El Diario Montañes

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El tiempo de los secretos
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Javier Menéndez Llamazares | 18-05-2015 | 10:55| 0

La realidad tras las apariencias vertebra ‘La vida de las paredes’, el sorprendente debut narrativo de la ilustradora Sara Morante

 

 

Un simple agujero en un pared puede hacer muy feliz a un hombre; o eso sintió Fernando Ruballo al descubrir que el tabique de su paragüería aún sin inaugurar daba exactamente al cambiador de la boutique contigua. Claro que la felicidad no es algo que se atisbe detrás de un orificio, precisamente, aunque algo parecido sucede en ‘La vida de las paredes’, la obra con la que se estrena como novelista la ilustradora Sara Morante.

Paredes como división y como nexo de unión, como símbolo de lo que se comparte y de lo que separa a unos y a otros, la autora parte de unas coordenadas minuciosamente imprecisas –el número dieciséis de la calle Argumosa, en no se sabe qué ciudad, y en algún momento del siglo pasado– para presentarnos más que a un edificio, a sus moradores, cuidadosamente estratificados según su estatus social: en la planta noble la propietaria, Berta Noriega, rentista que ha heredado el edificio y que ejerce el mecenazgo musical, a la manera de los ‘salones’ de las grandes damas parisinas, pero que en realidad es una tapadera para sus escarceos lésbicos. En el segundo viven los López-Valero, empresarios con ensoñaciones pequeño-burguesas y desdén hacia los que consideran inferiores. En el tercero, el paragüero Ruballo en una mano, y María la costurera en otra. Uno quiere dejar de ser viajante y abre un pequeño comercio. La otra sólo quiere comer, y su lucha diaria por la supervivencia la arrastra a todo tipo de infiernos. En la base del edificio, y de la pirámide social, están los porteros, Carmen y Emilio. Auténticos desheredados, no es de lo material de lo que carecen, sino que la prematura muerte de su hijo les ha privado de lo fundamental: la alegría, y la cordura, respectivamente.

Fuera de todo orden, en la buhardilla, habitan los desclasados: el artista y su Musa. Ni siquiera tienen nombre. Podrían ser el amor y la indiferencia, o la frustración y el talento.

Con estos mimbres arma Morante una historia coral, una suerte de friso vívido en el que vamos a acompañar a los personajes durante apenas unos días, que servirán de metáfora del mundo en un recorrido que mostrará que nada es lo que parece, y que bajo la más convencional de las apariencias laten mil pasiones contradictorias, en cuyas confluencias puede prender la tragedia en cualquier momento.

 

La vida secreta

 

Todos los habitantes de Argumosa, 16 tienen algo que callar. Parte de su pasado, sus oscuras intenciones o sus deseos inconfesables. Incluso los más inocentes, como Carmen, la portera, guardan los secretos de los demás. La propietaria oculta sus relaciones de pareja. La mujer del empresario oculta su tedio matrimonial tras una capa de arrogancia. Su marido oculta a su antiguo amor. El hijo de ambos oculta fotografías de mujeres desnudas. El paragüero espía a su vecina por un agujero en la pared. Su vecina oculta un embarazo no deseado. Tan sólo los artistas no se preocupan por esconder nada: él la abandona por una copia más joven de ella misma, la Musa derrama su dolor sin tapujos. Tampoco el portero puede ocultar su locura, convencido de que las gárgolas del tejado tienen vida y se dedican a hacer el mal descontroladamente.

 

Claro que los secretos son difíciles de guardar. Las paredes no son precisamente de papel, pero aún así todo termina aflorando a la superficie. Porque la costurera podrá ocultar que el hambre la empuja a las mayores bajezas, pero en este caso, como en el dicho popular, «las paredes tienen ojos». En concreto, los del vecino.

 

Dos mujeres

 

Pese al carácter coral, enseguida dos personajes cobrarán protagonismo en el relato; son los dos más trágicos, tal vez el punto más débil no sólo en ese microcosmos sino en toda realidad. Las dos son mujeres, y ambas caen en la indefensión; una, porque está sumida en la pobreza. La otra, porque está impedida. Se diría que en estas dos tragedias resume y ejemplariza Morante todos los males del mundo. Males que llegan en forma de desgracia, de hambre, de desamor, de abandono. Males de los que no son responsables sus víctimas, o al menos no totalmente. Las dos reaccionan de forma distinta ante la adversidad, pero para ambas es inevitable el sufrimiento.

María, la costurera, es una joven activa a la vence la pobreza, pero que no renuncia a la curiosidad. De su mano, descubrimos una de las más hermosas tramas de la novela, la que realmente dota de vida a las paredes: en la casa burguesa, las fotografías se mueven. O, más exactamente, las imágenes dentro de las fotografía. Separados por un matrimonio de conveniencia, Adela decide casarse con el cuñado de Roberto. Sus fotografías, colgadas en la pared, acaban por cobrar vida propia, y ambos conseguirán sobre el papel fotográfico lo que les fue denegado en el mundo real. Claro que para María las ensoñaciones románticas se terminan cuando aprieta la necesidad, y estará cerca de perder la vida cuando su embarazo se malogre. De todo será testigo su vecino Ruballo, quien sólo en el último instante abandonará su actitud contemplativa, pero no para ayudarla, sino para alertar a alguien que la auxilie.

Para quien no habrá ayuda posible será para la Musa; antigua equilibrista circense, su enamoramiento del pintor no sería bien encajado por su marido, el forzudo del circo, que cortaría su alambre durante el espectáculo, acabando con su carrera para siempre. Cuando también el amor del artista se apague –los artistas sólo se aman a sí mismos, defienden algunos–, quedará en entredicho su propio sentido en el mundo; no en vano, hasta su identidad se conforma no por sí misma, sino orbitando alrededor del artista; ella es, simplemente, su Musa.

 

Un recorrido cromático

 

Refugiada en un estilo cuidado y engañosamente imparcial, Sara Morante ha logrado una novela consistente y seductora, que transita delicadamente de lo descriptivo a lo emocional, y que consigue retratar un ramillete de personajes universales que encarnan muchos de los vicios y virtudes del mundo moderno. Como si de una actualización de las novelas jamesianas se tratara, esta lectura verdaderamente deliciosa se complementa con las personalísimas y siempre eficaces ilustraciones de la autora, que explota al máximo sus recursos expresivos en una treintena de estampas que tienen también su propia evolución gráfica: de los tonos pastel, propios del papel pintado, avanza a escenas más ténebres, más radicales, en las que los colores primarios van ganando terreno, en especial sus inseparables rojo y negro.

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Nocturna ediciones rescata la ópera prima de Daniel Kehlmann
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Javier Menéndez Llamazares | 18-05-2015 | 10:50| 0

Trucos de manos

 

Título: La noche del ilusionista. Autor: Daniel Kehlmann. NOVELA. Ed. Nocturna, 2015. 186 pág., 14,50 €.

‘Pressereif’ es un concepto alemán cuya traducción no es muy compleja en el plano lingüístico –‘maduro para la imprenta’, vendría a significar–, pero sí en el cultural. Y es que el término, más que a una obra lista para ser bendecida por el invento de Gutenberg, suele aplicarse a un autor, cuando se considera que ya ha conseguido una prosa merecedora de verse en letras de molde.

Daniel Kehlmann (Munich, 1975) alcanzó ese oficioso estatus tal vez algo precipitadamente, cuando con apenas veintidós años publicó su primera novela, ‘La noche del ilusionista’, en 1997. Aún habría de pasar una década hasta que llegase su gran éxito de ventas, ‘La medición del mundo’, pero su ópera prima ya consiguió una recepción amable por parte de la crítica, incluyendo reseñas en diarios tan prestigiosos como el Frankfurter Allgemeine, si bien no tanta fortuna comercial. Anticipa, eso sí, algunas claves de su obra posterior.

En la novela, nos habla directamente el ilusionista Arthur Beerholm. Lo hace desde algún momento indeterminado de la segunda mitad del siglo XX –aunque la cronología aquí no resulta muy trascendente, pues el tiempo resulta más bien nebuloso–, también desde lo alto de una torre de televisión –la geografía tampoco importa demasiado; en lugar de topónimos concretos se habla más de ‘la ciudad’–. El mago, retirado en la cúspide de su éxito, escribe compulsivamente sobre su propia vida, comenzando por su infancia, su familia adoptiva y la pérdida traumática de la figura materna. Tras un comienzo algo farragoso –pesa la tradición germánica, en la que la reflexión prevalece sobre la narración–, y el obligado repaso a la infancia y etapa escolar, el relato va ganando cuerpo y centrándose en la compleja personalidad de Beerholm, un niño bien carente de afecto e indiferente ante cualquier emoción, que ve el mundo con los ojos del científico. Tan sólo la prestidigitación consigue superar a su juvenil afición por las matemáticas, truncada tras una mala experiencia sobre el escenario. La pirueta argumental llegará cuando el protagonista se empeñe en estudiar teología y tomar los hábitos menores, siendo evidente su descreimiento. Pero tras asistir a una representación del magistral Van Rode, que hace bailar los objetos y llena las tazas de café, Beerholm se empeñará en convertirse en ilusionista, hasta el punto de llegar al convencimiento de que realiza verdadera magia.

Con tintes oníricos, episodios febriles y estructura circular, Kehlmann construye un relato apasionante, paradójicamente, con un personaje que casi podría padecer el síndrome de Asperger. Pese al ritmo en ocasiones lento que propician las constantes reflexiones, el relato más que leerse se devora, en pos de un final que el autor va preparando cuidadosamente, haciendo que la frustración crezca como una larva dentro del éxito.

A pesar de la muy meritoria labor de Helena Cosano con la versión en castellano –por cierto, que la importante tarea del traductor cada vez recibe más reconocimiento, en concreto apareciendo en la portada del libro–, el inevitable ‘lost in traslation’ escatima mordiente al título de la novela; el original alemán es ‘Beerholm Vorstellung’, que juega con la polisemia de ‘vorstellung’, que lo mismo puede ser ‘espectáculo’, ‘concepto’ o ‘imaginación’. Curiosamente, todos las acepciones del término encajarían, pues lo que el ilusionista nos ofrece, más que una representación, pretende que se una concepción del mundo; una concepción que trasciende lógicamente el realismo, y que a menudo se funde en el relato con lo imaginado por el narrador.

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Martín Abrisketa explora el lado humano de la tragedia en ‘La lengua de los secretos’
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Javier Menéndez Llamazares | 11-05-2015 | 12:40| 0

La emoción frente a la ortodoxia

 

Título: La lengua de los secretos. Autor: Martín Abrisketa. NOVELA. Roca Editorial, 2015. 528 pág., 19,90 €.

En la lengua de los secretos, el vasco, existen más de cien formas de decir mariposa, nos desvela esta novela. Claro que Martín Abrisketa (Bilbao, 1967) no nos va a ofrecer un tratado filológico, sino un pedazo de su propia memoria familiar, a través de la peripecia de su padre, Martinxo, y su tía Matilde, dos niños que sobrevivirán a la guerra y el exilio gracias al poder de la imaginación.

Sorprendentemente, estamos ante una novela dentro de una novela, que a su vez es un libro de cuentos. Y es que se se trata del relato de un escritor y su propia lucha, su viaje a los avernos interiores de la memoria y las relaciones paternas; el escritor escribe su obra, que resulta ser una novelización de la realidad: la historia de su padre y su tía, dos niños de la guerra. Claro que, más que la gran historia, lo que nos refiere es el relato que el propio niño va componiendo durante el transcurso de los hechos, y que posteriormente se consolidarán como un relato oral que transmitir en familia, en el que lo imaginado tiene tanto peso como lo vivido, y la ficción adquiere carta de naturaleza en la reconstrucción de la propia biografía. Es decir, que Martín Abrisketa narra la historia de Martín Abrisqueta Mendívil, pero lo hace además desde una triple perspectiva: histórica, retrospectiva y fabulada. Una auténtica pirueta literaria en la que tal vez resida el verdadero valor de una novela a la que, con sus luces y sus sombras, no le faltan valores absolutamente deslumbrantes.

Y es que quienes se han enfrentado al reto de novelar su propia historia familiar saben que la verdadera dificultad está en la toma de decisiones. Primero, hay que elegir entre buscar la veracidad y quedarse con la leyenda. Porque, casi siempre, el atractivo de estos relatos radica en todo lo que se ha añadido a posteriori, en la forma en que se adorna, que cuenta mucho más que la propia realidad –infinitamente más prosaica, por lo general. Después, hay que optar por el punto de vista, que nos puede conducir a hacer más metaliteratura que literatura, por mucho que hoy se le llame ‘autoficción’. Finalmente, se decide el tono, en una gradación que puede oscilar entre la hagiografía y el ajuste de cuentas.

Quizás ‘La lengua de los secretos’ se acerque más al ‘relato real’ que propone Javier Cercas, porque si bien el autor no pretende en ningún momento ocultar tanto su predilección por los hechos fantasiosos, ni tampoco las deudas pendientes en la relación con su padre, el respeto a los hechos históricos, apoyado en una documentación sólida, propicia un más que grato equilibrio entre ficción y memoria, que acentúa el carácter novelesco de la obra.

Más ingrata resulta cierta aplicación de la técnica del escritor, nada ortodoxo en la puntuación y las acotaciones de los diálogos, así como cierta tendencia a explotar el trasfondo emocional de personajes y situaciones. En cualquier caso, se trata de veniales pecados de neófito, que en absoluto entorpecen el disfrute de una obra conmovedora y brillante, que trasciende los debates de la memoria histórica para convertir su relato nada más y nada menos que en pura literatura.

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Marta San Miguel apuesta por la reflexión honesta en su segunda entrega poética, ‘El tiempo vertical’
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Javier Menéndez Llamazares | 01-05-2015 | 10:22| 0

Morder el anzuelo

Título: El tiempo vertical. Autora: Marta San Miguel. POESÍA. Col. A la sombra de los días, nº 1, 2015. 61 pág., 5 €.

Algo tiene de hipnótico la poesía de Marta San Miguel (Santander, 1981), que consigue cautivar al lector de forma casi imperceptible, como si con sus palabras fuera tejiendo una red invisible que conduce, de forma inexorable, a la conclusión de cada uno de sus textos, y a través de todos ellos a hilvanar un friso, consistente pero vívido, de su propia existencia.

Lo que la poeta propone lo deja bien a las claras desde el propio título: pese a apelar constantemente a la lentitud, a la calma y casi a la contemplación, consciente de la trepidante fugacidad del tiempo, lo que nos regala un fragmento, una suerte de rayo, de corte transversal que sirve de cala vital, de retrato sincrónico de un momento concreto. Un pedazo de ‘tarta’ en el que sus diferentes capas dejan entrever una existencia caleidoscópica, en la que desde el plano íntimo y el familiar se trasciende, se abre a los demás y al mundo, a través de la reflexión y, sobre todo, de la observación y la memoria.

Con habilidad inusitada, y tras un delicado y original preámbulo musical –casi se diría que fuera la banda sonora de la obra–, abre la autora su libro con un poema sin título y en letra cursiva, como restándose importancia, en el que anticipa las claves del poemario: lo inevitable frente a la suerte, la lentitud frente a la fugacidad, y la honestidad como llave maestra. Lo cierra de nuevo en itálicas, como hablando al oído del lector, para ensayar su visión personal del ‘tempus fugit’. Entre medias, la mirada toma el protagonismo con cuatro bloques autoexplicativos: ‘Verse, vernos’, ‘Ver en ti’, ‘Ver el fondo’ y ‘Ver adentro’, es su viaje de lo particular a lo universal, para terminar en una búsqueda esencial.

El poemario está, además, salpicado de hallazgos de rara belleza, como el «cálculo caníbal» del mordedor de uñas, el arte de «partir en dos la luz para que la vida suceda» o la «memoria de la maleza», una imagen absolutamente sugerente que, por fortuna, no tiene reflejo en una obra, la de San Miguel, depurada en lo estético, que huye de alardes y alharacas y que concentra su fuerza expresiva en el propio lenguaje, que moldea desde una aparente sencillez hasta lograr transmitir sus cuidadosamente estudiadas cargas de profundidad. Nos habla de la nostalgia, el anhelo, la memoria, la infancia; pero también de la banalidad, de la rutina, del compromiso o de la ingenuidad, en un repaso casi catalográfico de la contemporaneidad más rabiosa.

Aparte del texto, llama la atención de este libro su concepción editorial, con un diseño añejo que parece conducir al ojeador a un extraño viaje en el tiempo, en concreto a los años setenta, con su tipografía de palo seco y su portada a dos tintas, imperativos de las carísimas imprentas de entonces, que roba además protagonismo la bella ilustración de cubierta de Martínez Cano. Casi se diría que la colección opta por un aspecto previo a la era de mac y la preimpresión digital, en contraste con un interior en garamond, más en la estética del cambio de siglo, que tal vez no resalte como merece un poemario valioso como es este ‘El tiempo vertical’.

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Nocturna Ediciones recupera en castellano el exitoso debut de Kazumi Yumoto, ‘Los amigos’
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Javier Menéndez Llamazares | 22-04-2015 | 11:42| 0

Aprender a vivir

 

Título: Los amigos. Autora: Kazumi Yumoto. Ed. Nocturna, 2015. 211 pág., 14,90 €.

A los doce años, Yamashita pierde a su abuela, y el primer día que regresa al colegio los amigos le saludan con un: «¡Eh, gordinflón! ¿Es verdad que tu abuela estiró la pata?». Y con esa espontaneidad que sólo puede dar la edad, el muchacho contesta con total naturalidad: «Sí, estiró la pata», y les relata el funeral y la incineración, además de describir el gesto del cadáver, con la inocencia de quien no ha terminado aún de asimilar lo ocurrido.

Para el joven Yamashita y sus amigos Kawabe y Kiyama (quien narra la historia), este será el primer contacto con la muerte de alguien cercano, y despertará en ellos una curiosidad insaciable; tanta que, convencidos de que un anciano del vecindario fallecerá en breve, se proponen espiarle con la intención de poder ver con su propios ojos un cadáver.

Comprender la muerte es parte de la formación de toda persona, en el largo camino hacia la vida adulta, y nuestros muchachos lo harán a través de este propósito morboso y algo alocado, que provocará que se inicie una especie de juego en el que, inesperadamente, el propio anciano terminará por participar, porque entre sus planes no está precisamente el morirse, sino que traba contacto con sus inesperados observadores, con los que acabará compartiendo su experiencia de la vida.

La novela, así, orbitará alrededor de la relación, y sobre todo las conversaciones, entre los tres jóvenes y el anciano, que les servirán para mucho más que satisfacer su curiosidad por la muerte; hablarán sobre la amistad, la guerra, el futuro… Algo que les servirá, además, para plantearse qué rumbo quieren dar a su propia existencia.

Nos hallamos, pues ante una novela de iniciación que tiene todos los ingredientes para captar la atención del lector: temas universales e inmortales, como la vida, la muerte, la adolescencia y el descubrimiento del mundo; la distancia generacional, que en principio parece insalvable, será superada mediante la amistad, y sobre todo mediante la comunicación; los tres jóvenes también descubrirán la importancia de los demás; y sobre todo un dibujo de personajes que parte de lo prototípico (uno es el estudiante desgarbado, otro el gordito de la clase, y otro el friki, tres papeles imprescindibles en cualquier aula que se precie) pero que es capaz de trascender las etiquetas para mostrar que, incluso en Japón, no basta con los prejuicios para catalogar a las personas.

Si además añadimos un estilo delicado y levemente irónico, y unas aventuras divertidas pero no tan disparatadas como para perder verosimilitud –como la pequeña travesura de orinar por la ventana, tratada con más humor que escatología–, un estilo de evocación de la juventud más romántico que desengañado, y un puñado de escenas tan memorables como la de la mujer del miso –la ‘leyenda urbana’ de cómo la esposa de un fabricante de miso, que se citaba con su amante en el almacén, se vengaba sibilinamente del adulterio, acabando con ambos amantes, él despeñado y ella emparedada en el almacén; claro que, desde entonces, como si de una maldición se tratara, ya no se pudo volver a elaborar miso en aquella casa, hasta entonces la más próspera del lugar; la pasta se agriaba y se pudría. Y la viuda acabaría convirtiéndola en una pensión–.

En definitiva, una deliciosa novela para jóvenes, que seguramente disfrutarán mucho más los adultos.

 

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Xandru Fernández reconstruye en ‘Las ruinas’ la esencia de la cuenca minera
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Javier Menéndez Llamazares | 13-04-2015 | 11:47| 0

De una tierra agujereada

 

Autor: Xandru Fernández. Título: Las ruinas. NOVELA. Ed. Baile del Sol, 2015. 248 pág., 15 €.

En muchas ocasiones, el verdadero placer de una novela no se encuentra en su construcción, en la trama o siquiera en sus personajes; a veces basta simplemente con una escena afortunada para que un buen libro se convierta en una obra seductora.

En ‘Las ruinas’, por ejemplo, mientras suena de fondo ‘Héroes’, de David Bowie, Orlando conversa sobre películas de monstruos con Isra, su amigo de la infancia, en un garaje reconvertido en baúl de recuerdos –allí se almacenan juguetes viejos, balones deshinchados, radios desmontadas pieza a pieza–, surge la reflexión: antes «los malos eran malos de verdad. La maldad era pura»; el pensamiento persigue, más que la democratización del mal, analizar su percepción y su recepción. La pura maldad estaría en su representación: «la maldad de un crimen no está en su ejecución, sino en su diseño», concluye Orlando. A la escena sólo le falta que, en lugar de escuchar la música en cedé, hubieran rescatado un viejo vinilo.

Claro que estas ‘Ruinas’ hay mucho más que escenas excelentes, regusto a nostalgia ochentera y reflexiones semiológicas; a través de tres líneas de tiempo y tres hermanos de la cuenca minera Xandru Fernández (Turón, 1970) reconstruye buena parte de la intrahistoria asturiana –‘El Valle’, en la novela– del pasado siglo. Y lo hace con los materiales más literarios que encuentra a su alcance, que no son sino la ficción y la realidad. Con ambas jugará Fernández a confundirlas, sobre todo dentro del relato, en el que, a la manera de las leyendas urbanas o la etimología popular, acabará importando más el resultado que el proceso. Y es que en la primera línea temporal la trama nos presenta a un aviador alemán que estrella su avión en la Asturias republicana de 1937, pero quienes lo narran no sólo no fueron testigos directos sino que ni siquiera pueden estar seguros de la veracidad de los hechos. Quedan, eso sí, pruebas implícitas, como el apelativo familiar de los supuestos descendientes, apodados desde entonces ‘los Alemanes’; Rosa ‘la alemana’, su madre, sería por tanto la ‘consecuencia colateral’ de la aventura del piloto teutón en la guerra civil. La segunda y la tercera líneas están aún más  imbricadas: desde mediados de la última década, con los tres hermanos ya maduros, se desvelará un suceso traumático que, en el año 80, marcaría sus vidas y la relación entre ellos.

Claro que el paisaje social resulta mucho más frondoso; Fernández nos presenta una sociedad cuyo eje identitario es la actividad minera –«¿Nunca lo has hechado de menos», preguntan a Antón, minero retirado–, que forma sobre el terreno agujereado poblados al servicio de cada mina, que terminarán por convertirse en meras ruinas.

Sin embargo, pese a que El Valle tiene tal presencia que parece hacer que las vidas de todos los personajes, incluso los que viven muy alejados, orbiten a su alrededor, siempre está presente la constancia del mundo ‘exterior’: por un lado, los emigrados como la rumana Dioti, y por otro las continuas referencias a culturas populares –como el punk– sirven para marcar fronteras, más generacionales y culturales que geográficas, si bien también sirven para reforzar la coherencia de grupo frente a colectivos ajenos: «[de Londres, en el 79,] volviste hecho un bujarrón].

Destaca la decisión de narrar en presente una recreación del pasado, como también resalta un estilo pulcro y en apariencia neutro, que cede la atención al retrato social y humano de un mundo en desaparición.

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Alpha Decay rescata la visión de los años sesenta de Geoffrey O’Brien
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Javier Menéndez Llamazares | 13-04-2015 | 12:08| 0

El sueño eterno

 

Título: Tiempo de soñar. Episodios de los sesenta. Autor: Geoffrey O'Brien. ENSAYO. Ed. Alpha Decay, 2015. 192 pág. 18,90 €.

En Cuatro Caminos, en un entresuelo que da a la plaza, luce una bandera roja con la silueta del Ché estampada. Una imagen inconfundible que, aunque se vea cada vez menos, conserva todo el magnetismo pop que la convirtió, más allá de su significado político, en un icono de los años sesenta. Claro que entonces, mucho antes de que el sistema asimilara esta imagen –y buena parte de la rebeldía de la década–, en lo que Guy Debord denunció como ‘recuperación’ por parte del capitalismo, para los jóvenes de aquel tiempo la figura de Ernesto Guevara sí que tenía un significado muy claro: el activista exquisito, un hombre centrado que «lo daba todo sin reservarse nada», un monje de una nueva fe que propugnaba «odiar al enemigo con amor revolucionario». Y es que hablamos de un momento en que un ‘gurú’ como Abbie Hoffman se atrevió a afirmar que «el ataque del Vietcong a la embajada estadounidense en Saigón es una obra de arte».

Lo explica Geoffrey O’Brien en ‘Tiempo de soñar. Episodios de los sesenta’, un libro a medio camino entre la no-ficción y la literatura autobiográfica publicado originalmente en 1988 y cuya versión al castellano acaba de presentar la editorial Alpha Decay, dentro de su colección ‘Héroes modernos’. Son un total de trece ensayos en los que explora diferentes aspectos de la historia cultural norteamericana, partiendo la particular geografía social de la época: abre el fuego con la vida cotidiana de su generación durante la infancia en los años cincuenta, y relata la bonanza de una época en la que las clases populares accedieron a un alto nivel de vida y poder de consumo, tal vez el mejor momento económico de la historia para los trabajadores , que incluso conquistaron espacios urbanos como el típico ‘suburbio’ norteamericano.

A partir de ahí, toman las páginas la industria cultural, el cine, la literatura, los hippies, la intocable alta sociedad, las drogas, las revoluciones marxistas y, sobre todo, el gran catalizador de toda la rebeldía de la época, la música pop. Un auténtico torbellino de ideas que, lejos de desmitificar una época irrepetible, parece ahondar en el convencimiento de que las expresiones del underground de una generación suelen convertirse en la alta cultura de las siguientes –tal como explicara el académico Michael Rockland en ‘¿Por qué estudiar basura?’–.

En el aspecto formal del texto, si Ricardo Gullón estudió minuciosamente la novela lírica, tal vez no estuviera de más perfilar también el ‘ensayo lírico’, tal vez la etiqueta en la que mejor encaje esta obra singular, en la que el estilo parece preocupar al autor casi tanto como el contenido. Bien es verdad que, en beneficio del lector, quizá fuera preferible que O’Brien prescindiera en algunos momentos de su prosa barroca y su tono en ocasiones épico y a ratos de colega, en una especie de movimiento de alejamiento y distanciamiento que en cierto modo mimetiza los procesos sociales que glosa el texto, en un mundo que estrechaba las distancias intergeneracionales, de clase y entre hombres y mujeres, pero que mantiene las estructuras socio-económicas que el sector más joven de la población pone en cuestión o incluso rechaza diametralmente.

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Francisco Nixon, el escritor detrás del músico independiente
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Javier Menéndez Llamazares | 30-03-2015 | 11:37| 0

Héroes de los noventa

 

Título: Aprendiz de Kung-Fú. Autor: Francisco Nixon. ENSAYO. Ed. Chelsea, 2014. 84 pág., 15 €.

Más que leerle, a Francisco Nixon habitualmente se le escucha, y no sin atención; de hecho, en los últimos veinte años le hemos escuchado mucho todos, y algunos hasta sin saberlo, porque suya era una de las canciones de más éxito en los años noventa, el famoso ‘Chup chup’ de ‘Historias del Kronen’, la adaptación de la novela de Mañas.

Claro que Nixon, entonces en Australian Blonde, no encaja con el perfil de estrella pop y tampoco parecía estar dispuesto a amoldarse; tres décadas más tarde, ha cuajado una carrera que ha partido de las multinacionales hacia la más rigurosa independencia; de sonar en la tele a dar conciertos privados. De una juventud enérgica y arrolladora a una madurez introspectiva y minimalista.

Entretanto, el músico ha ido dando paso a un artista más amplio; y es que Nixon dejó el inglés –o ‘algo parecido al inglés’, bromea en su libro– por el castellano con su siguiente grupo, ‘La Costa Brava’, y a partir de entonces surgió un escritor que ha ido acercándonos sus textos no sólo en canciones, sino también a través de su blog, en revistas o incluso en libros colectivos de relatos sobre música.

En sus discos en solitario, Nixon construye un narrador melancólico, que sobrelleva la derrota con la mayor dignidad posible. Construye historias cotidianas de esperanza o resignación, pequeños salvavidas en medio de grandes naufragios.

En ‘Aprendiz de kung-fu’, en cambio, hay menos personaje y la ficción cede terreno a la opinión. El escritor habla de música, sí, pero también el músico habla de escritura, de política, de su trayectoria, de su visión del mundo. Asombra, por ejemplo, una inesperada reflexión sobre el marxismo, a partir de Gramsci y Habermas. Emocionan sus recuerdos de Sergio Algora, compañero de mil aventuras musicales y personales.

Pero es que también hay consejos surgidos de su experiencia, que él mismo admite no haber seguido –«no seas tertuliano, no te des autobombo, no critiques a otros músicos…»–; también recomienda responder por escrito a las entrevistas, y ahí sí que se lo toma en serio, incluyendo una entrevista con la que cierra el libro y que tal vez sea uno de los textos más esclarecedores.

La colección ‘Mis documentos’ impone, obviamente, sus restricciones; su carácter de recopilación propicia una estructura fragmentaria, con diversidad temática y abarca un amplio espacio temporal; recoge muchos textos dispersos en diferentes publicaciones, pero es grato comprobar que existe, si no cohesión, sí una notable coherencia interna, que nos permite una visión de conjunto del pensamiento de Nixon, y de su evolución a lo largo de los últimos veinticinco años.

Jugosa es también su visión desmitificadora de la militancia independiente, en la que hay más conmiseración que rabia, aunque se completa el conjunto con dieciséis fotografías en blanco y negro que casi parecen piezas de una exposición para mitómanos del ‘indie’.

Claro que alguien capaz de dedicar dos páginas de su libro a reflexionar sobre el tabú de que un chico salga con una chica más alta que él –Nixon refiere incluso una anécdota personal sobre el particular–, o de confesar su sentimiento de incomodidad al pisar el escenario, temiendo que descubran que es un impostor, merece desde luego una lectura tan atenta como generosa. Y, desde luego, vale la pena. El Francisco Nixon escritor tal vez sea incluso más interesante que el

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Aixa de la Cruz reúne siete nuevas ficciones en ‘Modelos animales’
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Javier Menéndez Llamazares | 24-03-2015 | 08:24| 0

El desvío de la realidad

 

Título: Modelos animales. Autora: Aixa de la Cruz. RELATOS. Ed. Salto de Página, 2015. 144 pág., 14,90 €.

Leyendo ‘Modelos animales’, el último libro de cuentos de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988), resulta inevitable la reflexión acerca de los límites de la autoficción, y si estos permanecen aún inexplorados, en plena expansión de la literatura del yo. Y es que, más que hibridar realidad y ficción, hay ocasiones en las incluso parece que hasta nuevos agentes, en los aledaños de la literatura, cooperan para conseguir que el relato entre y salga de lo real, en un recorrido guadianesco que arranca en las solapas del libro y desemboca en un cuento torrencial, ‘Abu Ghraib’, que además sirve para cerrar el volumen. Pero empecemos por el principio.

El editor de Salto de Página no incluye fotografías en la solapilla que dedica a la nota biográfica del autor, pero suele añadir información mucho más interesante. Cada sello es, desde luego, diferente, pero por mucho que sospechemos que este tipo de textos –como los de cuarta de cubierta– suela encargarse directamente al firmante del libro, lo cierto es que un buen editor jamás renunciará a intervenir en esos párrafos que, como presentación del escritor y de la obra, tienen una importancia capital cuando el lector se enfrenta a un libro desconocido, en una especie de ‘puerta fría’ librera.

Normalmente, se trata de rebajar los autoelogios del autor y ‘vender’ el libro con un texto atractivo. En este caso, además, tras las habituales menciones bibliográficas se desliza un dato que, en una primera lectura, parece intrascendente: la escritora prepara actualmente una tesis sobre la representación de la tortura en las series de televisión. Una información que se antoja completamente prescindible, pero que en realidad es un guiño discursivo, una especie de intertexto que conecta con uno de los relatos más impactantes del libro.

Cuando arranca ‘Abu Ghraib’, parece como si la autora hablase de otra cosa; esa es, tal vez, la ‘estrategia’ general en la narrativa de De la Cruz, un poco a la manera de Cheever o Carver. Tras un desvío por Norteamérica, la narradora nos lleva a un entorno mucho más identificable –aunque no necesariamente demasiado cercano–: el País Vasco. Habla, desde prisión, una antigua cantante de un grupo de rock radical, que explica a una periodista los motivos de su condena por asesinato.

Como en ‘La broma’ de Kundera, lo anecdótico da paso al horror, y cuando unos compañeros de estudios hacen creer a la cantante que su música había servido como instrumento de tortura el golpe psicológico es tan fuerte que ella misma decide autoinflingirse el castigo, tratando de encontrar los motivos para una reutilización tan humillante de su trabajo artístico, con resultados absolutamente devastadores.

Como promete el argumento, el trasfondo no defrauda: la inseguridad del creador, las diferentes subjetividades en el arte o la capacidad crítica ondean sobre un relato repleto de estrías desgarradoras, en el que, además, se transmite una visión del conflicto vasco que seguramente dará pie a todo tipo de polémicas.

Claro que, entonces, se produce la magia, y la voz en tercera persona de la cantante empieza a desarrollar su propia teoría sobre cómo la ficción televisiva representa la tortura. ¿Les suena? Ese trasvase entre voces las distancias entre lo biográfico, lo fabulado, el narrador y sus personajes, produciendo un efecto tremendamente seductor que otorga a la prosa de Aixa de la Cruz un valor extraordinario.

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Carlos Maleno explora el lado oscuro en ‘La rosa ilimitada’, su segunda novela
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Javier Menéndez Llamazares | 19-03-2015 | 11:20| 0

Genealogía del mal

 

Título: La rosa ilimitada. Autor: Carlos Maleno. NOVELA. Ed. Sloper, 2015. 200 pág., 16 €.

En algunas ocasiones, la realidad acude en auxilio de la literatura; esta semana, por ejemplo, la red Facebook decidió censurar al escritor Carlos Maleno, que había tenido la ‘insólita’ ocurrencia de utilizar la portada de su libro como foto de perfil. El problema, claro, es que el editor había apostado fuerte, con una imagen firmada por Randy Waters a la que en otra época le habrían puesto como mínimo un rombo. Así, en una escena que bien podría formar parte de la trama de la propia novela, la realidad brinda a la ficción una jugosa excusa promocional, que a su vez resulta de lo más literaria.

Claro que en esta ocasión resultaba casi innecesario… Y es que ‘La rosa ilimitada’ es una novela que sucede dentro de otra novela de igual nombre, la novela de un escritor que se convierte en editor y que junto a su socio busca a una escritora lisiada, que fantasea con dedicarse a la prostitución, con la que acudirán a una lectura de poesía de Houellebecq. Entretanto, la muerte y el horror cobrarán multitud de formas, presentándose en las numerosas ramificaciones de la trama principal.

En la obra hay, pues, sordidez, violencia, rabia y las conexiones inexplicables del lado oscuro que esconde el mundo; hay lenocinio, depravación, crímenes despiadados; hay incluso una visión de la dominación y el sadomasoquismo que muy poco tiene que ver con las versiones edulcoradas con las que últimamente Hollywood y la industria del bestseller alimentan las ensoñaciones de las lectoras de un solo libro. Hay, en definitiva, un recorrido por el mal como concepto, sin distinciones diastráticas: desde los desclasados –como los emigrantes ilegales– hasta los privilegiados, nadie escapa al horror. Claro que Maleno no utiliza medidas socioeconómicas, sino su propio rasero literario: ¿supone la cultura algún tipo de antídoto contra el mal?

Pero ‘La rosa ilimitada’ es también una novela imaginada por Roberto Bolaño, que en su ‘2666’ es escrita por Benno von Archimboldi y publicada por Gallimard en 1968 y posteriormente traducida al castellano en 1974 por Óscar Amalfitano. Y es que la influencia de Bolaño se hace explícita en la estructuración de la novela, en la que dos capítulos son titulados a la manera de ‘2666’; son ‘La parte de Marcelo’ y ‘La parte de los ahogados en el desierto’. Pero es que la primera parte, ‘Detectives perdidos en la ciudad oscura’, también parece un homenaje indisimulado a ‘Los detectives salvajes’; todo ello forma parte de una intrincada red de referencias literarias y guiños al lector más o menos subrepticios que propician una lectura paralela de la obra, que complementa el desarrollo de la trama añadiendo todo tipo matices que harán la delicia de los paladares más exquisitos: a la protagonista, por ejemplo, le falta una pierna y se apellida Boccia, igual que un deporte paralímpico similar a la petanca; el editor y escritor Roberto Fate comparte apellido con un detective de Bolaño; se cita a Nietzsche, a Sacher-Masoch, a Juan Villoro, a Ricardo Menéndez Salmón… Se cuelan un par de recomendaciones de lectura y hasta valoraciones criticas entreveradas en el desarrollo de unos personajes que lamentan no haber llevado consigo algo para leer, como en los tiempos en que aún no había teléfonos móviles.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupo de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.

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