libro, en la Plaza Porticada de Santander, a partir de las 19:30 h.

–Pero, ¿qué rayos pasa en su novela? Y no nos diga que «es complicado» (la frase que más detesta uno de los personajes, Bárbara).

RAYOS. Autor: Miqui Otero. NOVELA. Ed. Blackie Books, 2016. 328 pág., 21 €.

–¡Es que es complicado! No es la típica novela que se explique con un gancho de una frase. Hablo de Fidel Centella, un postadolescente de Barcelona que, unos años antes de que empiece la crisis, se marcha de casa. Y en paralelo narro la llegada de sus padres desde Galicia, unos años antes. Así que hay muchos ritos de iniciación, pero también se descubre muchas corrupciones, tanto en el barrio como en el propio piso en el que vive.

–Ha llovido mucho desde ese inicio de la crisis; ¿es por eso que, como ha declarado últimamente, ya no haya ropa tendida en Barcelona?

–Qué va; en la Barcelona de 2007 tampoco se podía ya, pero en el barrio de mi novela, El Raval, la gente lo sigue haciendo a pesar de la prohibición, por una simple cuestión de espacio: lo pisos son tan pequeños que no hay otro sitio donde tenderla. Eso mismo se cuenta en la novela: hay un discurso oficial que dice que las cosas tienen que ser de una determinada manera, pero después no siempre coincide con la realidad, y la gente al final hace lo que buenamente puede.

–¿Cómo es su relación con el barrio del Raval, en el que se ambienta ‘Rayos’? ¿Sigue siendo el famoso barrio chino de Barcelona?

–Pues he vivido nueve años allí y leía en las pancartas que colgaban los vecinos: «Esto no es un escenario, esto es un barrio»; tradicionalmente era un barrio obrero, que luego con la inmigración interior pasó a ser una zona marginal, con delincuencia y prostitución. Con la reforma preolímpica y su espíritu cosmopolita se intentó vender como el barrio multicultural, pero se produjo un fenómeno extraño, porque ahora allí conviven el ocio nocturno y los jóvenes con los habitantes de siempre, que no se han ido. Así que es una especie de suburbio en pleno centro de Barcelona, que además se llena de turistas. Y de esa mezcla extrañísima surge un material literario que es muy interesante; aunque para los que padecen esa realidad no lo sean tanto, claro.

–El protagonista de ‘Rayos’, Fidel, es periodista. ¿No estaba este oficio tan viejo ya en crisis mucho antes de la crisis?

–El periodismo tal vez sea el penúltimo oficio más viejo del mundo, con bastantes conexiones con el último, aunque no tendría que ser así. Fidel a esa generación que todavía llegó a vivir el ambiente de una redacción, aunque ya comenzaban los problemas de viabilidad. Trabaja en un diario que se llama ‘La Verdad’, como si verdad sólo hubiera una; allí conocerá gran cantidad de historias y leyendas urbanas que no siempre se pueden contar en un periódico, pero si a través de la literatura, que descubrirá como su verdadera vocación.

–En la novela sobrevuela el tópico de que «nunca pasa nada… hasta que pasa». ¿Así era la España de entonces?

–No es que fuera mi intención inicial, pero creo que en ‘Rayos’ explico todo lo que pasaba cuando la gente pensaba que no pasaba nada. O al menos, que no pasaba nada malo. Cuando vivíamos en una euforia absoluta y, pese a que un montón de síntomas indicaban que algo iba a ir muy mal, la gente giraba la cabeza y prefería no mirar. En El Raval esos síntomas se manifestaban de forma bastante violenta: el ‘mobbing’ a las rentas antiguas o la gentrificación en el barrio han sido males que acabaron atacando al resto de la ciudad y del país.

–Además de humor, la novela está llena de referencias y guiños culturales, de los hermanos Marx a la cultura más popular, del cómic a Olé Olé…

–Para mí la novela es como un puchero que se nutre de alimentos delicados, pero también de otros ingredientes que también le dan sabor. Y la cultura popular es en realidad la cultura de los hechos encontrados y compartidos, y hay muchas cosas que sólo se pueden explicar a través de ella. No puedes hacer una novela sólo con materiales nobles y referentes estupendos, si quieres que en realidad hable de muchos personajes y ambientes diferentes. No me interesa retratar una única capa social, porque tampoco es la narrativa que me gusta leer.

–¿Y cuál es la narrativa que le gusta leer a Miqui Otero?

–Soy un lector omnívoro y hasta un poco contradictorio; supongo que tiene que ver con que la mayoría de mis libros los he comprado en el mercado de Sant Antoni, que no es tan ordenado como una librería. Así me gusta la literatura que busca un distanciamiento cómico, pero también la otra generación del 27 española, la de Jardiel Poncela. La tradición descriptiva de Barcelona, con las novelas de Marsé o Casavella también me interesa mucho. Pero es que también me gustan los frescos tipo Balzac o Stendhal, aunque mi narrativa no se les parezca en nada. Hasta los folletines me llaman la atención.

–En el libro se plantea un problema que trasciende el cálculo matemático: «Si Fidel sale de Barcelona a las cuatro de la tarde y un tren sale de Valladolid a las cinco, ¿cuándo se encontrarán? Nunca». ¿Tan distantes están esos dos mundos?

–En realidad, es sólo un chiste que le hacen al protagonista sobre su falta de orientación. Pero si se quiere buscar una interpretación metafórica, yo diría que más que un choque hay un diálogo entre el origen gallego del personaje y su realidad en la cultura de Barcelona. Yo también comparto ese origen, y en mis veranos en la aldea gallega de mis abuelos encontraba un mundo completamente distinto al de la ciudad, en el que se apañaban patatas y se sacrificaban cerdos, y se contaban historias de indianos que iban y venían de La Habana. Referirme a este salto sideral que se produjo entre generaciones es mi manera de rendir homenaje a la de mis padres, porque ya está bien de intentar acabar con ellos en tanta novela freak.

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Don Quijote en el siglo XXI
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Javier Menéndez Llamazares | 09-05-2016 | 17:55| 0

No deja de resultar curioso que el arranque más o menos oficial del Año Cervantes –el arranque mediático, al menos, a través de un golpe de efecto con eco televisivo–, la idea de poner a los leones del Congreso a leer el Quijote, contenga un guiño más o menos involuntario a otro de los genios del siglo de oro, pues lo que llevan los felinos en los ojos no es otra cosa que unos quevedos.

No sabemos si a los reyes de la selva les estará gustando la lectura, pero lo cierto es que la iniciativa no sólo les ha humanizado, sino que acaba de igualarles con los cuarenta y tantos millones de españoles que hemos tenido, tienen y tendrán como lectura obligatoria la novela cervantina. Una experiencia que, según opina Andrés Trapiello, ha resultado traumática para muchos ciudadanos; sin embargo, y más allá de la catarata de actos institucionales que celebrarán el cuarto centenario del fallecimiento del escritor, y tan sólo once años después del último ‘año cervantes’, conmemorando la publicación de la primera parte del Quijote, lo cierto es que la obra de Cervantes no sólo sigue muy presente en nuestra cultura contemporánea, sino que además es sometida a constantes intentos de actualización y reinterpretación, en muy diversas claves. Y es que el mundo ha cambiado tanto que hasta el clásico ‘Don’ que lleva acompañando al Quijote durante cuatro siglos acaba de verse rebajado a un ‘don’ en minúscula, según el prontuario al efecto que se ha apresurado a difundir la Fundación para el Español Urgente.

¿Cómo acercarse, pues, a la obra de Cervantes hoy en día? Exploramos varias propuestas recientes.

 

Diecisiete mil tuits

 

En septiembre de 2014, el informático Diego Buendía se propuso publicar el Quijote completo en twitter. Y si sus cálculos son exactos, hoy mismo –22 de abril–, a las doce del mediodía lanzará a la red el último de los diecisiete mil tuits en los que decidió fragmentar la obra. Los más de ocho mil usuarios de la red social suscritos a sus actualizaciones son la mejor muestra del interés que ha despertado su iniciativa.

¿Cómo surge la idea de trocear y distribuir la novela más famosa de nuestra literatura? En su web, el barcelonés Buendía –quien se presenta asegurando que «Saliendo de la nada fui niño, músico, ingeniero, programador, padre, desarrollador SQL, prejubilado y vuelvo poco a poco a la nada»– explica que todo surge de la analogía entre las novelas por entregas, populares en otra época, y la forma de publicar en twitter, fragmentando los mensajes largos. Entre sus motivaciones, además del desafío tecnológico, se encontraba descubrir la reacción de los internautas; quería provocar algún tipo de interacción con la obra:«Me gusta pensar que cada cual encontrará la forma de dejarse acompañar por El Quijote durante este tiempo. Algunos aceptarán la lentitud de la propuesta, y saborearán las palabras encontrando bellezas que quizás pasaron desapercibidas.  Otros se acercarán al libro para sortear su impaciencia, y al día siguiente reconocerán lo leído como se reconoce a un viejo amigo. Otros más intertextualizarán, al estilo de Internet, comentando palabras, buscando en Google o en la Wikipedia el sentido de algunas cosas».

Para los amantes de los datos: el texto total publicado son 2.151.251 caracteres. La partición en fragmentos se realiza mediante un algoritmo programado por él, y que la cifra final fuera redonda, esos diecisiete mil caracteres, fue casual, y uno de los motivos que le animó a llevar adelante el proyecto.

Para los filólogos: se ha utilizado el texto almacenado en el Proyecto Gutenberg, que se supone transcripción literal de la edición prínceps. Se han omitido los preliminares de la obra, para que comenzase con el reconocible «En un lugar de La Mancha».

 

Escribe tu Quijote

 

Si Pierre Menard se propuso reescribir el Quijote, la poeta y artista digital hispano-argentina Belén Gache ha ideado la herramienta ideal para que cualquiera pueda emular a Cervantes a la perfección.

‘Escribe tu propio Quijote’ es un artefacto artístico publicado en la web argentina ‘Fin del mundo’, que invita a los internautas a escribir su propia versión de la novela cervantina en lo que parece un procesador de textos. Sin embargo, con independencia de las teclas que pulse el visitante, en la pantalla irá apareciendo, con cada golpe de teclado, el texto original de Cervantes. Así pues, para mayor satisfacción borgiana, no hay desviación posible.

 

 

Serial radiofónico

 

Claro que los acercamientos a la novela cervantina no son siempre literarios; las más de sesenta ocasiones en que ha sido llevada al cine son una buena muestra. Pero también el teatro o la televisión la han adaptado a menudo. En las ondas, hace medio siglo que RNE emitió una dramatización que contó con los más valorados actores del momento: Adolfo Marsillach, Fernando Rey, Francisco Rabal, Nati Mistral… Ahora mismo, en su parrilla destaca ‘El Quijote del siglo XXI: la versión radiofónica’. El episodio piloto se emitió hace un año, el Día del Libro de 2015, y la emisión regular, con un capítulo semanal, comenzó el pasado octubre. Los viernes se emite media hora de interpretación, con las voces de José Luis Gómez como narrador y Josep Maria Pou como don Quijote. A continuación, escritores como César Antonio Molina o Luis García Montero aportan su visión sobre la obra en un debate dentro del programa ‘El ojo crítico’. La serie entera está disponible en la web ‘RTVE a la carta’.

 

En clave actual

 

Claro que el problema para los oyentes, si hemos de seguir las tesis del escritor y cervantista Andrés Trapiello, será el mismo que para los lectores: el Quijote seguirá estando en una lengua que no es la misma que la del público. En 2015 decidió ‘traducirlo’ al castellano actual, «íntegra y fielmente». Un año más tarde, todavía encabeza las listas de ventas de clásicos, tanto en papel como en libros digitales.

Aunque también hay muchos lectores que se decantan por otras versiones. En la web de la Biblioteca Nacional está disponible desde 2010 el ‘Quijote interactivo’, que además fue la primera obra digitalizada por la BNE. Entre otros recursos multimedia, ofrece un mapa navegable con el que acceder a las distintas aventuras de la novela; galerías de grabados e ilustraciones de la obra; una contextualización histórica, videos y hasta un apartado musical. Como colofón, además puede navegarse por una reproducción facsimilar de excelente resolución de la edición prínceps.

Y falta, cómo no, el libro electrónico. En un estudio realizado por Josefa Badía, de la Universidad de Valencia, se desvela que sólo para iPad en su tienda oficial hay un total de ciento treinta y dos ediciones del Quijote, de las que más de cien son traducciones.

A la venta están desde ediciones infantiles ilustradas, hasta anotadas por prestigiosos cervantistas; hay también una veintena de audiolibros y hasta cinco videojuegos. Una de las edicones más completas es la portuguesa, lanzada por Editora FTD; contiene un índice interactivo, esquemas cronológicos y hasta audios de cada capítulo. Su precio: 9,95 euros. Una cantidad astronómica, comparada con los cero euros que pide Amazon por su versión para kindle.

 

Un Quijote en bicicleta

 

Pero si ha habido una forma llamativa en los últimos tiempos de acercar a don Alonso Quijano a los lectores, esa ha sido la del dibujante de cómics berlinés Flix. En su novela gráfica, el héroe es un aguerrido anciano que debe de salvar al pueblo de Tobosow de una empresa que pretende construir un gigantesco parque de molinos eólicos. En lugar de Sancho, le acompaña su sobrino Robin, y su moderno Rocinante es una bicicleta.

En definitiva, poco importan el medio y el planteamiento: lo fundamental es que, a pesar de lo mucho que ha cambiado el mundo, la obra de Cervantes sigue encontrando lectores, cuatro siglos más tarde.

 

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El trazo a ciegas de Pablo Gallo
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Javier Menéndez Llamazares | 09-05-2016 | 17:50| 0

El artista publica un libro ilustrado sobre sus ‘Sesiones psicográficas’ junto al músico Iago Alvite

 

Título: Dibujar en la oscuridad. Autor: Pablo Gallo. ARTE. Ed. El Gallo de Oro, 2016. 104 pág., 15 €.

El arte, como todo, tiene sus riesgos, que van mucho más allá de lo que aparentemente pudiera pensarse. Y es que puede que la génesis de esta nueva obra de Pablo Gallo, el pintor más literario de la independencia española, esté en un daño colateral, un efecto secundario más que crónico, permanente, de un golpe sufrido por el artista en edad infantil que le llevó a descubrir un miedo hasta entonces desconocido: el de perder la vista. Y es que, aunque fuera en pantalón corto, Gallo ya era entonces pintor, porque lo suyo es congénito, casi con absoluta seguridad. Posteriormente, seducido por el mito de Tiresias –cegado por los dioses, Zeus le compensaría con una ‘segunda visión’: el don de la adivinación y el poder de comunicarse con los difuntos–, la escucha de la ‘Música para tocar en la oscuridad’ del grupo Coil le inspiró una performance con la que conjurar sus propios miedos. Serían sus exitosas ‘Sesiones psicográficas’, en las que el pintor, acompañado por la banda sonora que improvisa el músico Iago Alvite, dibuja con los ojos tapados por una máscara; una especie de ritual pagano y ampliado por cámara de vídeo, cuyo carácter efímero se confirma con la destrucción de todo lo creado, al final de la sesión.

‘Dibujar en la oscuridad’ es, pues, a la vez, guía y memoria de una de las propuestas artísticas más innovadoras de los últimos años. Esoterismo, arte conceptual e historia de la cultura popular se funde en este cóctel exquisito. Por un lado, documenta el surgimiento de la idea, la técnica empleada y hasta los resultados, reproduciendo varias de las ilustraciones producidas por Gallo en sus sesiones con los ojos cerrados. Por otro, es una obra de literatura experimental, en la que a la manera de un alquimista juega con la mágica cabalística del número quince –los puntos del ‘cuadrado mágico’, pero también explora sus raíces cátaras y hebraicas– y sintetiza una especie de manifiesto en quince puntos, en los que el autor se habla a sí mismo, cada uno acompañado de citas que más parecen invocaciones, a cargo de William Blake, Marcel Duchamp, Aldous Huxley, H.P. Lovecraft…, condensando buena parte de las inquietantes influencias que han ido conformando el universo creativo del pintor. Habla de sus intenciones, describe las sensaciones durante la sesión y los pensamientos que le inspiran, siempre con el mismo comienzo, «y me digo que»: «la música propicia el trance»; «una máscara siempre ayuda a ser otro»; «los dibujos hechos a ciegas son mensajes llegados del Otro Mundo».

Casi la mitad del libro está ocupado por un pequeño ‘Diccionario de artistas espiritistas’, en el que Pablo Gallo nos presenta a una quincena –de nuevo su número mágico– de enigmáticos personajes que, pese a parecer salidos de su imaginación, son en realidad los pioneros del ocultismo entendido como una de las bellas artes. Cada uno, además, está retratado por el pintor, en el estilo tan característico de Gallo. El único español biografiado es el canario José Reyes Martín, «alegre dueño de una fábrica de puros», que fuera además elegido alcalde de su pueblo durante la I República.

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Páginas de fuego
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Javier Menéndez Llamazares | 26-02-2016 | 13:41| 0

Visiones del incendio de Santander en la literatura cántabra

'El paraíso de los niños', la juguetería de Polibio

El paraíso de los niños es un libro de Enrique Vázquez publicado en los años cincuenta, pero mucho antes –antes del gran incendio– había sido una juguetería cuyo nombre no podría resultar más prometedor. Como el resto de la calle de La Blanca desapareció en 1941, consumida por el fuego, pero el dueño quiso conservar su memoria con este volumen de poemas publicado bajo el pseudónimo de Polibio, que mereció en su época una elogiosa crítica en ABC:

«Se quemó ‘El paraíso de los niños’
plural, multicolor juguetería.
¡Perdiste, oh Santander, tu epifanía!
¡Tú, calle de la Blanca, tus armiños!».

El incendio no sólo se llevó buena parte del patrimonio material, cultural y hasta sentimental del Santander antiguo –entre otras pérdidas, hay que contar con el archivo y la biblioteca personal de Manuel Llano, que se custodiaba desde que su muerte en 1938 en la que fuera su casa, pasto de las llamas–, sino que también dejó sus huellas, a manera casi de cicatrices, en la literatura cántabra posterior. Tanta fue su influencia, que Ricardo Gullón, recién llegado a la ciudad, rememoría en El Santander de mi tiempo, publicado en 1990, que «era una ciudad que el incendio había asolado, en gran parte, dejando a treinta y tantas mil personas sin albergue [...]. Era la posguerra, la inmediata posguerra, y toda España estaba pasando por circunstancias sumamente difíciles».

Ricardo Gullón y Manuel Arce

Testigo directo, y además damnificado por la pérdida del negocio familiar, fue un joven Manuel Arce. En Papeles de una vida recobrada refiere, con irónica resignación, los despropósitos del momento, que además de los problemas para poder cobrar el seguro alcanzaron también al reparto de la ayuda solidaria enviada desde el resto de España: dos mantas y un saco de legumbres sería todo lo que su familia recibiría del auxilio prometido. Una década más tarde, a la hora de dar nombre a su galería de arte y librería, todavía el incendio estaría muy presente: «El empeño me llevó hasta el pasado. Hasta el gran incendio de 41: aquellas tres noches, en las que veíamos aterrados cómo el viento Sur se llevaba las vigas de las casas de un tejado a otro. Aquel Sur que dio un quiebro a mi destino. Ésta era la pregunta que tenía para Teresa: ‘Dime si te gusta o no te gusta este nombre: El Sur’. ‘Me gusta’».

Ángel de la Hoz

También nos habla en primera persona Ángel de la Hoz, quien en sus memorias publicadas por Valnera relata: «Una inmensa fogata que surgía hacia el cielo detrás de la Catedral me deslumbró (…). Tuve un momento de asombro ante el terrible espectáculo, seguido de una especie de morbosa atracción, que me empujó a seguir andando en su dirección».

Con las ruinas todavía prácticamente humeando, el hoy olvidado –pero en aquel momento importante– novelista  Cecilio Benítez de Castro noveló también el incendio. Una sombra en la ventana , cuarta novela del santanderino, apareció en 1943, y un año más tarde sería llevada al cine con el mismo título por Ignacio Farrés Iquino.

El incendio tiene una presencia constante en la mentalidad colectiva de la ciudad, lo que se refleja también en la literatura. Jesús Aguirre, en Las horas situadas, pone en boca de Julio Maruri una ingeniosa sentencia: «En Santander nunca pasa nada, y cuando pasa, toda la ciudad se abrasa». Mario Camus, en Veintinueve cuentos, relata: «Mi padre trabaja en Santander y viene los domingos. Intenta levantar de nuevo su taller y la sastrería que se quemó en febrero de este mismo año».

Un joven Julio Maruri (1949)

La casa natal de Gerardo Diego también desapareció entre las llamas; el poeta le dedicaría su ‘Elegía de Atarazanas’:

«El fuego ¿también puede
devorar la ilusión, lo que no cede?
A ese alado ladrón ¿no hay quien le ladre?
Nada es ya todo. Viva está mi casa».

Joaquín Leguina rememora el incendio en el relato ‘El fuego’, uno de los cuentos incluidos en su debut narrativo, Historias de la calle Cádiz. Precisamente sería en el número 20 de esa calle donde se iniciaría el fuego. «No me culpes del viento, Pilar», bromea el protagonista, ajeno a su destino trágico. Y es que se narra el encuentro entre un excombatiente republicano que regresa clandestinamente a su ciudad y su antigua novia, ahora casada con un amigo común. El fuego les sorprenderá durante el sueño, del que «no despertaron nunca». Se cierra el relato con una noticia del diario ABC, fechada el 18 de febrero de 1941.

El escritor murciano Antonio Martínez Cerezo ambientó su novela Con el fantasma de un loco en el Santander del incendio. «¡Arde, arde Santander!», grita Terio, el protagonista, mientras recuerda a Nerón tocando su lira frente una Roma en llamas. Treinta años más tarde, aquel suceso aún le perturba, y no puede quitarse de la cabeza su propia imagen sufriendo un incomprensible ataque de risa, que las pescaderas trataban de cortarle a base de bofetadas «con olor a pez y a mar».

La novela está salpicada de detalles de la época, como la mención a la estatua de Pedro Velarde en la plaza de Pombo, donde «se erguía sobre los pabellones de los comerciantes damnificados por el incendio». Además de los inevitables vientos: al sur, «los santanderinos le quieren y le temen». O el deseo expresado en medio del fragor: «¡Por qué no vendrá el gallego que siempre trae agua!».

En verso y en prosa tratan el caso Francisco y Santiago Malo Segura. El primero publicó en los años cuarenta Tragedia y esperanza de Santander; el segundo hizo un extenso relato del incendio en Narraciones, Anécdotas y Sucesos, publicado en 2005.

Pero si hay una verdadera novela del incendio, esa es Gavias de través, de Baldomero Madrazo Feliú. Ambientada entre 1941 y 1945, desde el inicio advierte el autor del carácter de ficción del texto, aunque sólo en lo referente a personajes, pues la «la parte histórica (…) se ajusta con rigor a los hechos que se relatan».

Con la particular prosa de Madrazo, funcional y descriptiva, se nos advierte que «Cuando llueve, Santander presenta uno de sus aspectos más peculiares, seguramente el más íntimo y verdadero». Y la climatología sirve para arrancar esta crónica minuciosa y detenida que arranca con el ciclón del sábado y concluye con el mortal accidente, el lunes, del bombero Julián Sánchez. En un segundo capítulo, se glosan las consecuencias para los ciudadanos y acciones de las autoridades competentes, para presentarnos a partir del capítulo tres a los personajes que servirán para contar desde dentro la verdadera historia de la tragedia, y cómo afectó a toda una ciudad: será Gabino, Otilia, Chuchi, Ciano, Celia… Una trama que se entrelaza con lo que, a otro nivel, sucede en las altas esferas, que emprenden la reconstrucción guiados sobre todo por la codicia.

Más recientemente, el incendio ha llamado también la atención de muchos escritores; es el caso de la cántabra Conchi Revuelta, quien trata el suceso en su novela Aromas de tabaco y mar, a través de la historia de una cigarrera, Aurora Guzmán, que intenta labrarse un porvenir en el Santander inmediatamente posterior al incendio.

Conchi Revuelta

Gran éxito comercial tuvo La saga de los longevos, de Eva García Sáenz, quien ambienta en Cantabria una novela fantástica en la que una mutación genética prolonga extraordinariamente la vida de una familia. Para la portada utilizaría incluso una imagen del ‘Monumento al incendio de Santander’, de José Cobo; en la escultura decía haber reconocido los rostros de sus personajes de ficción.

Aunque tal vez la obra más representativa sea Ahogada en llamas, novela que transita entre las dos grandes tragedias contemporáneas de la ciudad de Santander, Jesús Ruiz Mantilla dedica sesenta páginas a narrar los sucesos de febrero de 1941, en un largo capítulo titulado ‘El incendio’. Como en toda la novela, arranca el capítulo con descripciones de meteorólogo: «Por el rizo espumoso que desprendían las olas contra las rendijas de los miradores, los hijos de la ciudad caían en la fuerza del viento que les azotaba al son de su silbido agudo e impertinente. Lo hacía con una virulencia circular y envolvente que todo lo ponía patas arriba».

Jesús Ruiz Mantilla

A la manera del Pachín González de Pereda, Ruiz Mantilla nos lleva de la mano de la familia Martín, que está de duelo por su patriarca, Diego. Al funeral no podría asistir su hijo menor, Rafael, perseguido por su pasado republicano, que permanece oculto en un escondrijo en la calle Méndez Núñez. Cuando el incendio estalle, se verá obligado a abandonar su escondite y cruzar la ciudad en un viaje alucinado y apocalíptico que, paradójicamente, le ha de conducir a la libertad.

La visión más social del incendio la aporta en sus memorias Fernando Calderón, a quien el fuego «me arrancó de un golpe brutal la ciudad de mi niñez». Sus críticas, en cambio, se centran en la gestión política posterior: «El éxodo de estos grupos el día después de la catástrofe anunciaba el destierro posterior que sufrirían estas gentes con la reconstrucción de la ciudad. Nada volvió a ser como era. El fuego no sólo se llevó por delante los restos medievales de la ciudad; el fuego terminó también con una manera de entender la sociedad».

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La curiosidad del letraherido
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Javier Menéndez Llamazares | 08-01-2016 | 07:56| 0

El escritor cántabro Luis Rodríguez desvela las claves de su tercera novela

 

Lo que más emociona al novelista Luis Rodríguez son los ‘milagros’ de la literatura, esa inexplicable conexión que surge entre el autor que, como un alquimista solitario, disimula en su texto guiños una buena cantidad de guiños y referencias, y la gozosa labor de zapa del lector, atento a cualquier posible hallazgo.

Y es que la obra de Luis Rodríguez, más que una novela, parece todo un yacimiento; como la Troya que descubriera Schliemann, siete veces reconstruida, se diría que ‘La herida se mueve’, su tercera novela, está compuesta por varios estratos sucesivamente superpuestos, en los que a partir de elementos plenamente realistas se construye una obra que trasciende las limitaciones del género, transgrediendo todos sus convencionalismos, al menos en apariencia, planteando una forma de narrar rabiosamente contemporánea, exigente con el lector, pero a la vez gratamente reconfortante. Una obra que convierte a su autor en una voz única en nuestra literatura, en especial porque conjuga los planteamientos de vanguardia con un respeto absoluto al lector.

Con todos los ingredientes para convertirse en un escritor de culto, Luis Rodríguez continúa modelando una obra tan  personal como torrencial; tras la aparición en la exquisita KRK de sus dos primeras novelas –‘La soledad del cometa’ en 2009 y ‘Novienbre’ en 2013–, la escasez de noticias sobre el autor hizo incluso pensar a la crítica que podría tratarse de un heterónimo a lo Pessoa de algún escritor de fama. Su discretísimo nombre de guerra y una nota biográfica con las únicas referencias de su nacimiento en Cosío en 1958 y su actual residencia en Benicàssim daban pie a cualquier especulación; y es que, como asegura Álvaro Colomer, nada nos gusta más a los lectores que un escritor secreto.

Aunque secretos hay pocos: Luis Rodríguez es un lector voraz –desde hace décadas devora tres libros semanales, y su carnet de la Biblioteca de Castellón debe estar ya completamente desgastado– que llegó a la creación en plena edad madura como culminación de un proceso natural de destilación; liberado ya de otras ocupaciones menesterosas, tras su prejubilación de una oficina bancaria dio rienda suelta a su pulsión literaria y desde entonces no ha hecho sino asombrar a críticos y lectores. Es un ‘letraherido’ en toda regla, y esa es la ‘herida’ en continua expansión a la que alude en su última novela. Un autor torrencial, arrebatador y fascinante al que es preciso descubrir, y al que trataremos de acercarnos en esta conversación

 

 

 

-      Tras un paso por las más privadas estancias de la escritura del yo, se diría que su tercera novela se abre al mundo, en especial al discurso de los demás, de los otros. ¿Por qué su renuncia a una estructura clásica, a una trama convencional, y esta apuesta por la polifonía y la fragmentación?

-      Sí, tienes razón, en esta novela miro afuera; sin embargo, tengo la sensación, que no me parece incongruente, de que en ella hay más de mí que en las anteriores, por más que en la última el protagonista tenga mi nombre y su biografía se confunda con la mía. La renuncia a un planteamiento tradicional no es premeditada. Fue en el transcurso de su escritura  cuando me pareció que esta reclamaba otro tratamiento, un armazón literario más complejo. Las otras fueron más “naturales”: Una primera frase seguida de doscientos cincuenta folios de bilis, después sucesivas reescrituras, como si las modelara, para acabar perdiendo más de media novela, casi hechas girones, muy delgadas; como se publicaron. Aquí, no: La primera frase sobrevive  en mitad del libro; el protagonista aparece en la página 21; hay alusiones a personajes reales y hechos históricos con tufo a estar fuera de contexto; es una obra con entornos en negativo; incontenida, se desparrama más allá del final, en el índice…, la polifonía, para fijar al protagonista. En cuanto a la fragmentación, me conviene pensar que es consecuencia directa de la concisión; una narración que no es descriptiva, esquelética, quizá genera eso, ojalá.

 

-      El narrador, el punto de vista y la focalización van cambiando constantemente en esta novela que, además, se pone en cuestión a sí misma. Incluso el primer protagonista, Mauro, se diluye y cede el testigo a Genaro, pero no para convertirse exactamente en hilo conductor. ¿Es muy exigente con sus lectores?

-      Soy consciente, lo soy una vez terminada y leída, de que puedo plantear alguna dificultad. Lo siento. El lector, la mayor parte de los lectores, está acostumbrado a unas pautas narrativas. Un ejemplo: Genaro, el protagonista, recibe el encargo de llevar el cadáver de una mujer hasta un pueblo de Soria situado a más de trescientos kilómetros La colocan en el asiento del copiloto; es de noche, así que le ponen una manta para que parezca que duerme, y Genaro la lleva hasta Soria. Allí, sin mediar palabra, dos tipos la sacan del coche y se la llevan.  Para un lector, para la mayor parte de los lectores, esto es un dilema. Quieren saber quién es la muchacha, por qué la han matado, quién, por qué es necesario que muera en Soria. O se les da una solución, o les das pistas, pero, inexcusablemente, debe existir la posibilidad de que el lector lo averigüe. Aquí no. Aquí no se explica, el viaje ocupa seis páginas y Genaro, el protagonista de la novela, ni siquiera muestra interés en conocer el nombre de la pobre muchacha. Mi intención no es un recurso literario revolucionario, ni posmoderno, no. Alguien dijo, yo creo que de Chejov, que era el único escritor que, cuando lanzan un cadáver al agua, te cuenta la reacción de los peces. A mí, el cadáver solo me interesaba para conocer la reacción de Genaro ante una muerte cercana. Comprendo que eso tiene un coste, porque yo no soy Chejov, claro, y quizá no lo he conseguido, así que es probable que tenga que cargar con el recelo del lector cuando este ve que la novela continua y la pobre muchacha no vuelve a aparecer, ni se la mienta. En cuanto a la disolución de Mauro, tienes razón, no es un hilo conductor. Mauro es como un contrapunto, yo lo he necesitado para situar al lector en la realidad de la novela. Si pretendo que sea creíble la peripecia con las latas de atún, necesito un lector que haya pasado por el quirófano de residuos del pensamiento; y ahí, ante el cirujano, no puede estar un tipo como Genaro.

 

-      Las motivaciones poco tienen que ver con el resultado final, a menudo un efecto colateral inesperado; pensemos, por ejemplo, en el caso de Plácido, que convence a Rosendo de que no se suicide arrojándose al canal, sino golpeándose él mismo en la cabeza. A pesar de que su acción es simple maldad, termina salvándole la vida. ¿Tiene sentido, pues, plantearse la moralidad, en términos del bien y el mal, en el comportamiento humano?

-      La moralidad es cómoda y práctica como el papel pautado, poco más. No sé si recuerdas que Genaro secuestró a un peregrino filipino cerca de Nájera. Cuando el pobre recuperó el conocimiento, este se encontró sentado ante la catedral de Santiago, a quinientos ochenta kilómetros. Imagina un pobre hombre que ha ahorrado durante tres años, dinero y vacaciones, para hacer el viaje de su vida, el Camino de Santiago; y llega Genaro y le roba medio recorrido. Genaro es un sinvergüenza, sin duda, pero ¿solo eso? ¿No cuestiona el aspecto absurdo que seguro que tiene la peregrinación? Al fin y al cabo, Genaro lo ha puesto donde quería.

 

-      Los escritores suicidas son una constante en el texto; desde el estudio del médico hasta los diversos y fallidos intentos de darse muerte de varios autores de culto. ¿Escribir es quizás una forma sofisticada de morir?

-      No, escribir es la forma más exquisita que conozco de vivir. El suicidio es mirar al abismo, pero no sé si el suicida es un cobarde, o un valiente, o un cobarde valiente. La decisión más importante que puede tomar un ser vivo, de largo, es esa, quitarse la vida. Suicidarse es más trascendente que matar, o que engendrar, que ya son importantes. El suicida, ya menos tremendos, no puede soportar el peso de su propia vida.

 

-      Cuando Mauro lee la novela de Estanis, lo hace pensando que la ficción se crea a partir de la realidad, pero sin embargo la lectura le hace pensar que son los personajes de ficción los que tratan de parecer reales. ¿Realmente se imitan arte y naturaleza?

-      El arte no existiría sin la realidad. Por contra, la realidad se basta. El arte tiene una ventaja enorme sobre la naturaleza: no existe el dolor físico. Liberado de esa servidumbre, la potencia del arte es gigantesca. La aspiración de los personajes responde a eso, a esa voluntad, y quizá no importe que sea fallida, porque hasta de eso se abastece la literatura.

 

-      Hay una flujo constante de referencias lectores, de menciones a otras obras y de argumentos condensados que sirven para poner en marcha algunos mecanismos de la trama. Von Kelist, Koestler, Dos Passos, Stevenson… la lista superaría los dos centenares de autores, de las más diversas épocas, procedencias y estilos. Es evidente que el Luis Rodríguez escritor se alimenta de sus múltiples lecturas, y que además es un lector omnívoro pero, ¿cuáles son sus coordenadas más transitadas? ¿Qué literatura prefiere?

-      Soy un lector convulsivo, un adicto. No tengo muy claro por qué escribo; sin embargo, podría darte un centenar de razones por las que leo. Leer mucho lleva aparejado el caos, van juntos. Unas lecturas te llevan a otras, una reseña, la recomendación de un amigo, un autor a quien vienes siguiendo, libros mal leídos tiempo atrás; no, no hay un criterio. ¿Qué literatura prefiero? Hace un tiempo te hubiera respondido, sin dudar, la de autores que son más listos que yo. Hoy no te digo eso, ni muchísimo menos. El arte, la literatura que a mí me interesa es aquella que al leerla me arroja los ojos al suelo; los recojo y me los pongo, sin darme cuenta de que los he puesto mirando hacia dentro. Y continúo leyendo. Sí, desde luego que son importantes la sintaxis, las comas, la afinidad con el estilo, seguramente es importante que la obra te seduzca, pero hay un algo inaprehensible que a lo mejor es lo más valioso de la literatura. ¿Por qué uno no olvida Jakob von Gunten, apenas ciento veinte páginas de una vida anodina? ¿Qué milagro es la literatura? Me gustan muchos autores que están en la historia de la literatura; de mis lecturas recientes, además de esos, Amity Gaige, Sebald, Chus Fernández, Vicente Luis Mora, Adam Johnson, mi editor.

 

-      La vida cotidiana, y sobre todo sus formas más populares o mundanas asoman constantemente en la novela, desde los arrastres en partidas de tute a los atracos a bancos; sin embargo, hay todo un universo que transcurre paralelo, el mundo libresco, que parece tan consistente y real como el de los personajes, a pesar de sus continuos saltos cronológicos. ¿Es la ficción tan real como eso que llamamos ‘vida’?

-      James Wood escribió que las novelas tienden al fracaso no cuando los personajes no son lo bastante vivos o profundos, sino cuando la novela no ha conseguido enseñarnos a adaptarnos a sus convenciones, ni ha conseguido despertar un hambre específica  por sus propias características, su propio nivel de realidad. Lo comparto plenamente. Nos gusta, nos entusiasma Lolita de Nabokov; si alguien nos contara su misma peripecia referida a cualesquiera otras personas, nos escandalizaríamos. Pero nos la ha contado Nabokov, y es una obra maestra. La ficción no es la vida, claro, pero aspira a ser igual de verosímil.

 

-      Si bien el entorno en el que se desenvuelven los personajes es el mundo real, éste aparece envuelto en una cierta nebulosa temporal y espacial, el ‘cierzo’ de la novela, evidenciada por la aparición de elementos anacrónicos como las pesetas. Se diría que, en realidad, el tiempo, o al menos su determinación precisa, no es un elemento esencial para su literatura.

-      Tienes razón, no lo es. No se mencionan fechas. Es verdad que se utilizan elementos que tú llamas anacrónicos, pero no tienen otro cometido que lo respondido a la pregunta anterior, ser verosímil. Las peripecias de Genaro, sobre todo las delictivas, serían insostenibles en el 2016. Era preciso que no hubiera móviles, una Guardia Civil de hace más de 20 años, y las alusiones a su juventud corresponden a un Madrid muy concreto. Curiosamente, has nombrado el “cierzo”. A mí me hubiera gustado que la novela se hubiera titulado “El cierzo”, pero no le gustaba a los editores. Ellos son maños, hay que comprenderlo.

 

-      Muchos de los nombres de la novela arrastran un poco disimulado regusto cántabro: el Hotel Bárcena, el cabo Urdiales, incluso parte de la trama está ambientada o conectada con la región. ¿Pesan la raíces?

-      Pesan. Pesa la infancia. Yo siempre mantengo, y que me perdone mi familia, que la infancia es la única oportunidad que tiene el ser humano de ser feliz. Si uno no es feliz en su infancia, no lo será jamás. Después, uno es relativamente feliz; la vida es cruel, no tenemos más que mirar a nuestro alrededor para ver desdicha. Otro asunto es la aspiración natural a ser felices, que está muy bien, y que, dicho sea de paso, yo domino. Esa intensidad de la infancia, que en mi caso fue una gozada, me sigue dando calor.

 

-      En la novela menciona uno de los placebos más hermosos e infantiles: el remedio contra las ortigas que consiste simplemente en contener la respiración mientras se toca. ¿Todavía queda lugar para la magia del pensamiento?

-      Claro que queda lugar, queda un espacio inmenso, inabarcable. Y no es una pose. Cuando escribo, de vez en cuando, tengo barruntos, como señales que llegan indefinidas, tenues. Hay frases, no necesariamente brillantes, que me sitúan en otro lugar, como si abolieran bruscamente todo lo que he escrito hasta ahora; algo parecido a una nueva mirada. Tengo la sensación de que soy un hombre nuevo, ante algo nuevo, me embarga la emoción de que voy a iniciar una singladura única.

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La vida en tránsito aéreo del Nick Cave más accesible
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Javier Menéndez Llamazares | 08-03-2016 | 09:01| 0

Un salvavidas bajo el asiento

 

Título: La canción de la bolsa para el mareo. Autor: Nick Cave. POESIA. Ed. Sexto Piso, 2015. 186 pág., 22 €.

Para hacerse una idea de las dimensiones míticas del cantante australiano, espero que disculpen una pequeña anécdota de cuando el que suscribe era un joven estudiante extranjero en Alemania, y coincidió en un restaurante con Nick Cave como quien experimenta una aparición divina o el avistamiento de un ovni: aún no existían los móviles, pero antes de llegar a los postres ya se habían presentado media docena de incondicionales con sus discos bajo el brazo, a la caza de una dedicatoria. Para mi desgracia, no llevaba encima ni sus discos ni ‘Y el asno vio al ángel’, la novela que le publicase Pre-textos a principios de los noventa.

La pasión por Cave es, pues, más bien auténtica devoción. Auténtico héroe de la independencia post-punk, su estética torturada y su leyenda de excesos no hacían sino engrandecer su imagen de artista de rara belleza, una versión intelectualizada de Sid Vicious o tal vez la reencarnación siniestra y existencialista de Lord Byron.

Todo eso arrastra desde hace tres décadas Nick Cave, quien a pesar a su giro estilístico hacia públicos más amplios nunca ha perdido la vitola de underground y, sobre, el apoyo de sus seguidores. Precisamente, en la gira de 2014 surgiría el germen de este libro: en pleno vuelo hacia Nashville le surgió una idea, y el primer papel que encontró a mano para anotarla era una bolsa para el mareo. Así que, haciendo uso de una particular visión del reciclaje, durante el resto del año utilizó las bolsas de cada viaje para ir componiendo poemas, letras de canciones o pequeños relatos que finalmente armaría para componer ‘La canción de la bolsa para el mareo’, que tiene la forma de un extenso poema épico –Cave tiene mucha querencia por el versículo, pero también explora formas rítmicas cercanas al blues–, que en lo temático es a la vez un texto de introspección psicológica, una visión desmitificadora de su propia imagen como artista de culto y las memorias de un viaje en el que lo musical y lo memorístico pesan mucho más que lo geográfico.

Con el peculiar estilo de Cave, calcado de sus textos para canciones, prosa y verso se entremezclan en un discurso voluntariamente oscuro, no sólo en su dificultad de comprensión sino en su predilección por el ‘lado salvaje’. Como si nos llevara en una road movie por el submundo del rock, el artista alterna las acotaciones y glosas de sus canciones con toda la mitomanía de la cultura alternativa norteamericana, de Elvis Presley a los Picapiedra, sin renunciar a incursiones en la alta cultura, con referencias homéricas o a Toulouse Lautrec.

Más que un libro, se trata de todo un proyecto artístico en el que se involucran varias disciplinas, en una auténtica obra multimedia, pues además del libro se publicó un documental que recoge la vida de Nick Cave como músico, pero también mostrando su casa o parte de su vida privada, incidiendo en la fusión entre creación y biografía que siempre ha marcado la obra de este artista.

La propia editorial en castellano, Sexto Piso, ha publicado en su canal de youtube los ‘videoclips’ de cada una de las ‘bolsas para el mareo’ en la que él mismo recita sus textos y explica algunos aspectos de su obra y su vida, y se añaden además subtítulos en español.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.

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