El Diario Montañes

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«El periodismo es el segundo oficio más viejo del mundo»
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Javier Menéndez Llamazares | 26-04-2016 | 23:48| 0

Conversación con Miqui Otero, que hoy presenta su novela ‘Rayos’ en la Feria del Libro

 

 

A Miqui Otero (Barcelona, 1980) le gusta salir con cara de duro en las fotos, pero el lector enseguida capta que su fuerte es la visión irónica y una narración en apariencia directa y sencilla que en realidad oculta su mirada crítica sobre la sociedad. Firma habitual de la prensa escrita, enseña periodismo y literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Tras despuntar con ‘Hilo Musical’ (premio FNAC en 2010) y ‘La cápsula del tiempo’, un auténtico bestseller de la edición independiente, Blackie Books presenta su último libro, ‘Rayos’, sobre el que asegura la crítica –y también su editor– que se trata de su novela más íntima, aunque en realidad es el retrato de un barrio y de toda una época, la feliz España de antes de la crisis económica. Hoy miércoles la presentará en la Feria del Libro, en la Plaza Porticada de Santander, a partir de las 19:30 h.

–Pero, ¿qué rayos pasa en su novela? Y no nos diga que «es complicado» (la frase que más detesta uno de los personajes, Bárbara).

RAYOS. Autor: Miqui Otero. NOVELA. Ed. Blackie Books, 2016. 328 pág., 21 €.

–¡Es que es complicado! No es la típica novela que se explique con un gancho de una frase. Hablo de Fidel Centella, un postadolescente de Barcelona que, unos años antes de que empiece la crisis, se marcha de casa. Y en paralelo narro la llegada de sus padres desde Galicia, unos años antes. Así que hay muchos ritos de iniciación, pero también se descubre muchas corrupciones, tanto en el barrio como en el propio piso en el que vive.

–Ha llovido mucho desde ese inicio de la crisis; ¿es por eso que, como ha declarado últimamente, ya no haya ropa tendida en Barcelona?

–Qué va; en la Barcelona de 2007 tampoco se podía ya, pero en el barrio de mi novela, El Raval, la gente lo sigue haciendo a pesar de la prohibición, por una simple cuestión de espacio: lo pisos son tan pequeños que no hay otro sitio donde tenderla. Eso mismo se cuenta en la novela: hay un discurso oficial que dice que las cosas tienen que ser de una determinada manera, pero después no siempre coincide con la realidad, y la gente al final hace lo que buenamente puede.

–¿Cómo es su relación con el barrio del Raval, en el que se ambienta ‘Rayos’? ¿Sigue siendo el famoso barrio chino de Barcelona?

–Pues he vivido nueve años allí y leía en las pancartas que colgaban los vecinos: «Esto no es un escenario, esto es un barrio»; tradicionalmente era un barrio obrero, que luego con la inmigración interior pasó a ser una zona marginal, con delincuencia y prostitución. Con la reforma preolímpica y su espíritu cosmopolita se intentó vender como el barrio multicultural, pero se produjo un fenómeno extraño, porque ahora allí conviven el ocio nocturno y los jóvenes con los habitantes de siempre, que no se han ido. Así que es una especie de suburbio en pleno centro de Barcelona, que además se llena de turistas. Y de esa mezcla extrañísima surge un material literario que es muy interesante; aunque para los que padecen esa realidad no lo sean tanto, claro.

–El protagonista de ‘Rayos’, Fidel, es periodista. ¿No estaba este oficio tan viejo ya en crisis mucho antes de la crisis?

–El periodismo tal vez sea el penúltimo oficio más viejo del mundo, con bastantes conexiones con el último, aunque no tendría que ser así. Fidel a esa generación que todavía llegó a vivir el ambiente de una redacción, aunque ya comenzaban los problemas de viabilidad. Trabaja en un diario que se llama ‘La Verdad’, como si verdad sólo hubiera una; allí conocerá gran cantidad de historias y leyendas urbanas que no siempre se pueden contar en un periódico, pero si a través de la literatura, que descubrirá como su verdadera vocación.

–En la novela sobrevuela el tópico de que «nunca pasa nada… hasta que pasa». ¿Así era la España de entonces?

–No es que fuera mi intención inicial, pero creo que en ‘Rayos’ explico todo lo que pasaba cuando la gente pensaba que no pasaba nada. O al menos, que no pasaba nada malo. Cuando vivíamos en una euforia absoluta y, pese a que un montón de síntomas indicaban que algo iba a ir muy mal, la gente giraba la cabeza y prefería no mirar. En El Raval esos síntomas se manifestaban de forma bastante violenta: el ‘mobbing’ a las rentas antiguas o la gentrificación en el barrio han sido males que acabaron atacando al resto de la ciudad y del país.

–Además de humor, la novela está llena de referencias y guiños culturales, de los hermanos Marx a la cultura más popular, del cómic a Olé Olé…

–Para mí la novela es como un puchero que se nutre de alimentos delicados, pero también de otros ingredientes que también le dan sabor. Y la cultura popular es en realidad la cultura de los hechos encontrados y compartidos, y hay muchas cosas que sólo se pueden explicar a través de ella. No puedes hacer una novela sólo con materiales nobles y referentes estupendos, si quieres que en realidad hable de muchos personajes y ambientes diferentes. No me interesa retratar una única capa social, porque tampoco es la narrativa que me gusta leer.

–¿Y cuál es la narrativa que le gusta leer a Miqui Otero?

–Soy un lector omnívoro y hasta un poco contradictorio; supongo que tiene que ver con que la mayoría de mis libros los he comprado en el mercado de Sant Antoni, que no es tan ordenado como una librería. Así me gusta la literatura que busca un distanciamiento cómico, pero también la otra generación del 27 española, la de Jardiel Poncela. La tradición descriptiva de Barcelona, con las novelas de Marsé o Casavella también me interesa mucho. Pero es que también me gustan los frescos tipo Balzac o Stendhal, aunque mi narrativa no se les parezca en nada. Hasta los folletines me llaman la atención.

–En el libro se plantea un problema que trasciende el cálculo matemático: «Si Fidel sale de Barcelona a las cuatro de la tarde y un tren sale de Valladolid a las cinco, ¿cuándo se encontrarán? Nunca». ¿Tan distantes están esos dos mundos?

–En realidad, es sólo un chiste que le hacen al protagonista sobre su falta de orientación. Pero si se quiere buscar una interpretación metafórica, yo diría que más que un choque hay un diálogo entre el origen gallego del personaje y su realidad en la cultura de Barcelona. Yo también comparto ese origen, y en mis veranos en la aldea gallega de mis abuelos encontraba un mundo completamente distinto al de la ciudad, en el que se apañaban patatas y se sacrificaban cerdos, y se contaban historias de indianos que iban y venían de La Habana. Referirme a este salto sideral que se produjo entre generaciones es mi manera de rendir homenaje a la de mis padres, porque ya está bien de intentar acabar con ellos en tanta novela freak.

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Páginas de fuego
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Javier Menéndez Llamazares | 26-02-2016 | 13:41| 0

Visiones del incendio de Santander en la literatura cántabra

'El paraíso de los niños', la juguetería de Polibio

El paraíso de los niños es un libro de Enrique Vázquez publicado en los años cincuenta, pero mucho antes –antes del gran incendio– había sido una juguetería cuyo nombre no podría resultar más prometedor. Como el resto de la calle de La Blanca desapareció en 1941, consumida por el fuego, pero el dueño quiso conservar su memoria con este volumen de poemas publicado bajo el pseudónimo de Polibio, que mereció en su época una elogiosa crítica en ABC:

«Se quemó ‘El paraíso de los niños’
plural, multicolor juguetería.
¡Perdiste, oh Santander, tu epifanía!
¡Tú, calle de la Blanca, tus armiños!».

El incendio no sólo se llevó buena parte del patrimonio material, cultural y hasta sentimental del Santander antiguo –entre otras pérdidas, hay que contar con el archivo y la biblioteca personal de Manuel Llano, que se custodiaba desde que su muerte en 1938 en la que fuera su casa, pasto de las llamas–, sino que también dejó sus huellas, a manera casi de cicatrices, en la literatura cántabra posterior. Tanta fue su influencia, que Ricardo Gullón, recién llegado a la ciudad, rememoría en El Santander de mi tiempo, publicado en 1990, que «era una ciudad que el incendio había asolado, en gran parte, dejando a treinta y tantas mil personas sin albergue [...]. Era la posguerra, la inmediata posguerra, y toda España estaba pasando por circunstancias sumamente difíciles».

Ricardo Gullón y Manuel Arce

Testigo directo, y además damnificado por la pérdida del negocio familiar, fue un joven Manuel Arce. En Papeles de una vida recobrada refiere, con irónica resignación, los despropósitos del momento, que además de los problemas para poder cobrar el seguro alcanzaron también al reparto de la ayuda solidaria enviada desde el resto de España: dos mantas y un saco de legumbres sería todo lo que su familia recibiría del auxilio prometido. Una década más tarde, a la hora de dar nombre a su galería de arte y librería, todavía el incendio estaría muy presente: «El empeño me llevó hasta el pasado. Hasta el gran incendio de 41: aquellas tres noches, en las que veíamos aterrados cómo el viento Sur se llevaba las vigas de las casas de un tejado a otro. Aquel Sur que dio un quiebro a mi destino. Ésta era la pregunta que tenía para Teresa: ‘Dime si te gusta o no te gusta este nombre: El Sur’. ‘Me gusta’».

Ángel de la Hoz

También nos habla en primera persona Ángel de la Hoz, quien en sus memorias publicadas por Valnera relata: «Una inmensa fogata que surgía hacia el cielo detrás de la Catedral me deslumbró (…). Tuve un momento de asombro ante el terrible espectáculo, seguido de una especie de morbosa atracción, que me empujó a seguir andando en su dirección».

Con las ruinas todavía prácticamente humeando, el hoy olvidado –pero en aquel momento importante– novelista  Cecilio Benítez de Castro noveló también el incendio. Una sombra en la ventana , cuarta novela del santanderino, apareció en 1943, y un año más tarde sería llevada al cine con el mismo título por Ignacio Farrés Iquino.

El incendio tiene una presencia constante en la mentalidad colectiva de la ciudad, lo que se refleja también en la literatura. Jesús Aguirre, en Las horas situadas, pone en boca de Julio Maruri una ingeniosa sentencia: «En Santander nunca pasa nada, y cuando pasa, toda la ciudad se abrasa». Mario Camus, en Veintinueve cuentos, relata: «Mi padre trabaja en Santander y viene los domingos. Intenta levantar de nuevo su taller y la sastrería que se quemó en febrero de este mismo año».

Un joven Julio Maruri (1949)

La casa natal de Gerardo Diego también desapareció entre las llamas; el poeta le dedicaría su ‘Elegía de Atarazanas’:

«El fuego ¿también puede
devorar la ilusión, lo que no cede?
A ese alado ladrón ¿no hay quien le ladre?
Nada es ya todo. Viva está mi casa».

Joaquín Leguina rememora el incendio en el relato ‘El fuego’, uno de los cuentos incluidos en su debut narrativo, Historias de la calle Cádiz. Precisamente sería en el número 20 de esa calle donde se iniciaría el fuego. «No me culpes del viento, Pilar», bromea el protagonista, ajeno a su destino trágico. Y es que se narra el encuentro entre un excombatiente republicano que regresa clandestinamente a su ciudad y su antigua novia, ahora casada con un amigo común. El fuego les sorprenderá durante el sueño, del que «no despertaron nunca». Se cierra el relato con una noticia del diario ABC, fechada el 18 de febrero de 1941.

El escritor murciano Antonio Martínez Cerezo ambientó su novela Con el fantasma de un loco en el Santander del incendio. «¡Arde, arde Santander!», grita Terio, el protagonista, mientras recuerda a Nerón tocando su lira frente una Roma en llamas. Treinta años más tarde, aquel suceso aún le perturba, y no puede quitarse de la cabeza su propia imagen sufriendo un incomprensible ataque de risa, que las pescaderas trataban de cortarle a base de bofetadas «con olor a pez y a mar».

La novela está salpicada de detalles de la época, como la mención a la estatua de Pedro Velarde en la plaza de Pombo, donde «se erguía sobre los pabellones de los comerciantes damnificados por el incendio». Además de los inevitables vientos: al sur, «los santanderinos le quieren y le temen». O el deseo expresado en medio del fragor: «¡Por qué no vendrá el gallego que siempre trae agua!».

En verso y en prosa tratan el caso Francisco y Santiago Malo Segura. El primero publicó en los años cuarenta Tragedia y esperanza de Santander; el segundo hizo un extenso relato del incendio en Narraciones, Anécdotas y Sucesos, publicado en 2005.

Pero si hay una verdadera novela del incendio, esa es Gavias de través, de Baldomero Madrazo Feliú. Ambientada entre 1941 y 1945, desde el inicio advierte el autor del carácter de ficción del texto, aunque sólo en lo referente a personajes, pues la «la parte histórica (…) se ajusta con rigor a los hechos que se relatan».

Con la particular prosa de Madrazo, funcional y descriptiva, se nos advierte que «Cuando llueve, Santander presenta uno de sus aspectos más peculiares, seguramente el más íntimo y verdadero». Y la climatología sirve para arrancar esta crónica minuciosa y detenida que arranca con el ciclón del sábado y concluye con el mortal accidente, el lunes, del bombero Julián Sánchez. En un segundo capítulo, se glosan las consecuencias para los ciudadanos y acciones de las autoridades competentes, para presentarnos a partir del capítulo tres a los personajes que servirán para contar desde dentro la verdadera historia de la tragedia, y cómo afectó a toda una ciudad: será Gabino, Otilia, Chuchi, Ciano, Celia… Una trama que se entrelaza con lo que, a otro nivel, sucede en las altas esferas, que emprenden la reconstrucción guiados sobre todo por la codicia.

Más recientemente, el incendio ha llamado también la atención de muchos escritores; es el caso de la cántabra Conchi Revuelta, quien trata el suceso en su novela Aromas de tabaco y mar, a través de la historia de una cigarrera, Aurora Guzmán, que intenta labrarse un porvenir en el Santander inmediatamente posterior al incendio.

Conchi Revuelta

Gran éxito comercial tuvo La saga de los longevos, de Eva García Sáenz, quien ambienta en Cantabria una novela fantástica en la que una mutación genética prolonga extraordinariamente la vida de una familia. Para la portada utilizaría incluso una imagen del ‘Monumento al incendio de Santander’, de José Cobo; en la escultura decía haber reconocido los rostros de sus personajes de ficción.

Aunque tal vez la obra más representativa sea Ahogada en llamas, novela que transita entre las dos grandes tragedias contemporáneas de la ciudad de Santander, Jesús Ruiz Mantilla dedica sesenta páginas a narrar los sucesos de febrero de 1941, en un largo capítulo titulado ‘El incendio’. Como en toda la novela, arranca el capítulo con descripciones de meteorólogo: «Por el rizo espumoso que desprendían las olas contra las rendijas de los miradores, los hijos de la ciudad caían en la fuerza del viento que les azotaba al son de su silbido agudo e impertinente. Lo hacía con una virulencia circular y envolvente que todo lo ponía patas arriba».

Jesús Ruiz Mantilla

A la manera del Pachín González de Pereda, Ruiz Mantilla nos lleva de la mano de la familia Martín, que está de duelo por su patriarca, Diego. Al funeral no podría asistir su hijo menor, Rafael, perseguido por su pasado republicano, que permanece oculto en un escondrijo en la calle Méndez Núñez. Cuando el incendio estalle, se verá obligado a abandonar su escondite y cruzar la ciudad en un viaje alucinado y apocalíptico que, paradójicamente, le ha de conducir a la libertad.

La visión más social del incendio la aporta en sus memorias Fernando Calderón, a quien el fuego «me arrancó de un golpe brutal la ciudad de mi niñez». Sus críticas, en cambio, se centran en la gestión política posterior: «El éxodo de estos grupos el día después de la catástrofe anunciaba el destierro posterior que sufrirían estas gentes con la reconstrucción de la ciudad. Nada volvió a ser como era. El fuego no sólo se llevó por delante los restos medievales de la ciudad; el fuego terminó también con una manera de entender la sociedad».

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La curiosidad del letraherido
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Javier Menéndez Llamazares | 08-01-2016 | 07:56| 0

El escritor cántabro Luis Rodríguez desvela las claves de su tercera novela

 

Lo que más emociona al novelista Luis Rodríguez son los ‘milagros’ de la literatura, esa inexplicable conexión que surge entre el autor que, como un alquimista solitario, disimula en su texto guiños una buena cantidad de guiños y referencias, y la gozosa labor de zapa del lector, atento a cualquier posible hallazgo.

Y es que la obra de Luis Rodríguez, más que una novela, parece todo un yacimiento; como la Troya que descubriera Schliemann, siete veces reconstruida, se diría que ‘La herida se mueve’, su tercera novela, está compuesta por varios estratos sucesivamente superpuestos, en los que a partir de elementos plenamente realistas se construye una obra que trasciende las limitaciones del género, transgrediendo todos sus convencionalismos, al menos en apariencia, planteando una forma de narrar rabiosamente contemporánea, exigente con el lector, pero a la vez gratamente reconfortante. Una obra que convierte a su autor en una voz única en nuestra literatura, en especial porque conjuga los planteamientos de vanguardia con un respeto absoluto al lector.

Con todos los ingredientes para convertirse en un escritor de culto, Luis Rodríguez continúa modelando una obra tan  personal como torrencial; tras la aparición en la exquisita KRK de sus dos primeras novelas –‘La soledad del cometa’ en 2009 y ‘Novienbre’ en 2013–, la escasez de noticias sobre el autor hizo incluso pensar a la crítica que podría tratarse de un heterónimo a lo Pessoa de algún escritor de fama. Su discretísimo nombre de guerra y una nota biográfica con las únicas referencias de su nacimiento en Cosío en 1958 y su actual residencia en Benicàssim daban pie a cualquier especulación; y es que, como asegura Álvaro Colomer, nada nos gusta más a los lectores que un escritor secreto.

Aunque secretos hay pocos: Luis Rodríguez es un lector voraz –desde hace décadas devora tres libros semanales, y su carnet de la Biblioteca de Castellón debe estar ya completamente desgastado– que llegó a la creación en plena edad madura como culminación de un proceso natural de destilación; liberado ya de otras ocupaciones menesterosas, tras su prejubilación de una oficina bancaria dio rienda suelta a su pulsión literaria y desde entonces no ha hecho sino asombrar a críticos y lectores. Es un ‘letraherido’ en toda regla, y esa es la ‘herida’ en continua expansión a la que alude en su última novela. Un autor torrencial, arrebatador y fascinante al que es preciso descubrir, y al que trataremos de acercarnos en esta conversación

 

 

 

-      Tras un paso por las más privadas estancias de la escritura del yo, se diría que su tercera novela se abre al mundo, en especial al discurso de los demás, de los otros. ¿Por qué su renuncia a una estructura clásica, a una trama convencional, y esta apuesta por la polifonía y la fragmentación?

-      Sí, tienes razón, en esta novela miro afuera; sin embargo, tengo la sensación, que no me parece incongruente, de que en ella hay más de mí que en las anteriores, por más que en la última el protagonista tenga mi nombre y su biografía se confunda con la mía. La renuncia a un planteamiento tradicional no es premeditada. Fue en el transcurso de su escritura  cuando me pareció que esta reclamaba otro tratamiento, un armazón literario más complejo. Las otras fueron más “naturales”: Una primera frase seguida de doscientos cincuenta folios de bilis, después sucesivas reescrituras, como si las modelara, para acabar perdiendo más de media novela, casi hechas girones, muy delgadas; como se publicaron. Aquí, no: La primera frase sobrevive  en mitad del libro; el protagonista aparece en la página 21; hay alusiones a personajes reales y hechos históricos con tufo a estar fuera de contexto; es una obra con entornos en negativo; incontenida, se desparrama más allá del final, en el índice…, la polifonía, para fijar al protagonista. En cuanto a la fragmentación, me conviene pensar que es consecuencia directa de la concisión; una narración que no es descriptiva, esquelética, quizá genera eso, ojalá.

 

-      El narrador, el punto de vista y la focalización van cambiando constantemente en esta novela que, además, se pone en cuestión a sí misma. Incluso el primer protagonista, Mauro, se diluye y cede el testigo a Genaro, pero no para convertirse exactamente en hilo conductor. ¿Es muy exigente con sus lectores?

-      Soy consciente, lo soy una vez terminada y leída, de que puedo plantear alguna dificultad. Lo siento. El lector, la mayor parte de los lectores, está acostumbrado a unas pautas narrativas. Un ejemplo: Genaro, el protagonista, recibe el encargo de llevar el cadáver de una mujer hasta un pueblo de Soria situado a más de trescientos kilómetros La colocan en el asiento del copiloto; es de noche, así que le ponen una manta para que parezca que duerme, y Genaro la lleva hasta Soria. Allí, sin mediar palabra, dos tipos la sacan del coche y se la llevan.  Para un lector, para la mayor parte de los lectores, esto es un dilema. Quieren saber quién es la muchacha, por qué la han matado, quién, por qué es necesario que muera en Soria. O se les da una solución, o les das pistas, pero, inexcusablemente, debe existir la posibilidad de que el lector lo averigüe. Aquí no. Aquí no se explica, el viaje ocupa seis páginas y Genaro, el protagonista de la novela, ni siquiera muestra interés en conocer el nombre de la pobre muchacha. Mi intención no es un recurso literario revolucionario, ni posmoderno, no. Alguien dijo, yo creo que de Chejov, que era el único escritor que, cuando lanzan un cadáver al agua, te cuenta la reacción de los peces. A mí, el cadáver solo me interesaba para conocer la reacción de Genaro ante una muerte cercana. Comprendo que eso tiene un coste, porque yo no soy Chejov, claro, y quizá no lo he conseguido, así que es probable que tenga que cargar con el recelo del lector cuando este ve que la novela continua y la pobre muchacha no vuelve a aparecer, ni se la mienta. En cuanto a la disolución de Mauro, tienes razón, no es un hilo conductor. Mauro es como un contrapunto, yo lo he necesitado para situar al lector en la realidad de la novela. Si pretendo que sea creíble la peripecia con las latas de atún, necesito un lector que haya pasado por el quirófano de residuos del pensamiento; y ahí, ante el cirujano, no puede estar un tipo como Genaro.

 

-      Las motivaciones poco tienen que ver con el resultado final, a menudo un efecto colateral inesperado; pensemos, por ejemplo, en el caso de Plácido, que convence a Rosendo de que no se suicide arrojándose al canal, sino golpeándose él mismo en la cabeza. A pesar de que su acción es simple maldad, termina salvándole la vida. ¿Tiene sentido, pues, plantearse la moralidad, en términos del bien y el mal, en el comportamiento humano?

-      La moralidad es cómoda y práctica como el papel pautado, poco más. No sé si recuerdas que Genaro secuestró a un peregrino filipino cerca de Nájera. Cuando el pobre recuperó el conocimiento, este se encontró sentado ante la catedral de Santiago, a quinientos ochenta kilómetros. Imagina un pobre hombre que ha ahorrado durante tres años, dinero y vacaciones, para hacer el viaje de su vida, el Camino de Santiago; y llega Genaro y le roba medio recorrido. Genaro es un sinvergüenza, sin duda, pero ¿solo eso? ¿No cuestiona el aspecto absurdo que seguro que tiene la peregrinación? Al fin y al cabo, Genaro lo ha puesto donde quería.

 

-      Los escritores suicidas son una constante en el texto; desde el estudio del médico hasta los diversos y fallidos intentos de darse muerte de varios autores de culto. ¿Escribir es quizás una forma sofisticada de morir?

-      No, escribir es la forma más exquisita que conozco de vivir. El suicidio es mirar al abismo, pero no sé si el suicida es un cobarde, o un valiente, o un cobarde valiente. La decisión más importante que puede tomar un ser vivo, de largo, es esa, quitarse la vida. Suicidarse es más trascendente que matar, o que engendrar, que ya son importantes. El suicida, ya menos tremendos, no puede soportar el peso de su propia vida.

 

-      Cuando Mauro lee la novela de Estanis, lo hace pensando que la ficción se crea a partir de la realidad, pero sin embargo la lectura le hace pensar que son los personajes de ficción los que tratan de parecer reales. ¿Realmente se imitan arte y naturaleza?

-      El arte no existiría sin la realidad. Por contra, la realidad se basta. El arte tiene una ventaja enorme sobre la naturaleza: no existe el dolor físico. Liberado de esa servidumbre, la potencia del arte es gigantesca. La aspiración de los personajes responde a eso, a esa voluntad, y quizá no importe que sea fallida, porque hasta de eso se abastece la literatura.

 

-      Hay una flujo constante de referencias lectores, de menciones a otras obras y de argumentos condensados que sirven para poner en marcha algunos mecanismos de la trama. Von Kelist, Koestler, Dos Passos, Stevenson… la lista superaría los dos centenares de autores, de las más diversas épocas, procedencias y estilos. Es evidente que el Luis Rodríguez escritor se alimenta de sus múltiples lecturas, y que además es un lector omnívoro pero, ¿cuáles son sus coordenadas más transitadas? ¿Qué literatura prefiere?

-      Soy un lector convulsivo, un adicto. No tengo muy claro por qué escribo; sin embargo, podría darte un centenar de razones por las que leo. Leer mucho lleva aparejado el caos, van juntos. Unas lecturas te llevan a otras, una reseña, la recomendación de un amigo, un autor a quien vienes siguiendo, libros mal leídos tiempo atrás; no, no hay un criterio. ¿Qué literatura prefiero? Hace un tiempo te hubiera respondido, sin dudar, la de autores que son más listos que yo. Hoy no te digo eso, ni muchísimo menos. El arte, la literatura que a mí me interesa es aquella que al leerla me arroja los ojos al suelo; los recojo y me los pongo, sin darme cuenta de que los he puesto mirando hacia dentro. Y continúo leyendo. Sí, desde luego que son importantes la sintaxis, las comas, la afinidad con el estilo, seguramente es importante que la obra te seduzca, pero hay un algo inaprehensible que a lo mejor es lo más valioso de la literatura. ¿Por qué uno no olvida Jakob von Gunten, apenas ciento veinte páginas de una vida anodina? ¿Qué milagro es la literatura? Me gustan muchos autores que están en la historia de la literatura; de mis lecturas recientes, además de esos, Amity Gaige, Sebald, Chus Fernández, Vicente Luis Mora, Adam Johnson, mi editor.

 

-      La vida cotidiana, y sobre todo sus formas más populares o mundanas asoman constantemente en la novela, desde los arrastres en partidas de tute a los atracos a bancos; sin embargo, hay todo un universo que transcurre paralelo, el mundo libresco, que parece tan consistente y real como el de los personajes, a pesar de sus continuos saltos cronológicos. ¿Es la ficción tan real como eso que llamamos ‘vida’?

-      James Wood escribió que las novelas tienden al fracaso no cuando los personajes no son lo bastante vivos o profundos, sino cuando la novela no ha conseguido enseñarnos a adaptarnos a sus convenciones, ni ha conseguido despertar un hambre específica  por sus propias características, su propio nivel de realidad. Lo comparto plenamente. Nos gusta, nos entusiasma Lolita de Nabokov; si alguien nos contara su misma peripecia referida a cualesquiera otras personas, nos escandalizaríamos. Pero nos la ha contado Nabokov, y es una obra maestra. La ficción no es la vida, claro, pero aspira a ser igual de verosímil.

 

-      Si bien el entorno en el que se desenvuelven los personajes es el mundo real, éste aparece envuelto en una cierta nebulosa temporal y espacial, el ‘cierzo’ de la novela, evidenciada por la aparición de elementos anacrónicos como las pesetas. Se diría que, en realidad, el tiempo, o al menos su determinación precisa, no es un elemento esencial para su literatura.

-      Tienes razón, no lo es. No se mencionan fechas. Es verdad que se utilizan elementos que tú llamas anacrónicos, pero no tienen otro cometido que lo respondido a la pregunta anterior, ser verosímil. Las peripecias de Genaro, sobre todo las delictivas, serían insostenibles en el 2016. Era preciso que no hubiera móviles, una Guardia Civil de hace más de 20 años, y las alusiones a su juventud corresponden a un Madrid muy concreto. Curiosamente, has nombrado el “cierzo”. A mí me hubiera gustado que la novela se hubiera titulado “El cierzo”, pero no le gustaba a los editores. Ellos son maños, hay que comprenderlo.

 

-      Muchos de los nombres de la novela arrastran un poco disimulado regusto cántabro: el Hotel Bárcena, el cabo Urdiales, incluso parte de la trama está ambientada o conectada con la región. ¿Pesan la raíces?

-      Pesan. Pesa la infancia. Yo siempre mantengo, y que me perdone mi familia, que la infancia es la única oportunidad que tiene el ser humano de ser feliz. Si uno no es feliz en su infancia, no lo será jamás. Después, uno es relativamente feliz; la vida es cruel, no tenemos más que mirar a nuestro alrededor para ver desdicha. Otro asunto es la aspiración natural a ser felices, que está muy bien, y que, dicho sea de paso, yo domino. Esa intensidad de la infancia, que en mi caso fue una gozada, me sigue dando calor.

 

-      En la novela menciona uno de los placebos más hermosos e infantiles: el remedio contra las ortigas que consiste simplemente en contener la respiración mientras se toca. ¿Todavía queda lugar para la magia del pensamiento?

-      Claro que queda lugar, queda un espacio inmenso, inabarcable. Y no es una pose. Cuando escribo, de vez en cuando, tengo barruntos, como señales que llegan indefinidas, tenues. Hay frases, no necesariamente brillantes, que me sitúan en otro lugar, como si abolieran bruscamente todo lo que he escrito hasta ahora; algo parecido a una nueva mirada. Tengo la sensación de que soy un hombre nuevo, ante algo nuevo, me embarga la emoción de que voy a iniciar una singladura única.

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La vida en tránsito aéreo del Nick Cave más accesible
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Javier Menéndez Llamazares | 08-03-2016 | 09:01| 0

Un salvavidas bajo el asiento

 

Título: La canción de la bolsa para el mareo. Autor: Nick Cave. POESIA. Ed. Sexto Piso, 2015. 186 pág., 22 €.

Para hacerse una idea de las dimensiones míticas del cantante australiano, espero que disculpen una pequeña anécdota de cuando el que suscribe era un joven estudiante extranjero en Alemania, y coincidió en un restaurante con Nick Cave como quien experimenta una aparición divina o el avistamiento de un ovni: aún no existían los móviles, pero antes de llegar a los postres ya se habían presentado media docena de incondicionales con sus discos bajo el brazo, a la caza de una dedicatoria. Para mi desgracia, no llevaba encima ni sus discos ni ‘Y el asno vio al ángel’, la novela que le publicase Pre-textos a principios de los noventa.

La pasión por Cave es, pues, más bien auténtica devoción. Auténtico héroe de la independencia post-punk, su estética torturada y su leyenda de excesos no hacían sino engrandecer su imagen de artista de rara belleza, una versión intelectualizada de Sid Vicious o tal vez la reencarnación siniestra y existencialista de Lord Byron.

Todo eso arrastra desde hace tres décadas Nick Cave, quien a pesar a su giro estilístico hacia públicos más amplios nunca ha perdido la vitola de underground y, sobre, el apoyo de sus seguidores. Precisamente, en la gira de 2014 surgiría el germen de este libro: en pleno vuelo hacia Nashville le surgió una idea, y el primer papel que encontró a mano para anotarla era una bolsa para el mareo. Así que, haciendo uso de una particular visión del reciclaje, durante el resto del año utilizó las bolsas de cada viaje para ir componiendo poemas, letras de canciones o pequeños relatos que finalmente armaría para componer ‘La canción de la bolsa para el mareo’, que tiene la forma de un extenso poema épico –Cave tiene mucha querencia por el versículo, pero también explora formas rítmicas cercanas al blues–, que en lo temático es a la vez un texto de introspección psicológica, una visión desmitificadora de su propia imagen como artista de culto y las memorias de un viaje en el que lo musical y lo memorístico pesan mucho más que lo geográfico.

Con el peculiar estilo de Cave, calcado de sus textos para canciones, prosa y verso se entremezclan en un discurso voluntariamente oscuro, no sólo en su dificultad de comprensión sino en su predilección por el ‘lado salvaje’. Como si nos llevara en una road movie por el submundo del rock, el artista alterna las acotaciones y glosas de sus canciones con toda la mitomanía de la cultura alternativa norteamericana, de Elvis Presley a los Picapiedra, sin renunciar a incursiones en la alta cultura, con referencias homéricas o a Toulouse Lautrec.

Más que un libro, se trata de todo un proyecto artístico en el que se involucran varias disciplinas, en una auténtica obra multimedia, pues además del libro se publicó un documental que recoge la vida de Nick Cave como músico, pero también mostrando su casa o parte de su vida privada, incidiendo en la fusión entre creación y biografía que siempre ha marcado la obra de este artista.

La propia editorial en castellano, Sexto Piso, ha publicado en su canal de youtube los ‘videoclips’ de cada una de las ‘bolsas para el mareo’ en la que él mismo recita sus textos y explica algunos aspectos de su obra y su vida, y se añaden además subtítulos en español.

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Ricardo Reques propone un divertido homenaje a Gómez de la Serna en su nuevo libro de relatos
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Javier Menéndez Llamazares | 08-03-2016 | 08:18| 0

Devoción por las piernas

 

Titulo: Piernas fantásticas. Autor: Ricardo Reques. RELATO BREVE. Ed. Adeshoras, 2015. 204 pág., 15 €.

Si en el prólogo de su magistral ‘Senos’, Ramón Gómez de la Serna afirmaba que «los senos idealizan el pecado», el escritor Ricardo Reques –madrileño afincado en Córdoba– parece incidir en el mismo convencimiento, con el propósito también de «cantar a pleno cantar su indecible belleza», pero tan sólo cambiando la parte de anatomía de su interés. Así, este libro de clara inspiración ramoniana comparte la deliciosa obsesión temática, sobre la que hace girar todos los relatos, explotando con insistencia todas las posibilidades literarias de una parte tan sugerente como son las extremidades inferiores femeninas, que en algún punto del libro se llega a ironizar, definiéndolas como ‘flechas señalando al sexo’. Así, con estas ‘Piernas fantásticas’, el autor ofrece al lector todo un repertorio de acercamientos a un fenómeno tan natural como cognitivo, pues buena parte de lo que nos relata, más que tener que ver con lo que sucede en el mundo físico tiene que ver con lo que sucede en nuestras mentes, con el significado de las piernas y con todo lo que la imaginación puede fabular a partir de ellas.

Para esta segunda incursión de Reques en la narrativa breve –en 2011 había publicado la muy recomendable recopilación ‘El enmendador de corazones’, además de un volumen de microcuentos, ‘Fuera de lugar’–, Reques propone diecisiete relatos muy diferentes en lo formal, aunque unidos por el común nexo temático y un estilo muy marcado, ágil y sobrio, con algunos destellos de elegancia léxica. Así, desde el mirón de playa al hombre que cada mañana elucubra con el el taconeo de su vecina, una famosa presentadora, los personajes de Reques surgen de lo cotidiano para ofrecernos algún destello inesperado, algún giro en el que siempre aguarda la ironía al final de la página.

Especialmente logrado resulta ‘El depilador’, que nos muestra a un profesional que traza a diario la ‘cartografía’ de un objeto de deseo que nunca llega a disfrutar realmente.

Destaca poderosamente, además, el relato ‘Relación entre las variables…’, una lúcida parodia de los artículos de investigación con la que Reques parece explorar las posibilidades literarias del lenguaje científico, siguiendo la estela que abriera en su día ‘Las partículas elementales’ y que combina ciencia y ficción, si bien en este caso con fines lúdicos, e introduciendo una impagable referencia a Ctulu. Si hay relatos que por sí solos justificarían un libro, este es uno de esos casos.

Se trata, además, de un texto fecundamente intertextual, donde abundan las referencias, explícitas o veladas, a muchas autores clásicos y de culto; desde H.P. Lovecraft a Robert Louis Stevenson; el último de los relatos, ‘El extraño caso de Miss Nutcracker’, además de los divertidos juegos de palabras que emplea en los nombres de los personajes, es un homenaje a los eternos Doctor Jekyll y Mister Hyde y también una inteligente reelaboración argumental a partir de las huellas del clásico.

En definitiva, Ricardo Reques propone una lectura intensa y amena, plagada de referencias y guiños, en un recorrido por diversos estilos y técnicas literarias, del que el autor sale muy parado y con el que, además, consigue casi siempre arrancar al lector una sonrisa cómplice. Su dominio de la corta distancia queda ya, pues, sobradamente demostrado, y alguno de los relatos, por tono y tempo –pensamos, en concreto, en ‘Dedicatoria’, nos muestran a un autor que parece ya ansioso por emprender retos narrativos mayores, por qué no en forma de novela.

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Élisabeth Gille narra a través un álter ego la búsqueda de la identidad tras el holocausto
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Javier Menéndez Llamazares | 01-12-2015 | 11:14| 0

Venganzas privadas

 

Autora: Élisabeth Gille. Título: Un paisaje de cenizas". NOVELA. Nocturna Ediciones, 2015. 210 pág., 14,95 €.

Élisabeth Gille (París, 1937-1996) fue una destacada editora y traductora francesa, y dejó también tres libros, entre los que destaca este ‘Un paisaje entre cenizas’, cuyo éxito no pudo disfrutar por su prematuro fallecimiento. Una novela que le sirvió, seguramente, para exorcizar sus propios demonios, pues al menos durante la primera parte recrea episodios de su infancia, si bien a través de un personaje interpuesto, Léa Lévy: la hija de un matrimonio judío de origen ruso pero afincado en París consigue librarse de los arrestos nazis al refugiarla sus padres en un colegio católico. Es 1942 y Léa –igual que Élisabeth, hija de la escritora Iréne Némirovky– tiene cinco años, y sobrelleva como puede una pérdida que no cree más que transitoria. Para superar el trance, contará con la ayuda de otra niña, algo mayor, Bénédicte. En esos difíciles momentos, Léa comienza llevar una contabilidad emocional no del todo sana: su cuaderno secreto es todo un memorial de agravios. En él consigna cuidadosamente lo que le sucede, pero incidiendo en lo negativo; anota, sobre todo, las novatadas, desplantes y pequeñas agresiones que sufre por parte de compañeras de internado.

Al terminar la guerra, los padres de Bénédicte la acogerán, si bien el destino de sus padres será un tema que pretendan evitar a toda costa. Años después, ese afán justiciero no desaparecerá sino que se irá incrementando; de hecho, en sus nuevos cuadernos lo que anotará serán todos los encausados en los procesos por colaboracionismo durante la guerra, y hasta logrará asistir discretamente –fingiendo ser la hija de una conserje– a muchos de los juicios del tribunal militar de Burdeos, siempre esperando dar con los gendarmes que se llevaron a sus padres. Será en uno de esos procesos, precisamente a un grupo de colaboracionistas encargados de la levas de judíos y que saldrán en libertad por haber cumplido la prisión preventiva, cuando Léa estalle y monte un tremendo escándalo, exigiendo explicaciones a los supuestos verdugos de su familia.

No sabemos hasta qué punto llegan los trazos autobiográficos de Gille, pero el personaje de Léa dibuja a la perfección el ansia de justicia y la desazón de quien considera que no se puede pasar de puntillas sobre el exterminio de sus seres queridos, porque cada uno de los seis millones de judíos masacrados lo eran. Una reivindicación en la que cree que nadie la apoya, hasta que el descubrimiento del profesor Vladimir Jankélévitch venga a sacarla de esa absoluta soledad.

Entre tanto, las heridas del alma cicatrizarán mal: quien ha visto en los cafés elegantes carteles de ‘Prohibida la entrada a judíos y perros’ no puede ya sino refugiarse en una frialdad de espíritu que inquieta a quienes le rodean. Y la crisis de identidad será tal, que Léa incluso interpretará las tesis de Jean Paul Sartre –«Sólo se es judío a través de la mirada ajena, y perfectamente se puede decidir no serlo»–, para incluso considerarse como ‘no judía’.

Será más tarde, en su juventud en la universidad parisina, en un ambiente trufado de canciones censuradas de Brassens y Boris Vian, cuando pueda reencontrarse consigo misma, a través de la militancia revolucionaria y el apoyo a la subversión en Argelia.

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Sara Morante ilumina ‘Los diarios de Adán y Eva’, de Mark Twain
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Javier Menéndez Llamazares | 25-11-2015 | 10:42| 0

La historia secreta del Edén

 

«Lunes.-  Esta nueva criatura de pelo largo es un verdadero estorbo. Siempre anda merodeando a mi alrededor y me sigue a todas partes. No me gusta nada, porque no estoy acostumbrado a la compañía. Ojalá se fuera a pasar el rato con los otros animales…». Así arranca ‘Los diarios de Adán y Eva’, una historia que casi seguro les suena: un hombre en el paraíso, una costilla perdida, el primer nosotros y, al fondo, un árbol de fruta prohibida que pasará de tentación a convertirse en condena. El Génesis también cuenta lo mismo, aunque su prosa resulta algo esquemática para los lectores contemporáneos. Claro que eso vino a solventarlo, hace ya más de un siglo, Mark Twain, aportando al relato bíblico la emoción y la subjetividad que le faltaban. Son los puntos de vista de Adán y de Eva, presentados en forma de dietarios, y que sirven para rellenar los enormes vacíos de la historia ‘oficial’; una intrahistoria cargada de ironía y mordacidad, pero que tras su apariencia amable y humorística esconde una importante carga de profundidad.

 

La segunda lectura

 

 

Claro que si hay una constante en la ficción norteamericana, sea narrativa o audiovisual, ésa es el casi obligatorio ‘happy end’; algo que, tal vez, incluso inventase Twain. Y el autor lo va preparando a conciencia durante la última parte de cada uno de los diarios; una construcción paulatina, que en los primeros compases se antojaría casi imposible, y que transcurre en paralelo a la asunción de la propia identidad y la aceptación del lugar en el mundo que cada uno de los personajes ocupa: «En un primer momento, no lograba saber para qué me habían creado, pero ahora intuyo que lo hicieron para que fuera descubriendo los secretos de este mundo maravilloso, para que fuera feliz y para que le diera las gracias al Dador por haberlo ideado», reflexiona Eva en un pasaje. Al final, como es norma en las comedias románticas que Hollywood lleva un siglo produciendo, será el amor el que se imponga.

Aunque, como todo en Mark Twain, detrás de la primera impresión siempre hay un trasfondo mucho más interesante; y es que, donde pudiera dar la impresión de que se ofrece una simple historia moralista, en la que la lucha de sexos sirve como excusa para el escapismo humorístico y finalmente es la divinidad la que sanciona y es acatada por los protagonistas, en realidad su mensaje trasciende lo establecido hasta llevarnos a una conclusión mucho menos convencional; y es que lo divino –‘El Dador’, como se renombra a Dios en la obra– va perdiendo preeminencia a medida que los personajes desarrollan su vida, y el amor entre ambos adquiere un sentido redentor, hasta el punto de dar por bueno su castigo, a cambio de haber encontrado un compañero y una compañera con la que compartir sus días; así, Adán acaba escribiendo este epitafio para la tumba de Eva: «Dondequiera que ella estuviera, allí se hallaba el Paraíso». Éste es, pues, el verdadero latido revolucionario de un Twain que sacraliza el amor y transfiere el protagonismo de lo divino a lo humano, subvirtiendo así el orden establecido de su época y, por qué no, anticipando un pensamiento mucho más actual.

 

Valor añadido

 

A buen seguro, Mark Twain nunca pasará de moda; y es que el tiempo parece sentar muy bien a su obra, que ya ha sido rescatada recientemente en otras ocasiones –Sexto Piso, por ejemplo, realizó el pasado año una edición deliciosa de sus demoledores ‘Consejos para niñas pequeñas’– pero que sin embargo presenta una complicación editorial no precisamente pequeña, y es que ya ha entrado en dominio público. Eso significa que no sólo no hay exclusividad en la oferta lectora, sino que incluso por internet están disponibles para que el lector se descargue de manera legal. no menos de veinte archivos con el texto en castellano –claro que hablar, en estos casos, de legalidad resulta más relativo que nunca, pues habitualmente no se menciona a los autores de las traducciones, cuyos derechos probablemente aún no hayan prescrito–.

Así, cuando un editor pretende apostar de nuevo por Mark Twain no puede confiar exclusivamente en las virtudes literarias del texto: tiene que aportar algo más. Para empezar, revisar la traducción, que se ha encargado a Gabriela Bustelo y ha resuelto con solvencia. Pero, además, en este caso el arma secreta de la editorial Impedimenta es la ilustradora y escritora cántabra Sara Morante. Y tan clara es la apuesta, que incluso en la portada –es decir, en la página 7, no hay que confundirla con la cubierta– aparecen como autores «Mark Twain & Sara Morante». Y no es para menos: hasta veinticinco ilustraciones a todo color aporta Morante para redondear este relato, y lo hace con su habitual maestría, con el color fulgurante apoyándose en el dibujo minucioso y delicado para rostros y detalles. Blanco y negro para los protagonistas y rojo y verde para la naturaleza, que se muestra exuberante e indómita, frente a los gestos expresivos en los rostros y ademanes.

Al igual que sus personajes en el relato, en la parte gráfica también un desarrollo narrativo, en el que lo natural va perdiendo importancia frente a lo humano, y en el que también los protagonistas se van humanizando, pasando de actitudes neutras o desafectadas a desembocar en una de las láminas más hermosas del libro, en las páginas 84 y 85, donde Eva reivindica su papel de compañera. Sara Morante elige completar la escena con un paisaje crepuscular, donde intuimos entre hojas multicolores los cuerpos entrelazados de ambos; la mirada de Adán, plasmada con total sencillez, consigue transmitir toda la intensidad del relato.

 

El buen paño

 

Como no podía ser menos, la presentación de la obra está también a la altura de las circunstancias; en tapa dura y sin sobrecubierta, la ausencia del hoy día omnipresente plastificado confiere al volumen un delicado aire retro mucho antes incluso de abrirlo. Pero no es sólo cuestión de tacto, sino que todos los detalles parecen cuidados al máximo para satisfacer a los buenos degustadores: las guardas ilustradas –obviamente, con las manzanas como motivo inexcusable, pero con una estética que, por cierto, recuerda poderosamente a las zarzas que aparecen en otras obras de Morante–; la portada de inspiración clásica a la que no le falta su grabado alusivo, con una manzana en la que se contiene el árbol del bien y del mal, o incluso la tipografía, de reminiscencias barrocas y combinando con el negro la tinta roja para títulos y epígrafes, todo contribuye a esa especial atmósfera y todo conspira para convertir a esta edición ilustrada en una pequeña joya, de esas que merecen varias relecturas, y quién sabe si no un atril donde dejarla expuesta por cualquiera de su láminas.

 

 

 

 

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Mario Camus en la distancia corta
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Javier Menéndez Llamazares | 13-11-2015 | 13:51| 0

Memoria, mito y emoción llenan los doce nuevos relatos del cineasta

 

Título: Quedaron estas cosas. Autor: Mario Camus. RELATO BREVE. Ed. Valnera, 2015. 96 pág., 14 €.

La pericia de Mario Camus en la distancia corta estaba ya más que demostrada, especialmente tras la recopilación de ’29 relatos’ que realizara hace un lustro la editorial Valnera. Y en estos días, los mismos protagonistas reinciden con una nueva entrega de narrativa breve, en esta ocasión para celebrar los ochenta años del cineasta y escritor; lo hacen con un volumen breve –no alcanza las cien páginas–, pero tan intenso que al lector se le antoja más bien brevísimo, hasta el punto de quedarse con ganar de reclamar un buena ración más de lo mismo.

La novedad del libro es que toma la palabra el propio Camus, para hablar en primera persona de sus vivencias y del mundo que ha conocido. Pero que nadie se asuste, porque no se trata de ningún ejercicio de solipsismo; más bien al contrario, de lo que nos habla es de los demás, de aquellos que le han fascinado, sin necesidad de que se trate de grandes nombres, sino de pequeñas historias de aquellos que han estado más cerca de él, en diversos momentos de su vida. Historias que, frente a las ‘voces campanudas’ que rodean los grandes acontecimientos, son relatadas por Camus con de forma mucho más cálida y cercan, con la sencillez de quien parece estar hablándonos de viva voz. Así es este ‘Quedaron estas cosas’: un recuento de recuerdos y anécdotas que el autor comparte con nosotros como si entre ambos humease el café.

En el prólogo lo advierte el editor Jesús Herrán, quien confiesa que este libro nace de una sugerencia propia, tras cientos de conversaciones: «Mario, esto que me acabas de contar tienes que escribirlo».

Hay entre los relatos dos grandes bloques no señalados; por un lado, tres relatos de la infancia y primera juventud del autor en Cantabria, y por otro nueve cuentos donde sus vivencias relacionadas con el cine toman el protagonismo.

Tal vez esos primeros relatos condensen la verdadera fuerza expresiva de todo el libro; son capaces de retrotraernos a una época de sábados escolares, en el que se libraba los jueves por la tarde; a una época de pantalones cortos y sesiones continuas de cine, a un Santander que ya no existe pero que todavía podría rastrearse, de la Alameda Segunda a la Primera, de su escuela en Perines al portal de la casa familiar en Amós de Escalante. Un mundo de hombres de mar, de pescadores de bahía, de maganos y de grupos de amigos que cantan en la barra de los bares. Y de sorpresas; sorpresas históricas, como la que se desliza en el primer relato, ‘Un jueves por la tarde’: en Santander se acogió como refugiados a niños austríacos durante la II Guerra Mundial. Las heridas de la guerra sirven en el relato para unir dos mundos tan distantes en muchos sentidos. Quizá el más sentido de los cuentos sea ‘El hombre de hierro’, un auténtico canto a la admiración infantil, en el que Camus recuerda cómo un ex-boxeador amigo de su padre contaba sus aventuras por las ferias de la España de los cuarenta, y en especial su último y desgraciado combate. Poco a poco, desde la visión del niño, va construyendo también en nosotros la imagen del mito, hasta conseguir imbuir al lector de la misma emoción que él sintiera casi siete décadas atrás, en un mundo gris al que sólo la fabulación conseguía redimir. Toda una oda a la derrota que podría haber firmado el mejor Carver.

Sin embargo, si un personaje merece distinguirse, ése es Sandoval, un compañero de estudios empeñado en que la Renfe cumpla con su reglamento y, ya que la tercera clase está repleta, le permitan ocupar uno de segunda. Un espíritu verdaderamente revolucionario.

 

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Nueve cuentos sobre la adolescencia, por Gonzalo Calcedo
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Javier Menéndez Llamazares | 12-11-2015 | 13:52| 0

Deseo de ser inglesa

 

Título: Las inglesas. Autor: Gonzalo Calcedo. RELATO BREVE. Ed. Menoscuarto, 2015. 187 pág., 16,90 €.

Castigados por su audacia al pretender rebelarse contra la sociedad; así terminan los personajes de Gonzalo Calcedo en su última entrega narrativa, ‘Las inglesas’, publicado por su editorial de los últimos años, la palentina Menoscuarto, una de las grandes referencias nacionales del relato breve.

Como si la cifra encubriera una velada referencia al maestro Salinger, nueve son los cuentos que reúne el autor cántabro en un volumen de sólida unidad temática: en todos los relatos nos hablan adolescentes. En primera persona. Sueños, esperanzas, incomprensión, soledad, amistad y escarceos amorosos llenan las páginas de cada relato, sí, pero también una intensa búsqueda de identidad y de un lugar en un mundo no siempre cálido y confortable.

Sin moverse un ápice de su estilo habitual, ese que según sus incondicionales le corona desde una década como principal cuentista español, Calcedo muestra todo su repertorio de recursos narrativos con habilidad de prestidigitador; lo mismo juega a tradicional en historias con planteamiento y nudo, pero posterga el desenlace para un momento posterior a la lectura, dejando en pañales ese ‘trasmedia’ que hace años nos quieren vender desde el márquetin editorial, y lo hace a la manera de los más grandes autores: convirtiendo el desenlace en un fenómeno cognitivo, privado e intransferible, algo que sólo ocurre en la mente de cada lector. Un ejemplo perfecto sería ‘Lo que tuvimos’, la intrahistoria de una ruina familiar vivida por una adolescente que pocas semanas pasa de tenerlo todo a la miseria total –memorable, por cierto, resulta el pasaje en el que su vecino, también arruinado, sólo puede conducir su carísimo coche marcha atrás, porque el cambio se ha averiado y no tiene dinero para la reparación–; el relato, que sí define nítidamente el momento del cambio y el paulatino proceso de depauperación, y que además describe de manera impagable cómo la inicial prepotencia de ‘niña pija’ de la narradora va desapareciendo, devorada por una realidad innegable, concluye sin embargo de manera abrupta, casi diríamos que prematura, dejando a la protagonista y narradora en medio de una tarea sin importancia, un recado aún por llevar a cabo. En apariencia, se trata de un final arbitrario, el autor nos hurta parte de la historia; sin embargo, no se trata de dejar a los personajes suspendidos en el tiempo, ni mucho menos; en apenas treinta páginas, Calcedo ha logrado dotar de tal vida a su creación, que esta continúa por sí sola. No se trata de un final a la carta, sino de que, en realidad, ya todo está dicho. Poco importa si mejora o no su fortuna; lo que quería transmitirnos ya ha pasado al lector.

Especial atención merecen otros dos relatos: en ‘3.000 metros obstáculos’ un joven corredor desvela que no es pasión deportiva lo que motiva sus carreras en solitario después del entrenamiento, sino el simple afán de ocultar su vergüenza por una madre alcohólica que suele olvidarse de recogerle. ‘Las inglesas’, que da título al libro, resulta novedoso dentro de la producción de Calcedo; podría ambientarse en la España del final del franquismo, y en él una joven y su amiga, impresionadas por la libertad que emanan un grupo de turistas, deciden imitarlas y emprender su propia revolución personal, que apenas consiste en acortar sus ropas y quitarse los zapatos. Una pequeña rebeldía que tendrá, sin embargo nefastas consecuencias.

 

 

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La desbordante pasión musical de Juanjo Sáez
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Javier Menéndez Llamazares | 10-11-2015 | 21:01| 0

De los casetes al spotify

Autor: Juanjo Sáez. Título: Hit emocional. NOVELA GRÁFICA. Ed. Sexto Piso, 2015. 302 pág., 22 €.

Sólo el entusiasmo puede convertir un bote de dixan y dos rotuladores en una batería, y si le sumamos a otro amigo con una guitarra de tamaño cadete y cantando en inglés inventado, ya tenemos toda la magia del rock, esa misma que puede contenerse en una cinta de casete con los títulos de las canciones escritos a mano por una amiga. Esa vivencia, que podría ser generacional –cuántos grupos de los ochenta nunca salieron de una habitación de adolescente–, cobra cuerpo en ‘Hit emocional’, la última entrega de Juajo Sáez (Barcelona, 1972), un híbrido entre historieta gráfica y autobiografía, entre crónica de la cultura popular y relato de su propia educación estética.

En sus casi trescientas páginas, manuscritas y dibujadas, el artista da rienda suelta a su mayor pasión declarada: la música –«Siempre digo que lo que más me gusta en la vida es la música, más que los cómics… más que comer». Como explica en el prólogo, el libro nace de una propuesta a la revista Rock de Lux para publicar una página mensual en la que se abordase una canción pero desde el plano de los pensamientos e ideas que provoca en el artista; una visión, por tanto, subjetiva y emocional. La propuesta, por cierto, llegó a buen término, y buena parte de las páginas publicadas en la revista bajo ese mismo título genérico, ‘Hit emocional’, se recogen en este libro que, inicialmente, debería haber sido tan sólo una recopilación. Sáez, sin embargo, no pudo reprimir la necesidad de ir más allá, y acabó dibujando –y escribiendo– muchísimo más, para dar cabida a sus vivencias y sobre todo a las personas que asocia a su devoción por la música. Un trabajo ímprobo, a juzgar por lo que confiesa el autor: «Me ha costado un huevo hacerlo».

Sin orden de importancia ni calidad musical, la idea es elaborar su propia lista emocional –«la lista definitiva para los que piensan que la música es mucho más que un ranking»–. Arranca con ‘Monkey gone to heaven’, de los Pixies –grupo con el que arranca su verdadero interés por la música–, y concluye con ‘Everything in its right place’, de Radio Head, un grupo que relaciona con su madre y los momentos finales de su vida, y que le sirve para regalarnos un hermosa reflexión: «A mi madre sólo le gustaba la música por los recuerdos que le traía. Creo que a mucha gente le pasa, por eso no escuchan música nueva cuando son mayores».

El libro es, cómo no, un viaje, plagado de grandes compañeros, que parte de las influencias familiares, el rock que le gustaba a su padre, y los años escolares, pasando por el heavy, el pueblo de su adolescencia, sus amigos de la época, el descubrimiento del indie y, a la vez, de Barcelona como metrópoli, el paso por la música electrónica para desembocar en un presente ecléctico y en una sempiterna nostalgia

 

No faltan, claro está, los guiños humorísticos y hasta autocríticos, como la lámina titulada ‘El cementerio’, una nutrida colección de discos en distintos formatos, del LP y el single de vinilo al compact-disc: «La música, gracias a la tecnología, vuelve a ser algo inmaterial. En el fondo es muy absurdo acumular copias en casa».

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.

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