Ignacio del Valle desconfía de las historias oficiales en ‘Caminando sobre las aguas’
«Habían caminado sobre las aguas; ahora era tiempo de hundirse», asevera el narrador mientras sitúa a sus personaje en la tesitura de ingerir un veneno que pondrá fin a su vida a la vez que concluye toda una época, la de Lorenzo de Médici.
Aunque estos catorce relatos no tienen que ver con el fin, ni recrean épocas históricas, aunque sobrevuele varias, nada de eso; en ‘Caminando sobre las aguas’ Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) explora un universo oculto pero tan cercano a nuestro mundo que convive con él en aparente armonía: el horror que se mantiene parapetado tras nuestra apariencia de normalidad.
Eso nos descubre Ignacio del Valle: que tras la gran Historia, esa que se construye con grandes nombres, hitos, victorias y periodos se esconden en realidad vidas de personas que sufren sin el menor atisbo de gloria. Como la particular peripecia de Iván Istochikov, un tripulante de un soyuz que se extravió en el espacio y cuya misión oficialmente no existió, para evitar empañar la triunfal carrera espacial soviética. O el otro lado de la noticia, ejemplificada en el relato que abre el libro a través de un reportero de guerra víctima de un francotirador, mientras su compañero –y también competidor– se debate entre ayudarle o aprovechar ‘periodísticamente’ la ocasión.

Si un libro se recuerda por detalles, por escenas imborrables –pensemos en la visera de Ignatius Reilly, en la muñeca de Wilt o en el accidente automovilístico de catastróficas consecuencias que sufriera T.S. Garp–, desde luego en ‘Caminando sobre las aguas’ Del Valle ha hecho los deberes, incluyendo un relato perturbador que difícilmente podrá olvidar el lector. Se trata de la segunda narración, ‘Jaques’.
En un tiempo en principio impreciso, un joven que juega al ajedrez con su padre fija su atención, casi por curiosidad, en lo que sucede en su televisor. Habla una víctima de tortura, que desgrana su desgracia ante el aséptico desinterés de un presentador tal vez demasiado acostumbrado al horror. El joven, que simplemente se había acercado a por algo de picar a la cocina, se queda atrapado por la historia que refiere la joven. Mientras ella refiere tiempos y modos, con crueldades de todo tipo, vamos intuyendo de qué país se trata, de qué momento tétrico, de cómo y cuándo. El joven, por su parte, revive aquella época, su niñez despreocupada, las enseñanzas de un padre que le inicia en los tableros.
Entre la profusión de horrores, la mujer muestra terribles cicatrices y hasta describe la ‘picana’, una de las más desgraciadas aportaciones de nuestra cultura al siglo XX. Poco a poco el lector va cayendo en la red que hábilmente teje el escritor, hasta conseguir hilvanar las dos líneas paralelas de trama en un final estremecedor. Con la precisión de un mecanismo de relojería, Ignacio del Valle consigue armar un relato ejemplar, utilizando los ingredientes más apropiados: misterio, compasión, historia oficial, hipocresía, sorpresa y, sobre todo, la desazón de saber que el horror puede esconderse en los rincones más cotidianos, y que ni siquiera la apariencia de bondad y belleza está libre de portar dentro de sí el mayor de los venenos.
Más información en la web del autor.
Los periodistas Mario y Fernando Tascón publican su primera novela, ‘La Biblia bastarda’

Jugar con los tópicos, darles la vuelta, reinventarlos… A eso juegan los dos hermanos Tascón en esta obra, que supone su debut literario. La obra de dos ‘autores desconocidos’, como admiten en el epílogo, agradecidos por la confianza de la poderosa Planeta, a la que, como todos, suponían poco dada a las apuestas arriesgadas. Primer ‘farol’, obviamente: por mucho que se estrenen como escritores de ficción, entre ambos atesoran medio siglo de escritura, si bien publicada en papel prensa y no en tapa dura. Periodistas de largo recorrido, sus trayectorias darían para más de una novela: prensa nacional, radio, periodismo de agencia y digital, su apellido no ha dejado de sonar en las últimas dos décadas entre los más activos de la profesión.
Fuera de campo
Claro que a los Tascón, aparte de en las redacciones, es habitual encontrarlos entre libros, al tanto de las novedades de las librerías del madrileño barrio de Malasaña, donde vive Mario. Y ahí surge esta novela, cuya génesis resulta tener también una historia literaria detrás: en marzo de 2010, un librero de viejo les muestra una extraña carta fechada en los años treinta y dirigida al diario ‘La Voz’ por unos libreros ingleses, lamentando que su intermediación en la adquisición por parte del Museo Británico de un tesoro bibliográfico: el ‘Códice Sinaítico’, una biblia del siglo iv que contiene algunos textos apócrifos y ciertas variantes textuales que podrían poner en jaque la historia oficial del cristianismo.
A partir, pues, de ese hallazgo, ambos hermanos se embarcan en una intensa investigación que, además de su vertiente real, acabará desembocando en un relato de ficción no menos apasionante.
Materializar las ideas
El siguiente tópico que dinamita esta novela es la soledad del autor. Para bien o para mal, tras la lectura no se percibe que el texto haya sido redactado a cuatro manos. Cierto que quizá exista demasiada profusión de detalles, tras los que asoma la abundante documentación, pero la uniformidad estilística no da pistas acerca de las necesarias concesiones que a buen seguro tendrían que hacer ambos creadores.
Al contrario, se trata de un texto compacto, con cierto regusto arcaico –si es que se nos permite aludir así a la estética del siglo xx– y no exento de un humor capaz de corroer todo lo que se esconde por debajo de la línea de flotación de un mundo tan inestable como era la república española en 1934.
Narrada en dos líneas temporales paralelas, acompañamos al filólogo alemán Constantino von Tischendorf en su descubrimiento de la Biblia a mediados del xix, mientras que en el Madrid prebélico, desquiciado e inseguro, el periodista Emilio Ruiz reconstruye aquella misma historia, embarcándose en una peligrosa aventura de final imprevisible. Tinta y linotipias, trafico de armas y estupefacientes, chocolate y churros, chulapos y marxistas pueblan esta historia seductora en la que ni los lugares comunes son lo que parecen.
Tampoco falta el –este sí– esperado ‘homenaje’ a una profesión: junto a corresponsales en Londres que escriben sus crónicas sin salir de Madrid, no falta quien asegure que »el periodismo sólo es una forma, más elegante que otras, de colarse sin pagar en algunos sitios». Miserias y grandezas de un oficio que trasciende lo profesional hasta desembocar en lo vocacional.
Más información: labibliabastarda.com
Guillermo Balbona y Javier Menéndez Llamazares conversan con Paco Gómez Nadal en ‘La Vorágine’.
¿Puede un personaje histórico convertirse en personaje de ficción? ¿Importa algo la fidelidad a los hechos cuando está en juego una buena trama? Desde la escrupulosa voluntad de ceñirse a la historia del Laurent Binet de ‘HHhH’ a la recreación a medio camino entre la caricatura y el personaje que Boris Vian hiciera de ‘Jean Sol Partre’, las maneras de imbricar realidad y novela son múltiples y, como es lógico, de desigual fortuna: desde el tostón más o menos alambicado de la novela histórica hasta el recalcitrante delirio de la historia-ficción del controvertido Vizcaíno-Casas.
Mucho más original resulta la propuesta de Román Piña (Palma, 1966) en su reconstrucción de los meses que el general Franco pasó en Mallorca en 1933. Cierto que Franco, entonces, aún no era ‘el caudillo’, y que, lejos del culto a la personalidad a la española que posteriormente le rodearía, también tuvo una vida privada. Piña, no obstante, prefiere juguetear con la historia, tomar al melifluo personaje y darle la vuelta como a un calcetín. El laureado militar, tal vez hastiado del ardor guerrero, toma en la isla varios malos caminos: desatiende sus tareas castrenses, se convierte en músico de jazz, destila licor de hierbas y traba amistad con Robert Graves y practica el nudismo ‘avant la lettre’, entre otros desmanes. Todo con forma de diario que firma el mismísimo general, en cuya cuidada prosa se va trazando una vida llena de referencias culturales: librerías, cine, exposiciones…
Interferencias
Hasta aquí, todo podría parecer normal, o al menos plausible; para ponerle remedio, el autor introduce la segunda parte de la ecuación que da título a la obra: la musa. Y una musa tan inesperada como imposible en tiempos de la II República. Nada menos que Patricia Conde es el objeto de deseo imposible de un Franco cuarentón que, incluso, luce un tatuaje de la televisiva rubia.
Claro que las sorpresas no faltan en la novela, desde el planteamiento inicial hasta el desenlace –que, sorprendentemente, lo tiene–, sin menospreciar escenas tan hilarantes como ver a Largo Caballero convencido del corazón ‘socialista’ de Franco y ofreciéndole encabezar una candidatura electoral revolucionaria.
Destaca un demoledor prólogo con el que el autor parece querer exonerarse de toda culpa: con firma de un tal Randy Waters –periodista que se llama igual que el músico, aunque bien pudiera haberse llamado Manuel Vilas–, Piña amaña una especie de autoentrevista con la que pretende liberarse de los padecimientos de la promoción editorial, pero sin ocultar su escasa confianza en el éxito comercial de su novela. También aprovecha para despacharse con la novelística actual: «Hoy un libro se las tiene que arreglar para ofrecer en su mismo cuerpo una reflexión sobre su identidad, una interpretación de sí mismo, un quiste narcisista».
Fuera de página
Además de un escritor prolífico, Piña es desde hace años un editor independiente y comprometido, al frente de ‘La bolsa de pipas’ y otros proyectos editoriales. Buen conocedor de los resortes de seducción del lector, por la red circula un impecable booktrailer de la novela, de exquisita factura técnica, en el que el propio autor, entre a grabaciones de época, nos introduce en el universo de este diario inédito de un personaje que, como suele suceder, era mucho mejor en el libro.
[artículos publicados en EL DIARIO MONTAÑÉS, edición del 10 de abril de 2013]
Una voz y una creación que se cruzan con Cantabria
Sampedro tiene Santander como escenario de algunas de sus novelas, la Medalla de Honor de la UIMP y el premio Menéndez Pelayo. Antes, en los años 30, vivió y trabajó en la capital cántabra

Sampedro inauguró los cursos de verano de la UC en Laredo en el año 1990. | Foto: Manuel Bustamante
Guillermo Balbona | Santander
Su voz comprometida, su escritura, su mensaje humanista y la propia trayectoria vital de José Luis Sampedro se cruzan en Santander en diversos momentos de su biografía y creación. El escritor y economista barcelonés, aunque vivió en Tánger hasta los 13 años, en 1936, durante la irrupción de la Guerra Civil, trabajaba como ‘aduanero por oposición’ en Santander, hasta que fue movilizado por el ejército republicano al que abandonó para sumarse al bando sublevado. El caos y la crueldad de la guerra le alejaron finalmente de ambos bandos. Hijo de una buena familia, estudió y aprobó las oposiciones para funcionarios de aduanas que le condujeron hasta la capital cántabra. Precisamente sus años vinculados a la guerra y a Santander nutrieron la escritura de su segunda novela, ‘La sombra de los días’ (Alfaguara), escrita en 1947 pero publicada en los años noventa.
En esta obra, Sampedro novela la muerte de Antonio Castillo, durante la Guerra Civil española, detonante para que quienes le conocieron ofrecieron su personal visión del joven. Estos pasajes, con Santander al fondo en ocasiones, están construidos a traves de cuatro versiones: la del camarada con el que compartió los avatares del frente, la del amigo de la infancia que ha perdido todos sus ideales, la del compañero de juventud que rastrea los pasos de Antonio en el escenario de Santander y, finalmente, el nostálgico recuerdo de una mujer madura que encarnó para el protagonista el amor adolescente.
En el último cuarto de siglo la presencia en Cantabria del autor de ‘Octubre, octubre’, fue constante. Asiduo a las tribunas, ciclos y programas culturales de instituciones y entidades académicas de la región, Sampedro recibió el 2010 el premio Menéndez Pelayo, en su 24 edición, por sus «múltiples aportaciones al pensamiento humano» en sus facetas como economista, profesor y escritor. Seis años antes, el crisol de culturas del académico y autor de ‘El amante lesbiano’ era distinguido con la Medalla de Honor de la UIMP. Los cursos de La Magdalena acogieron su testimonio con regularidad y, en concreto, su obra protagonizó el ciclo de los Martes Literarios, bajo patronicio de El Diario Montañés. En ambas ceremonias para recibir los galardones de la UIMP Sampedro dejó una intensa huella de su pensamiento al denunciar que «el ser humano está mutilado pues su dios es el dinero» y que «vivimos en un mundo de barbarie, muy rico en ciencia y muy pobre en sabiduría».
Además, el escritor y académico, que siempre evocó con emoción su ligazón con la capital cántabra, publicó la pasada década un repaso a su biografía en ‘Escribir es vivir’, un proyecto nacido en Santander. «Creo más en el caos de la vida que en su organización racional. Mi lema no es pienso luego existo, sino siento luego existo. Y he sido un aprendiz de todo y un maestro de nada». Así se presentaba, a sus 88 años, de vuelta de casi todo, humilde y con un humor inmejorable, José Luis Sampedro.
La obra tuvo su origen en una serie de lecciones magistrales que ofreció en la UIMP, conferencias más que vitalistas, que transcribió «y mejoró su mujer Olga Lucas. «No he venido aquí a hacer retórica, ni literatura… he venido aquí a vivir, a vivir cuando se me está acabando la vida y, por tanto, a disfrutarla más» fue entonces su declaración de intenciones.
No obstante en su obra literaria las huellas santanderinas también asoman en libros como ‘Octubre, octubre’ y en ‘Real Sitio», a través de ciertas escenas pasadas de la vida de la protagonista.
Sampedro, además de sus charlas, también inauguró en Laredo la edición de los cursos de verano de la Universidad de Cantabria. En 2011, ya con el autor octogenario, afincado en Málaga, muy delicado de salud, el Palacio de Festivales acogió el estreno de la adaptación al teatro de su novela más emblemática ‘La sonrisa etrusca’ de la mano del director teatral José Carlos Plaza. Los actores Héctor Alterio y Julieta Serrano encabezaron el reparto de este montaje que fue adaptado al lenguaje escénico por Juan Pablo de las Heras. Un proyecto que trasladó el universo literario de José Luis Sampedro al teatro y vio la luz en la sala Pereda hace ahora dos años.
Economizar lágrimas
Javier Menéndez Llamazares | Santander
Eso quería Sampedro, según ha transmitido la familia: minimizar las pérdidas, hasta las sentimentales. Por eso su viuda, Olga Lucas, ha pedido »que se le llore lo menos posible y se siga la lucha». Y es que precisamente así era el escritor, combativo y desprendido, con ese mismo espíritu con el que sedujo a una legión de lectores que, en especial desde ‘Octubre, octubre’, le siguieron con verdadero fervor.
Aparte de su llamativa austeridad –ni siquiera tenía biblioteca propia en su casa de Cea Bermúdez; en parte, por su biografía viajera, pero sobre todo porque anteponía la vida a la memoria–, lo realmente fascinante de José Luis Sampedro es el prodigio de mantener viva la esperanza en un mundo mejor, superando una y otra vez los sucesivos desengaños con los que la realidad social le fue golpeando a lo largo de su vida.
Siendo apenas un muchacho, en Santander conocería dos desencantos: primero, el del extremismo revolucionario, que vivió en primera persona durante los estertores de la II República y los trece meses de contienda civil. Y, a continuación, el del totalitarismo, que sufrió a continuación y que le haría perder doblemente la guerra. Vacunado a la vez contra los excesos y la injusticia, estas vivencias darían un doble fruto: su literatura de amplio alcance y vocación reivindicativa, y su postura fieramente ética, que arranca en los años sesenta, con desplantes y desafíos al régimen dictatorial, y que continúa sin variar su esencia hasta los últimos días de su vida.
Precisamente esa etapa final, esos últimos años, quizás fueran los de más plenitud para el fiero intelectual que se escondía detrás de esa capa de sentimental humanidad. Y es que, en plena lucidez, su discurso de siempre, el que revisa los desmanes del capitalismo tardío y reivindica el sentido común y la anteposición de los valores humanos y cívicos antes que las frías cuentas de resultados, fue abrazado por el colectivo más inesperado: el de los jóvenes que, hasta entonces, creíamos apáticos. Generoso sin límites, ni siquiera reivindicó un teórico papel de ideólogo: se limitó a prologar a otros, como Hessel.
Sampedro, que aseguraba sentirse »mil veces indignado», fue la cara más reconocible de un movimiento que rechazaba los personalismos, sin dejar de reivindicar un mundo mejor, más cívico y más adaptado a la medida del hombre. No habrá, pues, lágrimas; le recordaremos con una sonrisa.
Salto de Página rescata ‘El viajero de Leicester’, su novela más fantástica
Que Guzmán no era tan ‘bueno’ lo sospechan desde siempre la mayoría de los habitantes de León; por más que señale imperturbable el camino de salida –con ese expeditivo «Si no te gusta León…» que la tradición popular le atribuye–, no deja de hacerlo con el arma del delito, en concreto con ese puñal que arrojara al enemigo cuando le amenazaba con degollar a su propio hijo, capturado por las huestes moras. Cierto que salvó la plaza, pero a qué precio, pensábamos a menudo los niños leoneses. ¿Tanto valía Tarifa? Sudores fríos caían por las frentes infantiles, sólo de ponerse en el lugar del desgraciado vástago del guerrero. ¿Guzmán el Bueno? ¿Good-man? Tal vez fuera un héroe, pero bueno, lo que se dice bueno…
Desasosiego
Estos pensamiento en voz baja –y otros aún más inconfesables– son reformulados con singular maestría por Juan Pedro Aparicio en ‘El viajero de Leicester’, tal vez la más fantástica de sus novelas, en la que retoma su particular territorio mítico, la ciudad de Lot, para mostrarnos su reverso. Bajo un sol diferente, los espacios son los mismos –la catedral, la plaza del Grano, la Candamia– pero todo es diferente: jaurías de niños apalean y mutilan a adultos, la policía se muestra temerosa, en La Pícara se aparecen los monarcas del viejo reino, e incluso el hasta ahora hierático Guzmán ha abandonado su pedestal en la plaza para recorrer la ciudad con su espadón desenvainado. En este mundo, que parece un reflejo del que conocemos pero con la polaridad trucada, se debe desenvolver Vidal, un joven apocado que, a punto de perecer ahogado en una fuente, es rescatado por Cristina, una misteriosa mujer que es también pretendida por Dani, el cabecilla de los pequeños salvajes. Tras una apasionada noche, la joven desaparece y Vidal tratará de encontrarla sorteando los peligros de un mundo que no termina de comprender.
Pericia técnica
Por supuesto, el mayor atractivo de ‘El viajero…’, más allá de la trama onírica y su estridente atmósfera, radica en todos los recursos que Aparicio despliega a lo largo del centenar de páginas que se hacen cortas para el lector. Los diálogos vibrantes, la construcción de personajes –los más trabajados invitan a la empatía, mientras que los secundarios, resueltos con apenas un bosquejo, despiertan de inmediato la emoción precisa: pánico, conmiseración…– o el don especial para caracterizar sentimentalmente lugares y escenas son el santo y seña del novelista, que en esta ocasión adorna además su obra con una elegante versión del tópico del ‘manuscrito encontrado’: el narrador sólo transcribe lo que le refirió otro ‘viajero’ durante un trayecto en ferrocarril hacia Leicester. Con la misma elegancia narrativa, Aparicio justifica la dualidad de mundos con un guiño cultista: las teorías del filósofo sueco del siglo XVIII Emanuel Swedenborg.
Rescate
La segunda oportunidad para este título llega de la mano de Salto de Página. Aparecida originalmente en 1998 a cargo del Centro de Estudios Ramón Areces, supuso una extravagancia editorial en la carrera de un escritor que por entonces tenía ya acceso a sellos literarios de primera línea. Sin apenas repercusión, han tenido que transcurrir quince años –el plazo de un contrato excesivamente largo, suponemos– para que esta inquietante novela pueda aspirar a la recepción que merece.
Ricardo Reques moderniza el relato fantástico en ‘El enmendador de corazones’
Si, según el profesor David Roas, la narrativa fantástica actual que se cultiva en nuestro país transita por los cauces de lo cotidiano, ‘El enmendador de corazones’, del cordobés de origen madrileño Ricardo Reques, no viene sino a confirmar que el verdadero extrañamiento, para resultar eficaz, debe surgir en los espacios más habituales.
Y ese parece el empeño de Reques, quien en su segundo libro de relatos ofrece quince muestras de cuidadísima prosa y una inclinación por lo fantástico no exenta de escarceos con otros géneros como el policíaco, la crónica de viajes de exploración o la novela de campus. Ricardo Reques habla de abrazar árboles y del contagio de las obsesiones; como es doctor en biología además de escritor, tiene a gala su espíritu científico, pero no oculta su preferencia por las carreteras secundarias, por el misterio que anida en lo aparentemente anodino y que creíamos conocido y hasta domesticado.
El carácter literario de este libro arranca mucho antes de abrir sus páginas; basta una simple búsqueda en la red para toparse con una serie de curiosísimas fotografías en las que la obra aparece en manos de un emocionado Calvino, sobre la cabeza de García Márquez o incluso en poder de María Kodama, que está leyéndoselo a Borges. Imágenes todas que forman parte de un original book-trailer que utiliza con gran tino las técnicas del ‘mockumentary’ o falso documental.
Dentro del libro, la tensión literaria no decrece; como si el empeño de Reques consistiera en llevar a cabo una adaptación contemporánea del género, la voluntad de actualizar la tradición se vuelve más patente en relatos como ‘Golpe de mar’, donde una inusual narración en segunda persona bien podría considerarse una moderna versión de la leyenda del hombre-pez.
Algo similar ocurre en ‘La vitrina’ o ‘Confesiones de un viejo loco’, dos historias interconectadas con la Córdoba califal como telón de fondo y que conectan con la más clásica literatura árabe, de genios y maldiciones. Hay espectros que surgen de la niebla o víctimas que desconocen que nunca llegaron a sobrevivir.
La ciencia es también un tema recurrente, con paleógrafos, biólogos capaces de resolver crímenes con viejos códices medievales o ángeles de la muerte con bata de cirujano, como en el cuento que da título al libro y que resultó premiado en 2011 en el certamen internacional de Relatos breve sobre vida universitaria.
No falta la ironía de alto voltaje, como en el curioso caso de un lector que se encierra en una biblioteca universitaria durante nada menos que tres décadas.
Dos relatos destacan especialmente: ‘El secreto de Tranell’ recrea ese antecedente de las leyendas urbanas que es la ‘vagina dentata’, con un enfoque que podría recordar a los cómics de Ralf König. ‘Tal vez ocurrió aquella noche’, el único relato ‘realista’ del libro, narra la noche triunfal de un joven que, al despertar, no es capaz de distinguir si todo ha sido un sueño o si el alcohol ha borrado su memoria. «Sólo se ha vivido lo que se recuerda», afirma el narrador. En algunos casos, también lo leído puede resultar inolvidable.
Germán Gullón fabula en ‘La codicia de Guillermo de Orange’ una confabulación financiera con la crisis de la deuda pública como telón de fondo
No es que se estile hoy en día precisamente el compromiso intelectual en la novela española; en su lugar, estamos acostumbrados a padecer poses con diversos grados de progresía, siempre abordando los más manidos temas de actualidad: la memoria histórica, el robo de niños, la violencia de género… Encontrarse, sin embargo, con una obra de ficción que profundiza en la problemática estructural de nuestra sociedad sin caer en los clichés o las pantomimas supone no sólo una grata sorpresa, sino una reconfortante reconciliación con la narrativa actual.
Conjura
Con la derrota en la final del mundial de Sudáfrica como excusa, un oscuro grupo ultranacionalista holandés inicia una campaña de desprestigio de todo lo español. Con el exaltado Guillermo de Orange, el rey que se enfrentó al imperio de los Austrias en el siglo XVI, como emblema, las acciones de estos vándalos de etiqueta –‘cerdos con corbata’, llega a escribir el autor– abarcan desde la intoxicación informativa hasta los ataques directos, como el que sufren un catedrático de Español y una estudiante. A medio camino entre los Países Bajos y España, Gullón nos conducirá por una trepidante trama de novela negra que, sin limitarse a las restricciones de género –aunque no faltan ni el misterio, ni la investigación, ni siquiera los sempiternos policías–, terminará por desvelar que tras el entramado ideológico se ocultan en realidad meros intereses económicos.
Crítico
Con inusitada vocación de crítica social, Germán Gullón disecciona sin anestesia el complicado momento actual, identificando sus orígenes en las devastadoras políticas de Reagan y Tatcher y mostrando su profunda preocupación por la cada vez más acusada fractura económica de nuestra sociedad. Temas candentes como la asimetría europea –con alusiones al ‘cinturón del ajo’–, el desmantelamiento de las garantías sociales o el gobierno en la sombra de los lobbies y conglomerados empresariales son tratados con singular arrojo.
Aún más interesante resulta el análisis de fondo sobre el largo proceso de postergación de la enseñanza pública, con especial atención a los peligros de potenciar la universidad privada, utilizando como ejemplo el sistema norteamericano, al que define como ‘mecenazgo interesado’. Y Gullón, sin duda, sabe de lo que habla: le avala su larga trayectoria como catedrático de literatura española en Pensilvania, California y Ámsterdam.
Lúdica
Que el escritor se ha divertido durante la redacción de la novela resulta evidente; las pruebas están, entre otras innegables evidencias, en juegos como el que Gullón plantea con los títulos de cada capítulo que, en un afán más allá de lo descriptivo, pueden leerse de corrido en el índice, conformando todos juntos un resumen de la trama. Tampoco se priva de un guiño al lector, dejando al crítico literario asomar en algunos pasajes del libro. Así, el Gullón novelista desliza con suma habilidad opiniones sobre Stieg Larsson, George Orwell o Benito Pérez Galdós. Como toque final, se fabula incluso con la propia novela: traducida al neerlandés, se llega a insinuar quién podría esconderse detrás de algunos personajes, incluyendo al alter ego del propio autor.
El poeta Carlos Alcorta nos presenta su último libro, Vistas y Panoramas (ed. Eclipsados, 2013).
Luis Mateo Díez reúne en ‘Fábulas del sentimiento’ doce novelas cortas publicadas en la última década
Prolífico hasta el asombro, Luis Mateo Díez (Villablino, 1942) acaba de compilar en ‘Fábulas del sentimiento’ nada menos que una docena de novelas cortas, dispersas hasta ahora en cuatro libros publicados en la primera década del siglo.
Sin ninguna conexión temática o formal entre ellas, bajo la denominación genérica de ‘fábulas’ el académico reincide en su particular imaginario de cotidiana resignación y sublevación inmóvil, con el más fino humor como arma de resistencia masiva. La amistad, la adolescencia, la familia, la enfermedad, el amor… los grandes temas de Díez recorren estas novelas a través de sus siempre entrañables personajes, cuyo atractivo comienza por los peculiares nombres que tanto gustan al narrador: Ciro Nistal, Cosmo, Dega Lombay, Sesmo Concejo, Doña Cima… Nombres que ya invitan al relato, sin duda, como también lo hacen sus no menos sugerentes topónimos: lugares como Armenta, Oceda, Ordial o la ciudad de Doz tan sólo pueden existir en un universo narrativo de una densidad y consistencia capaz de atrapar al lector de tal modo, que quedará sin remisión a merced del novelista, como si fuera uno más de sus extraviados ‘príncipes del olvido’.
Unas ‘fábulas’ a las que, pese a la carga moral que parece conllevar la definición, más que buscar la ejemplaridad, es preferible asomarse con empatía: en ellas no late otra cosa que la propia vida, con sus pequeñas miserias y sus delirios cotidianos.
Media distancia
En la introducción define Díez sus relatos como ‘novelas cortas’; además de lamentar el escaso interés que suscita el género hoy día en nuestras letras, desliza con falsa despreocupación una confesión, vistiendo los ropajes del aprendiz en un arte nuevo y casi anticipando una disculpa por su voluntad perfeccionista.
El asunto del género, en constante reajuste, daría pie a una discusión bizantina o incluso una guerra fronteriza para marcar los límites entre novela corta y relato ‘largo’; aunque, por lo general, las ‘fábulas’ oscilan entre las cuarenta y las sesenta páginas, el ‘Eco de las bodas’ cuenta con apenas veinticuatro. Hay que buscar, por tanto, la esencia novelesca más en la voluntad narrativa que en la extensión; en todo caso, estas pequeñas disquisiciones no restan un ápice de maestría al verdadero fuerte del autor: la narración, con independencia de las distancias.
Claro que para Luis Mateo Díez la novela corta supone un territorio, más que conocido, explorado y recorrido con profusión; de hecho, ya en 1977 reunió en ‘Apócrifo del clavel y la espina’ dos novelas cortas que, en cierto sentido, también podrían considerarse como fábulas.
Recopilación
Claro que el libro no está exento de cierta ‘trampa’ editorial: las doce fábulas fueron ya publicadas por la propia Alfaguara entre 2001 y 2008 en bloques de a tres, en los celebrados ‘El diablo meridiano’, ‘El eco de las bodas’, ‘El fulgor de la pobreza y ‘Los frutos de la niebla’. La única novedad radica en que esta vez el orden, como si de una famosa saga galáctica se tratase, se atiene a la intención original del autor. En todo caso, la propia unidad temática justifica la recopilación, aunque al lector que ya ha adquirido alguno de los tomos anteriores obviamente no le va a hacer demasiada gracia esta política de ‘greatest hits’.




