El Diario Montañes

img
La curiosidad del letraherido
img
Javier Menéndez Llamazares | 08-01-2016 | 07:56| 0

El escritor cántabro Luis Rodríguez desvela las claves de su tercera novela

 

Lo que más emociona al novelista Luis Rodríguez son los ‘milagros’ de la literatura, esa inexplicable conexión que surge entre el autor que, como un alquimista solitario, disimula en su texto guiños una buena cantidad de guiños y referencias, y la gozosa labor de zapa del lector, atento a cualquier posible hallazgo.

Y es que la obra de Luis Rodríguez, más que una novela, parece todo un yacimiento; como la Troya que descubriera Schliemann, siete veces reconstruida, se diría que ‘La herida se mueve’, su tercera novela, está compuesta por varios estratos sucesivamente superpuestos, en los que a partir de elementos plenamente realistas se construye una obra que trasciende las limitaciones del género, transgrediendo todos sus convencionalismos, al menos en apariencia, planteando una forma de narrar rabiosamente contemporánea, exigente con el lector, pero a la vez gratamente reconfortante. Una obra que convierte a su autor en una voz única en nuestra literatura, en especial porque conjuga los planteamientos de vanguardia con un respeto absoluto al lector.

Con todos los ingredientes para convertirse en un escritor de culto, Luis Rodríguez continúa modelando una obra tan  personal como torrencial; tras la aparición en la exquisita KRK de sus dos primeras novelas –‘La soledad del cometa’ en 2009 y ‘Novienbre’ en 2013–, la escasez de noticias sobre el autor hizo incluso pensar a la crítica que podría tratarse de un heterónimo a lo Pessoa de algún escritor de fama. Su discretísimo nombre de guerra y una nota biográfica con las únicas referencias de su nacimiento en Cosío en 1958 y su actual residencia en Benicàssim daban pie a cualquier especulación; y es que, como asegura Álvaro Colomer, nada nos gusta más a los lectores que un escritor secreto.

Aunque secretos hay pocos: Luis Rodríguez es un lector voraz –desde hace décadas devora tres libros semanales, y su carnet de la Biblioteca de Castellón debe estar ya completamente desgastado– que llegó a la creación en plena edad madura como culminación de un proceso natural de destilación; liberado ya de otras ocupaciones menesterosas, tras su prejubilación de una oficina bancaria dio rienda suelta a su pulsión literaria y desde entonces no ha hecho sino asombrar a críticos y lectores. Es un ‘letraherido’ en toda regla, y esa es la ‘herida’ en continua expansión a la que alude en su última novela. Un autor torrencial, arrebatador y fascinante al que es preciso descubrir, y al que trataremos de acercarnos en esta conversación

 

 

 

-      Tras un paso por las más privadas estancias de la escritura del yo, se diría que su tercera novela se abre al mundo, en especial al discurso de los demás, de los otros. ¿Por qué su renuncia a una estructura clásica, a una trama convencional, y esta apuesta por la polifonía y la fragmentación?

-      Sí, tienes razón, en esta novela miro afuera; sin embargo, tengo la sensación, que no me parece incongruente, de que en ella hay más de mí que en las anteriores, por más que en la última el protagonista tenga mi nombre y su biografía se confunda con la mía. La renuncia a un planteamiento tradicional no es premeditada. Fue en el transcurso de su escritura  cuando me pareció que esta reclamaba otro tratamiento, un armazón literario más complejo. Las otras fueron más “naturales”: Una primera frase seguida de doscientos cincuenta folios de bilis, después sucesivas reescrituras, como si las modelara, para acabar perdiendo más de media novela, casi hechas girones, muy delgadas; como se publicaron. Aquí, no: La primera frase sobrevive  en mitad del libro; el protagonista aparece en la página 21; hay alusiones a personajes reales y hechos históricos con tufo a estar fuera de contexto; es una obra con entornos en negativo; incontenida, se desparrama más allá del final, en el índice…, la polifonía, para fijar al protagonista. En cuanto a la fragmentación, me conviene pensar que es consecuencia directa de la concisión; una narración que no es descriptiva, esquelética, quizá genera eso, ojalá.

 

-      El narrador, el punto de vista y la focalización van cambiando constantemente en esta novela que, además, se pone en cuestión a sí misma. Incluso el primer protagonista, Mauro, se diluye y cede el testigo a Genaro, pero no para convertirse exactamente en hilo conductor. ¿Es muy exigente con sus lectores?

-      Soy consciente, lo soy una vez terminada y leída, de que puedo plantear alguna dificultad. Lo siento. El lector, la mayor parte de los lectores, está acostumbrado a unas pautas narrativas. Un ejemplo: Genaro, el protagonista, recibe el encargo de llevar el cadáver de una mujer hasta un pueblo de Soria situado a más de trescientos kilómetros La colocan en el asiento del copiloto; es de noche, así que le ponen una manta para que parezca que duerme, y Genaro la lleva hasta Soria. Allí, sin mediar palabra, dos tipos la sacan del coche y se la llevan.  Para un lector, para la mayor parte de los lectores, esto es un dilema. Quieren saber quién es la muchacha, por qué la han matado, quién, por qué es necesario que muera en Soria. O se les da una solución, o les das pistas, pero, inexcusablemente, debe existir la posibilidad de que el lector lo averigüe. Aquí no. Aquí no se explica, el viaje ocupa seis páginas y Genaro, el protagonista de la novela, ni siquiera muestra interés en conocer el nombre de la pobre muchacha. Mi intención no es un recurso literario revolucionario, ni posmoderno, no. Alguien dijo, yo creo que de Chejov, que era el único escritor que, cuando lanzan un cadáver al agua, te cuenta la reacción de los peces. A mí, el cadáver solo me interesaba para conocer la reacción de Genaro ante una muerte cercana. Comprendo que eso tiene un coste, porque yo no soy Chejov, claro, y quizá no lo he conseguido, así que es probable que tenga que cargar con el recelo del lector cuando este ve que la novela continua y la pobre muchacha no vuelve a aparecer, ni se la mienta. En cuanto a la disolución de Mauro, tienes razón, no es un hilo conductor. Mauro es como un contrapunto, yo lo he necesitado para situar al lector en la realidad de la novela. Si pretendo que sea creíble la peripecia con las latas de atún, necesito un lector que haya pasado por el quirófano de residuos del pensamiento; y ahí, ante el cirujano, no puede estar un tipo como Genaro.

 

-      Las motivaciones poco tienen que ver con el resultado final, a menudo un efecto colateral inesperado; pensemos, por ejemplo, en el caso de Plácido, que convence a Rosendo de que no se suicide arrojándose al canal, sino golpeándose él mismo en la cabeza. A pesar de que su acción es simple maldad, termina salvándole la vida. ¿Tiene sentido, pues, plantearse la moralidad, en términos del bien y el mal, en el comportamiento humano?

-      La moralidad es cómoda y práctica como el papel pautado, poco más. No sé si recuerdas que Genaro secuestró a un peregrino filipino cerca de Nájera. Cuando el pobre recuperó el conocimiento, este se encontró sentado ante la catedral de Santiago, a quinientos ochenta kilómetros. Imagina un pobre hombre que ha ahorrado durante tres años, dinero y vacaciones, para hacer el viaje de su vida, el Camino de Santiago; y llega Genaro y le roba medio recorrido. Genaro es un sinvergüenza, sin duda, pero ¿solo eso? ¿No cuestiona el aspecto absurdo que seguro que tiene la peregrinación? Al fin y al cabo, Genaro lo ha puesto donde quería.

 

-      Los escritores suicidas son una constante en el texto; desde el estudio del médico hasta los diversos y fallidos intentos de darse muerte de varios autores de culto. ¿Escribir es quizás una forma sofisticada de morir?

-      No, escribir es la forma más exquisita que conozco de vivir. El suicidio es mirar al abismo, pero no sé si el suicida es un cobarde, o un valiente, o un cobarde valiente. La decisión más importante que puede tomar un ser vivo, de largo, es esa, quitarse la vida. Suicidarse es más trascendente que matar, o que engendrar, que ya son importantes. El suicida, ya menos tremendos, no puede soportar el peso de su propia vida.

 

-      Cuando Mauro lee la novela de Estanis, lo hace pensando que la ficción se crea a partir de la realidad, pero sin embargo la lectura le hace pensar que son los personajes de ficción los que tratan de parecer reales. ¿Realmente se imitan arte y naturaleza?

-      El arte no existiría sin la realidad. Por contra, la realidad se basta. El arte tiene una ventaja enorme sobre la naturaleza: no existe el dolor físico. Liberado de esa servidumbre, la potencia del arte es gigantesca. La aspiración de los personajes responde a eso, a esa voluntad, y quizá no importe que sea fallida, porque hasta de eso se abastece la literatura.

 

-      Hay una flujo constante de referencias lectores, de menciones a otras obras y de argumentos condensados que sirven para poner en marcha algunos mecanismos de la trama. Von Kelist, Koestler, Dos Passos, Stevenson… la lista superaría los dos centenares de autores, de las más diversas épocas, procedencias y estilos. Es evidente que el Luis Rodríguez escritor se alimenta de sus múltiples lecturas, y que además es un lector omnívoro pero, ¿cuáles son sus coordenadas más transitadas? ¿Qué literatura prefiere?

-      Soy un lector convulsivo, un adicto. No tengo muy claro por qué escribo; sin embargo, podría darte un centenar de razones por las que leo. Leer mucho lleva aparejado el caos, van juntos. Unas lecturas te llevan a otras, una reseña, la recomendación de un amigo, un autor a quien vienes siguiendo, libros mal leídos tiempo atrás; no, no hay un criterio. ¿Qué literatura prefiero? Hace un tiempo te hubiera respondido, sin dudar, la de autores que son más listos que yo. Hoy no te digo eso, ni muchísimo menos. El arte, la literatura que a mí me interesa es aquella que al leerla me arroja los ojos al suelo; los recojo y me los pongo, sin darme cuenta de que los he puesto mirando hacia dentro. Y continúo leyendo. Sí, desde luego que son importantes la sintaxis, las comas, la afinidad con el estilo, seguramente es importante que la obra te seduzca, pero hay un algo inaprehensible que a lo mejor es lo más valioso de la literatura. ¿Por qué uno no olvida Jakob von Gunten, apenas ciento veinte páginas de una vida anodina? ¿Qué milagro es la literatura? Me gustan muchos autores que están en la historia de la literatura; de mis lecturas recientes, además de esos, Amity Gaige, Sebald, Chus Fernández, Vicente Luis Mora, Adam Johnson, mi editor.

 

-      La vida cotidiana, y sobre todo sus formas más populares o mundanas asoman constantemente en la novela, desde los arrastres en partidas de tute a los atracos a bancos; sin embargo, hay todo un universo que transcurre paralelo, el mundo libresco, que parece tan consistente y real como el de los personajes, a pesar de sus continuos saltos cronológicos. ¿Es la ficción tan real como eso que llamamos ‘vida’?

-      James Wood escribió que las novelas tienden al fracaso no cuando los personajes no son lo bastante vivos o profundos, sino cuando la novela no ha conseguido enseñarnos a adaptarnos a sus convenciones, ni ha conseguido despertar un hambre específica  por sus propias características, su propio nivel de realidad. Lo comparto plenamente. Nos gusta, nos entusiasma Lolita de Nabokov; si alguien nos contara su misma peripecia referida a cualesquiera otras personas, nos escandalizaríamos. Pero nos la ha contado Nabokov, y es una obra maestra. La ficción no es la vida, claro, pero aspira a ser igual de verosímil.

 

-      Si bien el entorno en el que se desenvuelven los personajes es el mundo real, éste aparece envuelto en una cierta nebulosa temporal y espacial, el ‘cierzo’ de la novela, evidenciada por la aparición de elementos anacrónicos como las pesetas. Se diría que, en realidad, el tiempo, o al menos su determinación precisa, no es un elemento esencial para su literatura.

-      Tienes razón, no lo es. No se mencionan fechas. Es verdad que se utilizan elementos que tú llamas anacrónicos, pero no tienen otro cometido que lo respondido a la pregunta anterior, ser verosímil. Las peripecias de Genaro, sobre todo las delictivas, serían insostenibles en el 2016. Era preciso que no hubiera móviles, una Guardia Civil de hace más de 20 años, y las alusiones a su juventud corresponden a un Madrid muy concreto. Curiosamente, has nombrado el “cierzo”. A mí me hubiera gustado que la novela se hubiera titulado “El cierzo”, pero no le gustaba a los editores. Ellos son maños, hay que comprenderlo.

 

-      Muchos de los nombres de la novela arrastran un poco disimulado regusto cántabro: el Hotel Bárcena, el cabo Urdiales, incluso parte de la trama está ambientada o conectada con la región. ¿Pesan la raíces?

-      Pesan. Pesa la infancia. Yo siempre mantengo, y que me perdone mi familia, que la infancia es la única oportunidad que tiene el ser humano de ser feliz. Si uno no es feliz en su infancia, no lo será jamás. Después, uno es relativamente feliz; la vida es cruel, no tenemos más que mirar a nuestro alrededor para ver desdicha. Otro asunto es la aspiración natural a ser felices, que está muy bien, y que, dicho sea de paso, yo domino. Esa intensidad de la infancia, que en mi caso fue una gozada, me sigue dando calor.

 

-      En la novela menciona uno de los placebos más hermosos e infantiles: el remedio contra las ortigas que consiste simplemente en contener la respiración mientras se toca. ¿Todavía queda lugar para la magia del pensamiento?

-      Claro que queda lugar, queda un espacio inmenso, inabarcable. Y no es una pose. Cuando escribo, de vez en cuando, tengo barruntos, como señales que llegan indefinidas, tenues. Hay frases, no necesariamente brillantes, que me sitúan en otro lugar, como si abolieran bruscamente todo lo que he escrito hasta ahora; algo parecido a una nueva mirada. Tengo la sensación de que soy un hombre nuevo, ante algo nuevo, me embarga la emoción de que voy a iniciar una singladura única.

Ver Post >
Élisabeth Gille narra a través un álter ego la búsqueda de la identidad tras el holocausto
img
Javier Menéndez Llamazares | 01-12-2015 | 11:14| 0

Venganzas privadas

 

Autora: Élisabeth Gille. Título: Un paisaje de cenizas". NOVELA. Nocturna Ediciones, 2015. 210 pág., 14,95 €.

Élisabeth Gille (París, 1937-1996) fue una destacada editora y traductora francesa, y dejó también tres libros, entre los que destaca este ‘Un paisaje entre cenizas’, cuyo éxito no pudo disfrutar por su prematuro fallecimiento. Una novela que le sirvió, seguramente, para exorcizar sus propios demonios, pues al menos durante la primera parte recrea episodios de su infancia, si bien a través de un personaje interpuesto, Léa Lévy: la hija de un matrimonio judío de origen ruso pero afincado en París consigue librarse de los arrestos nazis al refugiarla sus padres en un colegio católico. Es 1942 y Léa –igual que Élisabeth, hija de la escritora Iréne Némirovky– tiene cinco años, y sobrelleva como puede una pérdida que no cree más que transitoria. Para superar el trance, contará con la ayuda de otra niña, algo mayor, Bénédicte. En esos difíciles momentos, Léa comienza llevar una contabilidad emocional no del todo sana: su cuaderno secreto es todo un memorial de agravios. En él consigna cuidadosamente lo que le sucede, pero incidiendo en lo negativo; anota, sobre todo, las novatadas, desplantes y pequeñas agresiones que sufre por parte de compañeras de internado.

Al terminar la guerra, los padres de Bénédicte la acogerán, si bien el destino de sus padres será un tema que pretendan evitar a toda costa. Años después, ese afán justiciero no desaparecerá sino que se irá incrementando; de hecho, en sus nuevos cuadernos lo que anotará serán todos los encausados en los procesos por colaboracionismo durante la guerra, y hasta logrará asistir discretamente –fingiendo ser la hija de una conserje– a muchos de los juicios del tribunal militar de Burdeos, siempre esperando dar con los gendarmes que se llevaron a sus padres. Será en uno de esos procesos, precisamente a un grupo de colaboracionistas encargados de la levas de judíos y que saldrán en libertad por haber cumplido la prisión preventiva, cuando Léa estalle y monte un tremendo escándalo, exigiendo explicaciones a los supuestos verdugos de su familia.

No sabemos hasta qué punto llegan los trazos autobiográficos de Gille, pero el personaje de Léa dibuja a la perfección el ansia de justicia y la desazón de quien considera que no se puede pasar de puntillas sobre el exterminio de sus seres queridos, porque cada uno de los seis millones de judíos masacrados lo eran. Una reivindicación en la que cree que nadie la apoya, hasta que el descubrimiento del profesor Vladimir Jankélévitch venga a sacarla de esa absoluta soledad.

Entre tanto, las heridas del alma cicatrizarán mal: quien ha visto en los cafés elegantes carteles de ‘Prohibida la entrada a judíos y perros’ no puede ya sino refugiarse en una frialdad de espíritu que inquieta a quienes le rodean. Y la crisis de identidad será tal, que Léa incluso interpretará las tesis de Jean Paul Sartre –«Sólo se es judío a través de la mirada ajena, y perfectamente se puede decidir no serlo»–, para incluso considerarse como ‘no judía’.

Será más tarde, en su juventud en la universidad parisina, en un ambiente trufado de canciones censuradas de Brassens y Boris Vian, cuando pueda reencontrarse consigo misma, a través de la militancia revolucionaria y el apoyo a la subversión en Argelia.

Ver Post >
Sara Morante ilumina ‘Los diarios de Adán y Eva’, de Mark Twain
img
Javier Menéndez Llamazares | 25-11-2015 | 10:42| 0

La historia secreta del Edén

 

«Lunes.-  Esta nueva criatura de pelo largo es un verdadero estorbo. Siempre anda merodeando a mi alrededor y me sigue a todas partes. No me gusta nada, porque no estoy acostumbrado a la compañía. Ojalá se fuera a pasar el rato con los otros animales…». Así arranca ‘Los diarios de Adán y Eva’, una historia que casi seguro les suena: un hombre en el paraíso, una costilla perdida, el primer nosotros y, al fondo, un árbol de fruta prohibida que pasará de tentación a convertirse en condena. El Génesis también cuenta lo mismo, aunque su prosa resulta algo esquemática para los lectores contemporáneos. Claro que eso vino a solventarlo, hace ya más de un siglo, Mark Twain, aportando al relato bíblico la emoción y la subjetividad que le faltaban. Son los puntos de vista de Adán y de Eva, presentados en forma de dietarios, y que sirven para rellenar los enormes vacíos de la historia ‘oficial’; una intrahistoria cargada de ironía y mordacidad, pero que tras su apariencia amable y humorística esconde una importante carga de profundidad.

 

La segunda lectura

 

 

Claro que si hay una constante en la ficción norteamericana, sea narrativa o audiovisual, ésa es el casi obligatorio ‘happy end’; algo que, tal vez, incluso inventase Twain. Y el autor lo va preparando a conciencia durante la última parte de cada uno de los diarios; una construcción paulatina, que en los primeros compases se antojaría casi imposible, y que transcurre en paralelo a la asunción de la propia identidad y la aceptación del lugar en el mundo que cada uno de los personajes ocupa: «En un primer momento, no lograba saber para qué me habían creado, pero ahora intuyo que lo hicieron para que fuera descubriendo los secretos de este mundo maravilloso, para que fuera feliz y para que le diera las gracias al Dador por haberlo ideado», reflexiona Eva en un pasaje. Al final, como es norma en las comedias románticas que Hollywood lleva un siglo produciendo, será el amor el que se imponga.

Aunque, como todo en Mark Twain, detrás de la primera impresión siempre hay un trasfondo mucho más interesante; y es que, donde pudiera dar la impresión de que se ofrece una simple historia moralista, en la que la lucha de sexos sirve como excusa para el escapismo humorístico y finalmente es la divinidad la que sanciona y es acatada por los protagonistas, en realidad su mensaje trasciende lo establecido hasta llevarnos a una conclusión mucho menos convencional; y es que lo divino –‘El Dador’, como se renombra a Dios en la obra– va perdiendo preeminencia a medida que los personajes desarrollan su vida, y el amor entre ambos adquiere un sentido redentor, hasta el punto de dar por bueno su castigo, a cambio de haber encontrado un compañero y una compañera con la que compartir sus días; así, Adán acaba escribiendo este epitafio para la tumba de Eva: «Dondequiera que ella estuviera, allí se hallaba el Paraíso». Éste es, pues, el verdadero latido revolucionario de un Twain que sacraliza el amor y transfiere el protagonismo de lo divino a lo humano, subvirtiendo así el orden establecido de su época y, por qué no, anticipando un pensamiento mucho más actual.

 

Valor añadido

 

A buen seguro, Mark Twain nunca pasará de moda; y es que el tiempo parece sentar muy bien a su obra, que ya ha sido rescatada recientemente en otras ocasiones –Sexto Piso, por ejemplo, realizó el pasado año una edición deliciosa de sus demoledores ‘Consejos para niñas pequeñas’– pero que sin embargo presenta una complicación editorial no precisamente pequeña, y es que ya ha entrado en dominio público. Eso significa que no sólo no hay exclusividad en la oferta lectora, sino que incluso por internet están disponibles para que el lector se descargue de manera legal. no menos de veinte archivos con el texto en castellano –claro que hablar, en estos casos, de legalidad resulta más relativo que nunca, pues habitualmente no se menciona a los autores de las traducciones, cuyos derechos probablemente aún no hayan prescrito–.

Así, cuando un editor pretende apostar de nuevo por Mark Twain no puede confiar exclusivamente en las virtudes literarias del texto: tiene que aportar algo más. Para empezar, revisar la traducción, que se ha encargado a Gabriela Bustelo y ha resuelto con solvencia. Pero, además, en este caso el arma secreta de la editorial Impedimenta es la ilustradora y escritora cántabra Sara Morante. Y tan clara es la apuesta, que incluso en la portada –es decir, en la página 7, no hay que confundirla con la cubierta– aparecen como autores «Mark Twain & Sara Morante». Y no es para menos: hasta veinticinco ilustraciones a todo color aporta Morante para redondear este relato, y lo hace con su habitual maestría, con el color fulgurante apoyándose en el dibujo minucioso y delicado para rostros y detalles. Blanco y negro para los protagonistas y rojo y verde para la naturaleza, que se muestra exuberante e indómita, frente a los gestos expresivos en los rostros y ademanes.

Al igual que sus personajes en el relato, en la parte gráfica también un desarrollo narrativo, en el que lo natural va perdiendo importancia frente a lo humano, y en el que también los protagonistas se van humanizando, pasando de actitudes neutras o desafectadas a desembocar en una de las láminas más hermosas del libro, en las páginas 84 y 85, donde Eva reivindica su papel de compañera. Sara Morante elige completar la escena con un paisaje crepuscular, donde intuimos entre hojas multicolores los cuerpos entrelazados de ambos; la mirada de Adán, plasmada con total sencillez, consigue transmitir toda la intensidad del relato.

 

El buen paño

 

Como no podía ser menos, la presentación de la obra está también a la altura de las circunstancias; en tapa dura y sin sobrecubierta, la ausencia del hoy día omnipresente plastificado confiere al volumen un delicado aire retro mucho antes incluso de abrirlo. Pero no es sólo cuestión de tacto, sino que todos los detalles parecen cuidados al máximo para satisfacer a los buenos degustadores: las guardas ilustradas –obviamente, con las manzanas como motivo inexcusable, pero con una estética que, por cierto, recuerda poderosamente a las zarzas que aparecen en otras obras de Morante–; la portada de inspiración clásica a la que no le falta su grabado alusivo, con una manzana en la que se contiene el árbol del bien y del mal, o incluso la tipografía, de reminiscencias barrocas y combinando con el negro la tinta roja para títulos y epígrafes, todo contribuye a esa especial atmósfera y todo conspira para convertir a esta edición ilustrada en una pequeña joya, de esas que merecen varias relecturas, y quién sabe si no un atril donde dejarla expuesta por cualquiera de su láminas.

 

 

 

 

Ver Post >
Mario Camus en la distancia corta
img
Javier Menéndez Llamazares | 13-11-2015 | 13:51| 0

Memoria, mito y emoción llenan los doce nuevos relatos del cineasta

 

Título: Quedaron estas cosas. Autor: Mario Camus. RELATO BREVE. Ed. Valnera, 2015. 96 pág., 14 €.

La pericia de Mario Camus en la distancia corta estaba ya más que demostrada, especialmente tras la recopilación de ’29 relatos’ que realizara hace un lustro la editorial Valnera. Y en estos días, los mismos protagonistas reinciden con una nueva entrega de narrativa breve, en esta ocasión para celebrar los ochenta años del cineasta y escritor; lo hacen con un volumen breve –no alcanza las cien páginas–, pero tan intenso que al lector se le antoja más bien brevísimo, hasta el punto de quedarse con ganar de reclamar un buena ración más de lo mismo.

La novedad del libro es que toma la palabra el propio Camus, para hablar en primera persona de sus vivencias y del mundo que ha conocido. Pero que nadie se asuste, porque no se trata de ningún ejercicio de solipsismo; más bien al contrario, de lo que nos habla es de los demás, de aquellos que le han fascinado, sin necesidad de que se trate de grandes nombres, sino de pequeñas historias de aquellos que han estado más cerca de él, en diversos momentos de su vida. Historias que, frente a las ‘voces campanudas’ que rodean los grandes acontecimientos, son relatadas por Camus con de forma mucho más cálida y cercan, con la sencillez de quien parece estar hablándonos de viva voz. Así es este ‘Quedaron estas cosas’: un recuento de recuerdos y anécdotas que el autor comparte con nosotros como si entre ambos humease el café.

En el prólogo lo advierte el editor Jesús Herrán, quien confiesa que este libro nace de una sugerencia propia, tras cientos de conversaciones: «Mario, esto que me acabas de contar tienes que escribirlo».

Hay entre los relatos dos grandes bloques no señalados; por un lado, tres relatos de la infancia y primera juventud del autor en Cantabria, y por otro nueve cuentos donde sus vivencias relacionadas con el cine toman el protagonismo.

Tal vez esos primeros relatos condensen la verdadera fuerza expresiva de todo el libro; son capaces de retrotraernos a una época de sábados escolares, en el que se libraba los jueves por la tarde; a una época de pantalones cortos y sesiones continuas de cine, a un Santander que ya no existe pero que todavía podría rastrearse, de la Alameda Segunda a la Primera, de su escuela en Perines al portal de la casa familiar en Amós de Escalante. Un mundo de hombres de mar, de pescadores de bahía, de maganos y de grupos de amigos que cantan en la barra de los bares. Y de sorpresas; sorpresas históricas, como la que se desliza en el primer relato, ‘Un jueves por la tarde’: en Santander se acogió como refugiados a niños austríacos durante la II Guerra Mundial. Las heridas de la guerra sirven en el relato para unir dos mundos tan distantes en muchos sentidos. Quizá el más sentido de los cuentos sea ‘El hombre de hierro’, un auténtico canto a la admiración infantil, en el que Camus recuerda cómo un ex-boxeador amigo de su padre contaba sus aventuras por las ferias de la España de los cuarenta, y en especial su último y desgraciado combate. Poco a poco, desde la visión del niño, va construyendo también en nosotros la imagen del mito, hasta conseguir imbuir al lector de la misma emoción que él sintiera casi siete décadas atrás, en un mundo gris al que sólo la fabulación conseguía redimir. Toda una oda a la derrota que podría haber firmado el mejor Carver.

Sin embargo, si un personaje merece distinguirse, ése es Sandoval, un compañero de estudios empeñado en que la Renfe cumpla con su reglamento y, ya que la tercera clase está repleta, le permitan ocupar uno de segunda. Un espíritu verdaderamente revolucionario.

 

Ver Post >
Nueve cuentos sobre la adolescencia, por Gonzalo Calcedo
img
Javier Menéndez Llamazares | 12-11-2015 | 13:52| 0

Deseo de ser inglesa

 

Título: Las inglesas. Autor: Gonzalo Calcedo. RELATO BREVE. Ed. Menoscuarto, 2015. 187 pág., 16,90 €.

Castigados por su audacia al pretender rebelarse contra la sociedad; así terminan los personajes de Gonzalo Calcedo en su última entrega narrativa, ‘Las inglesas’, publicado por su editorial de los últimos años, la palentina Menoscuarto, una de las grandes referencias nacionales del relato breve.

Como si la cifra encubriera una velada referencia al maestro Salinger, nueve son los cuentos que reúne el autor cántabro en un volumen de sólida unidad temática: en todos los relatos nos hablan adolescentes. En primera persona. Sueños, esperanzas, incomprensión, soledad, amistad y escarceos amorosos llenan las páginas de cada relato, sí, pero también una intensa búsqueda de identidad y de un lugar en un mundo no siempre cálido y confortable.

Sin moverse un ápice de su estilo habitual, ese que según sus incondicionales le corona desde una década como principal cuentista español, Calcedo muestra todo su repertorio de recursos narrativos con habilidad de prestidigitador; lo mismo juega a tradicional en historias con planteamiento y nudo, pero posterga el desenlace para un momento posterior a la lectura, dejando en pañales ese ‘trasmedia’ que hace años nos quieren vender desde el márquetin editorial, y lo hace a la manera de los más grandes autores: convirtiendo el desenlace en un fenómeno cognitivo, privado e intransferible, algo que sólo ocurre en la mente de cada lector. Un ejemplo perfecto sería ‘Lo que tuvimos’, la intrahistoria de una ruina familiar vivida por una adolescente que pocas semanas pasa de tenerlo todo a la miseria total –memorable, por cierto, resulta el pasaje en el que su vecino, también arruinado, sólo puede conducir su carísimo coche marcha atrás, porque el cambio se ha averiado y no tiene dinero para la reparación–; el relato, que sí define nítidamente el momento del cambio y el paulatino proceso de depauperación, y que además describe de manera impagable cómo la inicial prepotencia de ‘niña pija’ de la narradora va desapareciendo, devorada por una realidad innegable, concluye sin embargo de manera abrupta, casi diríamos que prematura, dejando a la protagonista y narradora en medio de una tarea sin importancia, un recado aún por llevar a cabo. En apariencia, se trata de un final arbitrario, el autor nos hurta parte de la historia; sin embargo, no se trata de dejar a los personajes suspendidos en el tiempo, ni mucho menos; en apenas treinta páginas, Calcedo ha logrado dotar de tal vida a su creación, que esta continúa por sí sola. No se trata de un final a la carta, sino de que, en realidad, ya todo está dicho. Poco importa si mejora o no su fortuna; lo que quería transmitirnos ya ha pasado al lector.

Especial atención merecen otros dos relatos: en ‘3.000 metros obstáculos’ un joven corredor desvela que no es pasión deportiva lo que motiva sus carreras en solitario después del entrenamiento, sino el simple afán de ocultar su vergüenza por una madre alcohólica que suele olvidarse de recogerle. ‘Las inglesas’, que da título al libro, resulta novedoso dentro de la producción de Calcedo; podría ambientarse en la España del final del franquismo, y en él una joven y su amiga, impresionadas por la libertad que emanan un grupo de turistas, deciden imitarlas y emprender su propia revolución personal, que apenas consiste en acortar sus ropas y quitarse los zapatos. Una pequeña rebeldía que tendrá, sin embargo nefastas consecuencias.

 

 

Ver Post >
La desbordante pasión musical de Juanjo Sáez
img
Javier Menéndez Llamazares | 10-11-2015 | 21:01| 0

De los casetes al spotify

Autor: Juanjo Sáez. Título: Hit emocional. NOVELA GRÁFICA. Ed. Sexto Piso, 2015. 302 pág., 22 €.

Sólo el entusiasmo puede convertir un bote de dixan y dos rotuladores en una batería, y si le sumamos a otro amigo con una guitarra de tamaño cadete y cantando en inglés inventado, ya tenemos toda la magia del rock, esa misma que puede contenerse en una cinta de casete con los títulos de las canciones escritos a mano por una amiga. Esa vivencia, que podría ser generacional –cuántos grupos de los ochenta nunca salieron de una habitación de adolescente–, cobra cuerpo en ‘Hit emocional’, la última entrega de Juajo Sáez (Barcelona, 1972), un híbrido entre historieta gráfica y autobiografía, entre crónica de la cultura popular y relato de su propia educación estética.

En sus casi trescientas páginas, manuscritas y dibujadas, el artista da rienda suelta a su mayor pasión declarada: la música –«Siempre digo que lo que más me gusta en la vida es la música, más que los cómics… más que comer». Como explica en el prólogo, el libro nace de una propuesta a la revista Rock de Lux para publicar una página mensual en la que se abordase una canción pero desde el plano de los pensamientos e ideas que provoca en el artista; una visión, por tanto, subjetiva y emocional. La propuesta, por cierto, llegó a buen término, y buena parte de las páginas publicadas en la revista bajo ese mismo título genérico, ‘Hit emocional’, se recogen en este libro que, inicialmente, debería haber sido tan sólo una recopilación. Sáez, sin embargo, no pudo reprimir la necesidad de ir más allá, y acabó dibujando –y escribiendo– muchísimo más, para dar cabida a sus vivencias y sobre todo a las personas que asocia a su devoción por la música. Un trabajo ímprobo, a juzgar por lo que confiesa el autor: «Me ha costado un huevo hacerlo».

Sin orden de importancia ni calidad musical, la idea es elaborar su propia lista emocional –«la lista definitiva para los que piensan que la música es mucho más que un ranking»–. Arranca con ‘Monkey gone to heaven’, de los Pixies –grupo con el que arranca su verdadero interés por la música–, y concluye con ‘Everything in its right place’, de Radio Head, un grupo que relaciona con su madre y los momentos finales de su vida, y que le sirve para regalarnos un hermosa reflexión: «A mi madre sólo le gustaba la música por los recuerdos que le traía. Creo que a mucha gente le pasa, por eso no escuchan música nueva cuando son mayores».

El libro es, cómo no, un viaje, plagado de grandes compañeros, que parte de las influencias familiares, el rock que le gustaba a su padre, y los años escolares, pasando por el heavy, el pueblo de su adolescencia, sus amigos de la época, el descubrimiento del indie y, a la vez, de Barcelona como metrópoli, el paso por la música electrónica para desembocar en un presente ecléctico y en una sempiterna nostalgia

 

No faltan, claro está, los guiños humorísticos y hasta autocríticos, como la lámina titulada ‘El cementerio’, una nutrida colección de discos en distintos formatos, del LP y el single de vinilo al compact-disc: «La música, gracias a la tecnología, vuelve a ser algo inmaterial. En el fondo es muy absurdo acumular copias en casa».

Ver Post >
El tiempo de los secretos
img
Javier Menéndez Llamazares | 18-05-2015 | 10:55| 0

La realidad tras las apariencias vertebra ‘La vida de las paredes’, el sorprendente debut narrativo de la ilustradora Sara Morante

 

 

Un simple agujero en un pared puede hacer muy feliz a un hombre; o eso sintió Fernando Ruballo al descubrir que el tabique de su paragüería aún sin inaugurar daba exactamente al cambiador de la boutique contigua. Claro que la felicidad no es algo que se atisbe detrás de un orificio, precisamente, aunque algo parecido sucede en ‘La vida de las paredes’, la obra con la que se estrena como novelista la ilustradora Sara Morante.

Paredes como división y como nexo de unión, como símbolo de lo que se comparte y de lo que separa a unos y a otros, la autora parte de unas coordenadas minuciosamente imprecisas –el número dieciséis de la calle Argumosa, en no se sabe qué ciudad, y en algún momento del siglo pasado– para presentarnos más que a un edificio, a sus moradores, cuidadosamente estratificados según su estatus social: en la planta noble la propietaria, Berta Noriega, rentista que ha heredado el edificio y que ejerce el mecenazgo musical, a la manera de los ‘salones’ de las grandes damas parisinas, pero que en realidad es una tapadera para sus escarceos lésbicos. En el segundo viven los López-Valero, empresarios con ensoñaciones pequeño-burguesas y desdén hacia los que consideran inferiores. En el tercero, el paragüero Ruballo en una mano, y María la costurera en otra. Uno quiere dejar de ser viajante y abre un pequeño comercio. La otra sólo quiere comer, y su lucha diaria por la supervivencia la arrastra a todo tipo de infiernos. En la base del edificio, y de la pirámide social, están los porteros, Carmen y Emilio. Auténticos desheredados, no es de lo material de lo que carecen, sino que la prematura muerte de su hijo les ha privado de lo fundamental: la alegría, y la cordura, respectivamente.

Fuera de todo orden, en la buhardilla, habitan los desclasados: el artista y su Musa. Ni siquiera tienen nombre. Podrían ser el amor y la indiferencia, o la frustración y el talento.

Con estos mimbres arma Morante una historia coral, una suerte de friso vívido en el que vamos a acompañar a los personajes durante apenas unos días, que servirán de metáfora del mundo en un recorrido que mostrará que nada es lo que parece, y que bajo la más convencional de las apariencias laten mil pasiones contradictorias, en cuyas confluencias puede prender la tragedia en cualquier momento.

 

La vida secreta

 

Todos los habitantes de Argumosa, 16 tienen algo que callar. Parte de su pasado, sus oscuras intenciones o sus deseos inconfesables. Incluso los más inocentes, como Carmen, la portera, guardan los secretos de los demás. La propietaria oculta sus relaciones de pareja. La mujer del empresario oculta su tedio matrimonial tras una capa de arrogancia. Su marido oculta a su antiguo amor. El hijo de ambos oculta fotografías de mujeres desnudas. El paragüero espía a su vecina por un agujero en la pared. Su vecina oculta un embarazo no deseado. Tan sólo los artistas no se preocupan por esconder nada: él la abandona por una copia más joven de ella misma, la Musa derrama su dolor sin tapujos. Tampoco el portero puede ocultar su locura, convencido de que las gárgolas del tejado tienen vida y se dedican a hacer el mal descontroladamente.

 

Claro que los secretos son difíciles de guardar. Las paredes no son precisamente de papel, pero aún así todo termina aflorando a la superficie. Porque la costurera podrá ocultar que el hambre la empuja a las mayores bajezas, pero en este caso, como en el dicho popular, «las paredes tienen ojos». En concreto, los del vecino.

 

Dos mujeres

 

Pese al carácter coral, enseguida dos personajes cobrarán protagonismo en el relato; son los dos más trágicos, tal vez el punto más débil no sólo en ese microcosmos sino en toda realidad. Las dos son mujeres, y ambas caen en la indefensión; una, porque está sumida en la pobreza. La otra, porque está impedida. Se diría que en estas dos tragedias resume y ejemplariza Morante todos los males del mundo. Males que llegan en forma de desgracia, de hambre, de desamor, de abandono. Males de los que no son responsables sus víctimas, o al menos no totalmente. Las dos reaccionan de forma distinta ante la adversidad, pero para ambas es inevitable el sufrimiento.

María, la costurera, es una joven activa a la vence la pobreza, pero que no renuncia a la curiosidad. De su mano, descubrimos una de las más hermosas tramas de la novela, la que realmente dota de vida a las paredes: en la casa burguesa, las fotografías se mueven. O, más exactamente, las imágenes dentro de las fotografía. Separados por un matrimonio de conveniencia, Adela decide casarse con el cuñado de Roberto. Sus fotografías, colgadas en la pared, acaban por cobrar vida propia, y ambos conseguirán sobre el papel fotográfico lo que les fue denegado en el mundo real. Claro que para María las ensoñaciones románticas se terminan cuando aprieta la necesidad, y estará cerca de perder la vida cuando su embarazo se malogre. De todo será testigo su vecino Ruballo, quien sólo en el último instante abandonará su actitud contemplativa, pero no para ayudarla, sino para alertar a alguien que la auxilie.

Para quien no habrá ayuda posible será para la Musa; antigua equilibrista circense, su enamoramiento del pintor no sería bien encajado por su marido, el forzudo del circo, que cortaría su alambre durante el espectáculo, acabando con su carrera para siempre. Cuando también el amor del artista se apague –los artistas sólo se aman a sí mismos, defienden algunos–, quedará en entredicho su propio sentido en el mundo; no en vano, hasta su identidad se conforma no por sí misma, sino orbitando alrededor del artista; ella es, simplemente, su Musa.

 

Un recorrido cromático

 

Refugiada en un estilo cuidado y engañosamente imparcial, Sara Morante ha logrado una novela consistente y seductora, que transita delicadamente de lo descriptivo a lo emocional, y que consigue retratar un ramillete de personajes universales que encarnan muchos de los vicios y virtudes del mundo moderno. Como si de una actualización de las novelas jamesianas se tratara, esta lectura verdaderamente deliciosa se complementa con las personalísimas y siempre eficaces ilustraciones de la autora, que explota al máximo sus recursos expresivos en una treintena de estampas que tienen también su propia evolución gráfica: de los tonos pastel, propios del papel pintado, avanza a escenas más ténebres, más radicales, en las que los colores primarios van ganando terreno, en especial sus inseparables rojo y negro.

Ver Post >
Nocturna ediciones rescata la ópera prima de Daniel Kehlmann
img
Javier Menéndez Llamazares | 18-05-2015 | 10:50| 0

Trucos de manos

 

Título: La noche del ilusionista. Autor: Daniel Kehlmann. NOVELA. Ed. Nocturna, 2015. 186 pág., 14,50 €.

‘Pressereif’ es un concepto alemán cuya traducción no es muy compleja en el plano lingüístico –‘maduro para la imprenta’, vendría a significar–, pero sí en el cultural. Y es que el término, más que a una obra lista para ser bendecida por el invento de Gutenberg, suele aplicarse a un autor, cuando se considera que ya ha conseguido una prosa merecedora de verse en letras de molde.

Daniel Kehlmann (Munich, 1975) alcanzó ese oficioso estatus tal vez algo precipitadamente, cuando con apenas veintidós años publicó su primera novela, ‘La noche del ilusionista’, en 1997. Aún habría de pasar una década hasta que llegase su gran éxito de ventas, ‘La medición del mundo’, pero su ópera prima ya consiguió una recepción amable por parte de la crítica, incluyendo reseñas en diarios tan prestigiosos como el Frankfurter Allgemeine, si bien no tanta fortuna comercial. Anticipa, eso sí, algunas claves de su obra posterior.

En la novela, nos habla directamente el ilusionista Arthur Beerholm. Lo hace desde algún momento indeterminado de la segunda mitad del siglo XX –aunque la cronología aquí no resulta muy trascendente, pues el tiempo resulta más bien nebuloso–, también desde lo alto de una torre de televisión –la geografía tampoco importa demasiado; en lugar de topónimos concretos se habla más de ‘la ciudad’–. El mago, retirado en la cúspide de su éxito, escribe compulsivamente sobre su propia vida, comenzando por su infancia, su familia adoptiva y la pérdida traumática de la figura materna. Tras un comienzo algo farragoso –pesa la tradición germánica, en la que la reflexión prevalece sobre la narración–, y el obligado repaso a la infancia y etapa escolar, el relato va ganando cuerpo y centrándose en la compleja personalidad de Beerholm, un niño bien carente de afecto e indiferente ante cualquier emoción, que ve el mundo con los ojos del científico. Tan sólo la prestidigitación consigue superar a su juvenil afición por las matemáticas, truncada tras una mala experiencia sobre el escenario. La pirueta argumental llegará cuando el protagonista se empeñe en estudiar teología y tomar los hábitos menores, siendo evidente su descreimiento. Pero tras asistir a una representación del magistral Van Rode, que hace bailar los objetos y llena las tazas de café, Beerholm se empeñará en convertirse en ilusionista, hasta el punto de llegar al convencimiento de que realiza verdadera magia.

Con tintes oníricos, episodios febriles y estructura circular, Kehlmann construye un relato apasionante, paradójicamente, con un personaje que casi podría padecer el síndrome de Asperger. Pese al ritmo en ocasiones lento que propician las constantes reflexiones, el relato más que leerse se devora, en pos de un final que el autor va preparando cuidadosamente, haciendo que la frustración crezca como una larva dentro del éxito.

A pesar de la muy meritoria labor de Helena Cosano con la versión en castellano –por cierto, que la importante tarea del traductor cada vez recibe más reconocimiento, en concreto apareciendo en la portada del libro–, el inevitable ‘lost in traslation’ escatima mordiente al título de la novela; el original alemán es ‘Beerholm Vorstellung’, que juega con la polisemia de ‘vorstellung’, que lo mismo puede ser ‘espectáculo’, ‘concepto’ o ‘imaginación’. Curiosamente, todos las acepciones del término encajarían, pues lo que el ilusionista nos ofrece, más que una representación, pretende que se una concepción del mundo; una concepción que trasciende lógicamente el realismo, y que a menudo se funde en el relato con lo imaginado por el narrador.

Ver Post >
Martín Abrisketa explora el lado humano de la tragedia en ‘La lengua de los secretos’
img
Javier Menéndez Llamazares | 11-05-2015 | 12:40| 0

La emoción frente a la ortodoxia

 

Título: La lengua de los secretos. Autor: Martín Abrisketa. NOVELA. Roca Editorial, 2015. 528 pág., 19,90 €.

En la lengua de los secretos, el vasco, existen más de cien formas de decir mariposa, nos desvela esta novela. Claro que Martín Abrisketa (Bilbao, 1967) no nos va a ofrecer un tratado filológico, sino un pedazo de su propia memoria familiar, a través de la peripecia de su padre, Martinxo, y su tía Matilde, dos niños que sobrevivirán a la guerra y el exilio gracias al poder de la imaginación.

Sorprendentemente, estamos ante una novela dentro de una novela, que a su vez es un libro de cuentos. Y es que se se trata del relato de un escritor y su propia lucha, su viaje a los avernos interiores de la memoria y las relaciones paternas; el escritor escribe su obra, que resulta ser una novelización de la realidad: la historia de su padre y su tía, dos niños de la guerra. Claro que, más que la gran historia, lo que nos refiere es el relato que el propio niño va componiendo durante el transcurso de los hechos, y que posteriormente se consolidarán como un relato oral que transmitir en familia, en el que lo imaginado tiene tanto peso como lo vivido, y la ficción adquiere carta de naturaleza en la reconstrucción de la propia biografía. Es decir, que Martín Abrisketa narra la historia de Martín Abrisqueta Mendívil, pero lo hace además desde una triple perspectiva: histórica, retrospectiva y fabulada. Una auténtica pirueta literaria en la que tal vez resida el verdadero valor de una novela a la que, con sus luces y sus sombras, no le faltan valores absolutamente deslumbrantes.

Y es que quienes se han enfrentado al reto de novelar su propia historia familiar saben que la verdadera dificultad está en la toma de decisiones. Primero, hay que elegir entre buscar la veracidad y quedarse con la leyenda. Porque, casi siempre, el atractivo de estos relatos radica en todo lo que se ha añadido a posteriori, en la forma en que se adorna, que cuenta mucho más que la propia realidad –infinitamente más prosaica, por lo general. Después, hay que optar por el punto de vista, que nos puede conducir a hacer más metaliteratura que literatura, por mucho que hoy se le llame ‘autoficción’. Finalmente, se decide el tono, en una gradación que puede oscilar entre la hagiografía y el ajuste de cuentas.

Quizás ‘La lengua de los secretos’ se acerque más al ‘relato real’ que propone Javier Cercas, porque si bien el autor no pretende en ningún momento ocultar tanto su predilección por los hechos fantasiosos, ni tampoco las deudas pendientes en la relación con su padre, el respeto a los hechos históricos, apoyado en una documentación sólida, propicia un más que grato equilibrio entre ficción y memoria, que acentúa el carácter novelesco de la obra.

Más ingrata resulta cierta aplicación de la técnica del escritor, nada ortodoxo en la puntuación y las acotaciones de los diálogos, así como cierta tendencia a explotar el trasfondo emocional de personajes y situaciones. En cualquier caso, se trata de veniales pecados de neófito, que en absoluto entorpecen el disfrute de una obra conmovedora y brillante, que trasciende los debates de la memoria histórica para convertir su relato nada más y nada menos que en pura literatura.

Ver Post >
Marta San Miguel apuesta por la reflexión honesta en su segunda entrega poética, ‘El tiempo vertical’
img
Javier Menéndez Llamazares | 01-05-2015 | 10:22| 0

Morder el anzuelo

Título: El tiempo vertical. Autora: Marta San Miguel. POESÍA. Col. A la sombra de los días, nº 1, 2015. 61 pág., 5 €.

Algo tiene de hipnótico la poesía de Marta San Miguel (Santander, 1981), que consigue cautivar al lector de forma casi imperceptible, como si con sus palabras fuera tejiendo una red invisible que conduce, de forma inexorable, a la conclusión de cada uno de sus textos, y a través de todos ellos a hilvanar un friso, consistente pero vívido, de su propia existencia.

Lo que la poeta propone lo deja bien a las claras desde el propio título: pese a apelar constantemente a la lentitud, a la calma y casi a la contemplación, consciente de la trepidante fugacidad del tiempo, lo que nos regala un fragmento, una suerte de rayo, de corte transversal que sirve de cala vital, de retrato sincrónico de un momento concreto. Un pedazo de ‘tarta’ en el que sus diferentes capas dejan entrever una existencia caleidoscópica, en la que desde el plano íntimo y el familiar se trasciende, se abre a los demás y al mundo, a través de la reflexión y, sobre todo, de la observación y la memoria.

Con habilidad inusitada, y tras un delicado y original preámbulo musical –casi se diría que fuera la banda sonora de la obra–, abre la autora su libro con un poema sin título y en letra cursiva, como restándose importancia, en el que anticipa las claves del poemario: lo inevitable frente a la suerte, la lentitud frente a la fugacidad, y la honestidad como llave maestra. Lo cierra de nuevo en itálicas, como hablando al oído del lector, para ensayar su visión personal del ‘tempus fugit’. Entre medias, la mirada toma el protagonismo con cuatro bloques autoexplicativos: ‘Verse, vernos’, ‘Ver en ti’, ‘Ver el fondo’ y ‘Ver adentro’, es su viaje de lo particular a lo universal, para terminar en una búsqueda esencial.

El poemario está, además, salpicado de hallazgos de rara belleza, como el «cálculo caníbal» del mordedor de uñas, el arte de «partir en dos la luz para que la vida suceda» o la «memoria de la maleza», una imagen absolutamente sugerente que, por fortuna, no tiene reflejo en una obra, la de San Miguel, depurada en lo estético, que huye de alardes y alharacas y que concentra su fuerza expresiva en el propio lenguaje, que moldea desde una aparente sencillez hasta lograr transmitir sus cuidadosamente estudiadas cargas de profundidad. Nos habla de la nostalgia, el anhelo, la memoria, la infancia; pero también de la banalidad, de la rutina, del compromiso o de la ingenuidad, en un repaso casi catalográfico de la contemporaneidad más rabiosa.

Aparte del texto, llama la atención de este libro su concepción editorial, con un diseño añejo que parece conducir al ojeador a un extraño viaje en el tiempo, en concreto a los años setenta, con su tipografía de palo seco y su portada a dos tintas, imperativos de las carísimas imprentas de entonces, que roba además protagonismo la bella ilustración de cubierta de Martínez Cano. Casi se diría que la colección opta por un aspecto previo a la era de mac y la preimpresión digital, en contraste con un interior en garamond, más en la estética del cambio de siglo, que tal vez no resalte como merece un poemario valioso como es este ‘El tiempo vertical’.

Ver Post >
Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.

Otros Blogs de Autor