El Diario Montañes

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Movida en la selva
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Javier Menéndez Llamazares | 27-10-2014 | 08:08| 0

‘Yo, mono’, del torrelaveguense Pablo Herreros Ubalde, analiza los paralelismos entre el comportamiento social de humanos y primates

Título: Yo, mono. Autor: Pablo Herreros Ubalde. Ed. Destino, 2014, 248 pág., 18 €.

Hace no demasiadas décadas, cuando las especiales circunstancias de nuestro país hacían que en el debate sobre la evolución de las especies el creacionismo aún tuviera defensores cerrados, era habitual el chascarrillo de que, cuando alguien arguía que ‘el hombre descendía del mono’, se le respondiera airadamente que «del mono vendrá tu padre». Dejando un poco de lado la inexactitud de las descendencias, hace ya mucho tiempo que no sólo los investigadores sino el público en general devora con avidez obras como ‘El mono desnudo’, de Desmond Morris o ‘El gen egoísta’, de Richard Dawkins, y en general todo aquello que tenga que ver con lo que se dio en llamar ‘sociobiología’, una disciplina que estudia a todos los animales y, como no, también al hombre, buscando una base biológica a las conductas sociales.

Con mucho rigor y grandes dosis de ironía e incluso humor, el último estudio que ha llegado a las librerías, centrado en los primates y en su pariente lejano el homo sapiens, tiene sello cántabro: lo firma Pablo Herreros Ubalde, primatólogo, antropólogo y sociólogo nacido en Torrelavega en 1976, y que cuenta en su historial con una larga experiencia en medios de comunicación, blogs y todo tipo de divulgación científica; entre otras cosas, ha sido guionista de las celebradas ‘Redes’ de Eduardo Punset quien, por cierto, no sólo prologa el libro sino que aparece en una fotografía junto al autor.

‘Yo, mono’ es un ameno y divertidísimo recorrido por la vida social de los primates, en la que no se pretende exactamente buscar analogías con la realidad humana, pero en la que resulta inevitable negar la evidencia de que compartimos mucho más de lo aparente, y que tal vez detrás de muchos usos sociales, normas y formas de convivencia reside algo más atávico que racional y consensuado.

A partir de un ingenioso juego de palabras, nos introduce a una curiosa especie de primates, los ‘sonamuh’, que a menudo presentan comportamientos de lo más incomprensible. Pronto veremos que esta tribu, cuyo nombre debe leerse como si se reflejase en un espejo, nos resulta de lo más familiar. Desde eso momento, Herreros rastreará qué compartimos con los primates en nuestro sistema político, corrupción incluida, en el mundo del deporte, en las altas finanzas y hasta en el rock and roll. El arte y la violencia, pero también el consenso y la colaboración social parecen tener su reflejo en ciertos comportamientos de unos ancestros con los que pensábamos que no nos unía nada, pero que tienen mucho que enseñarnos incluso en asuntos como la inteligencia emocional.

Para los fieles a la manzana, el libro analiza en clave de primates –liderazgo, tiranía y machos alfa– la famosa destitución en los años ochenta de Steve Jobs de la dirección de su propia empresa, Apple. Tampoco faltan capítulos curiosos que glosan la ‘salida del armario’ en el mundo animal o como las hembras primates combaten la violencia de género.

En definitiva, cuando el conocimiento no está reñido con la humanidad aparecen obras como ‘Yo, mono’, de amenísima lectura y que está llamado a convertirse en un auténtico best-seller.

 

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Cuando el indie se llamaba underground
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Javier Menéndez Llamazares | 14-10-2014 | 10:23| 0

 

Pat Escoín, líder de los inolvidables Romeos, publica su memoria personal y creativa de las cuatro últimas décadas

 

"Redonda como una pelota", de Pat Escoín. Ed. Chelsea, 2014. 84 pág., 15€.

Cuando a finales de los ochenta Jesús Ordovás presentó a Los Romeos en su Diario Pop, resaltó la sugerente voz de la cantante. «Es que todavía está en el instituto, y como grabábamos hasta tarde por la noche, estaba ya medio dormida». La voz provocadora pertenecía a Patricia Escoín, quien se había unido a los músicos de Morcillo el Bellaco para conquistar al público nacional con su sonido ramoniano y una estética que dejaba en nada a los mismísimos Transvision Vamp.

Tras una nueva intentona bajo el nombre de Belfast, reapareció posteriormente reencarnada en Lula, con el mismo ardor guerrero aunque no tanta fortuna comercial, sigue en recorriendo el país –junto a su banda paralela Los Amantes– defendiendo sus propias canciones en las que los mismo canta a Henry Miller que recrea con ironía pasajes de su propia vida.

Una vida intensa y llena de claroscuros que rememora a base de fogonazos en ‘Redonda como una pelota’, última entrega de la siempre excelente colección ‘Mis documentos’, de Chelsea Ediciones, el sello del también músico Álex Cooper. El libro de Escoín ofrece, como no podía ser de otra manera, una visión fragmentaria y personal de las cuatro últimas décadas, y nos presenta una visión inédita de lo más parecido a una rockstar femenina que existe en la independencia española. Del éxito masivo –habría que ser algo malévolo para calificar a su grupo de ‘mainstream’– a los postulados más indies, este libro nos demuestra que detrás de la ‘frontwoman’ no sólo hay estética o incluso ‘actitud’, sino una personalidad rica y desbordante, en ocasiones dada al exceso pero absolutamente cautivadora no sólo en lo que hace sino en lo que piensa y ofrece, y sobre todo en cómo lo cuenta.

A partir de multitud de textos dispersos, procedentes de diarios personales, entrevistas, posts de su extinto blog ‘Paty la dulce’ y algún artíulo realizado expresamente para este libro.

Salpicados entre los capítulos aparecen rescatados algunos poemas, fechados entre 1987 y 2012. Sería difícil precisar si se trata de textos poéticos o de letras de canciones, en especial según avanzan cronológicamente, y se aprecia un mayor dominio del ritmo y la asunción de una métrica característica. Lo que sí resulta destacable es la curiosa coherencia estilística de todos los textos, que se van depurando formalmente pero manteniendo una misma línea ascendente. Los contenidos, por su parte, reflejan distintos estados vitales, desde la furiosa efervescencia adolescente hasta la reflexión pausada de edades más maduras.

Como en toda la colección, la aportación gráfica resulta de lo más interesante. Especialmente llamativas son las fotografías de su carrera musical; desde un fotomontaje con sabor a años ochenta a instantáneas de los primeros conciertos con Los Romeos, en los que resalta la siempre poderosa y sugerente imagen de la cantante. Además, nos ofrece un singular juego circular con las fotos más personales: entre la primera y la última median varias décadas, pero la improvisada modelo ofrece la misma pose.

En definitiva, este autorretrato fragmentario supone un tesoro impagable para sus fans, y la presentación de una mujer fascinante para cualquier lector atento.

 

 

 

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Cristina Peri Rossi rememora una década de amistad y literatura con Cortázar
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Javier Menéndez Llamazares | 14-10-2014 | 11:38| 0

Queremos tanto a Julio

"Julio Cortázar y Cris", Cristina Peri Rossi. Ed. Cálamo, 2014. 126 pág., 13,50 €.

Que entre dos grandes escritores se forje una amistad intensa suele producir efectos literarios fabulosos, que toman cuerpo en una vívida correspondencia, en referencias cruzadas y en todo un entramado de guiños, menciones y homenajes escondidos en la obra de ambos, que resultan apasionantes para sus lectores más atentos. Para que esa amistad dé un paso más y entre en los confusos territorios de la seducción hacen falta varias coincidencias necesariamente felices. Como sucedió, por ejemplo, entre Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941), que mantuvieron una estrechísima vinculación –como ‘amistad amorosa’ la califica el editor en el texto de la contracubierta– durante una década, hasta el prematuro fallecimiento del franco-argentino en febrero de 1984.

Tres décadas más tarde, Peri Rossi nos ofrece su más que apasionada visión del genio, desde un doble plano en el que se combina su desmesurado talento literario con una más descocida faceta íntima, no menos atractiva. En la evocación de la autora se funde lo literario con lo vital, las citas propias con las ajenas, la biografía con la literatura, hasta lograr un relato que consigue tanto recrear al mito –desde una indisimulada devoción, todo hay que decirlo: »Julio era un hombre muy atractivo, que gustaba mucho a las mujeres»– como cautivar al lector, con la dosis justas de emocionalidad, tintes autobiográficos e intrahistoria literaria. Se trata, desde luego, de un plato para paladares exquisitos.

Sorprende, eso sí, la tesis que sostiene que la uruguaya en los primero capítulos del libro. Según se desprende de los datos que ofrece, Cortázar habría fallecido de sida, una enfermedad aún desconocida en aquel momento y que podría haber contraído tras una transfusión masiva a la que hubo de someterse en 1981.

Claro que en esta obra hay mucho más; desde un recorrido por la obra final de Cortázar hasta un vistazo a su vida personal, especialmente a la pulsión amorosa y erótica del escritor, en perpetuo coqueteo. Con profusión de citas y extractos de cartas, la autora traza con especial delicadeza la historia de una relación que parece haber trascendido no ya al tiempo y al espacio, sino incluso a la propia muerte.

Peri Rossi no sólo recrea, sino que conversa con un Cortázar ausente, e incluso fabula las opiniones que podría mantener hoy día: »Han pasado veinte años, Julio, y a vos te siguen sin gustar los homenajes». También nos realiza confidencias más o menos imprevisibles, reincidiendo en una obsesión compartida con Cortázar, la de buscar la complicidad del lector; nos desvela, por ejemplo, sus esperanzas frente a la revolución sandinista o su aversión a los aviones.

En el texto, sin embargo, aparece discretamente un curioso dato: la propia autora fecha la escritura de uno de los capítulos (El país conjunto. Las provincias) en el año 2000, si bien al final del libro vemos que data el conjunto en mayo de 2014, en un capítulo final titulado ‘Carta a Julio, treinta años después’. Da la impresión de que nos encontramos, pues, ante un texto largamente larvado, que ha precisado incluso de varias décadas para cobrar su forma final y que, bien por cuestiones creativas, o bien por su intensa carga emocional, ha supuesto un esfuerzo notable a su autora, solo comparable con el inmenso placer que, proporcionalmente, produce su lectura.

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Reino de Cordelia rescata la sutil ‘Dulce objeto de amor’, de Raúl Guerra Garrido
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Javier Menéndez Llamazares | 14-10-2014 | 12:05| 0

Historia de la piel

"Dulce objeto de amor", Raúl Guerra Garrido. Ed. Reino de Cordelia, 2014. 120 pág., 13,95 €.

No es ningún secreto que, con el desembarco de las técnicas de mercado y la visión empresarial, el mundo editorial español cambió radicalmente a mediados de los noventa. Más conflictivo será valorar si lo hizo para bien –eso lo juzgarán los inversores a partir de sus índices de rentabilidad– o para mal –como suelen lamentar, en general, los lectores de paladar exquisito y los jóvenes autores; pero, en cualquier caso, sí que terminó con algunos usos del negocio que parecían inamovibles. Por ejemplo, el libro de fondo. Desde hace dos décadas, resulta harto difícil dar en una librería con un título que tenga más de dos años –best sellers y ediciones de bolsillo aparte, obviamente–, o incluso con algún libro que no sea una estricta novedad. La política de rotación de novedades no sólo ha acortado hasta plazos escandalosos la vida comercial de los libros, sino que incluso produce esas imágenes terroríficas de guillotinas reduciendo a confetti tiradas completas.

Sin embargo, y ahí asoma un lado bueno, estos usos de las grandes compañías han permitido que surjan pequeños resquicios para aquellos editores que apuestan por textos que nada tienen que ver con el circuito comercial habitual. Como en esta ocasión, en la que la exquisita Reino de Cordelia apuesta por recuperar ‘Dulce objeto de deseo’, publicada en 1990 por Mondadori y descatalogada durante décadas.

 

Con esta obra, Guerra Garrido parece querer dar respuesta a dos cuestiones que muchos autores se han planteado a la hora de diseñar sus obras: ¿una sola noche puede llenar toda una novela?, y la pregunta subsiguiente: ¿cabría en una novela toda una noche? Sin necesidad de emular a Funes el Memorioso, el escritor opta aquí, más que por transcribir con mayor o menor precisión el discurrir cronológico de los acontecimientos, por reconstruir la intrahistoria de lo que, en apariencia, podría no pasar de ser un episodio galante, uno más, en la época del último cambio de siglo. Sin embargo, el novelista decide abordarlo desde una perspectiva insólita, la sensorial. Y, en concreto, la relativa al sentido del tacto. Así, el lector asiste a una fabulosa trama en la que la excitación de sus personajes va in crescendo, y que le permite jugar no sólo con los diversos estadios del deseo, sino con los recursos de la imaginación y de la anticipación del placer. Así, el coqueteo y la seducción mutua son vistos como medios pero también como procesos casi fisiológicos, en medio de un Madrid tan cosmopolita como canalla, pero siempre desde la más absoluta delicadeza tanto en el argumento como en su tratamiento formal.

Si bien es, precisamente, en lo formal en lo que más asombra este ‘Dulce objeto de amor’, concebido como un dueto en el que las voces se alternan, pasando en cada fragmento de uno a otro de los amantes, que se convierten en el foco de un discurso que resulta en ocasiones complementario y en otras levemente discordante, pero siempre a través de un narrador que, sorprendentemente, se dirige a sus personajes en segunda persona. Un narrador que traza un relato intenso y cargado de minuciosas descripciones, con una marcada preocupación estilística que, en ocasiones, puede resultar excesiva –»Desfalleces con el tacto de su aterciopelada dulcedumbre, de su glabra tersura…»–, con un uso del lenguaje que, por intención y por léxico, casi se diría más cercano a la poesía que al género novelesco.

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El historiador José Manuel Puente relata el drama de los seiscientos cántabros que trabajaron para la Alemania nazi
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Javier Menéndez Llamazares | 14-10-2014 | 12:11| 0

Un infierno de esvásticas

"Atrapados en el Tercer Reich. Trabajadores cántabros en la Alemania Nazi (1942-1945)", José Manuel Puente. Editorial Librucos, 2014. 333 pág., 24 €.

Que la primera mitad del siglo XX resulta una de las épocas más apasionantes de la historia lo demuestra sin demasiados problemas la extraordinaria profusión de obras, de ficción o no, que se ocupan de ese periodo en las últimas décadas. Cierto que, hasta hace relativamente pocos años, en nuestro país la atención se centraba casi en exclusiva en los conflictos bélicos, en la Segunda República y en el bando republicano; sin embargo, en los últimos tiempos, no sólo la posguerra sino las diferentes visiones e ideologías en liza han abandonado esa zona de oscuridad de lo que es preferible ignorar, y han pasado a la primera tanto en la investigación académica como incluso en la cultura popular, algo que prueban las series de televisión ambientadas en el primer franquismo.

En Cantabria son varias ya las obras que se atreven con una época ‘tabú’, con la sorpresa añadida de que lo que en apariencia tan sólo habían de ser monografías para especialistas se hayan convertido, en muchos casos, en éxitos de venta. Así, historiadores como Julián Sanz Hoya o Miguel Ángel Solla se han ocupado de investigar todos los aspectos –y espectros– políticos de finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta. Y entre esos libros que tanto han interesado a los cántabros se encuentra también la obra de José Manuel Puente, bonaerense de nacimiento pero cántabro por insistencia, pues aquí se instaló en su niñez.

Tras investigar minuciosamente la secreta geografía de los refugios antiaéreos de Santander, Puente publicó un completísimo estudio sobre los cántabros que participaron en la División Azul, una obra que no sólo despertó enorme interés en la región sino que además acabó agotando el papel. Su tercera entrega reincide en la misma época, los primeros años cuarenta, y estudia el intenso drama de seiscientos cántabros que entre 1942 y 1945 emigraron como trabajadores a la Alemania nazi, y que sufrieron una condiciones laborales y vitales en muchos casos extremas. Con su habitual objetividad, Puente describe las condiciones socioeconómicas del momento y las motivaciones que les impulsaron a emigrar, para después centrarse en las peripecias de ‘los olvidados’, como los define en el texto. Añade, además, un valioso apéndice, donde no sólo aparecen los nombres y apellidos de los emigrados, sino además una reseña biográfica más o menos extensa de cada uno de ellos, e incluso varias fotografías de época de los protagonistas.

De nuevo, Puente firma un texto riguroso y muy completo, que complementa su valor historiográfico con una prosa ágil y de fácil lectura, una virtud demasiado escasa en este tipo de obras. Su interés por el detalle y los casos concretos hacen al libro aún más interesante.

Reseñable también resulta la labor de la Editorial Librucos, con su editor Ramón Villegas al frente, responsables de dar a la luz los tres libros de José Manuel Puente. En la contraportada destaca un curioso anagrama, que reza ‘libro no subvencionado’, en alusión a las ayudas a la edición que concede –o más bien, en este caso, no concede– el gobierno de Cantabria. Resulta difícil de creer que esta obra no merezca dicha ayuda, tanto por temática como por calidad y rigor.

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Interiores siniestros
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Javier Menéndez Llamazares | 14-10-2014 | 12:51| 0

"Soñar en serio", Enrique Álvarez. Ed. Valnera, 2014.

Toparse con un personaje que se llame don Filógogo Arias es un encuentro chocante, de esos que sólo pueden suceder en las páginas de ciertos escritores tan dados al realismo que acaban por concederse válvulas de escape que tienen tanto de guiño cómplice al lector como de gusto por los sabores añejos. Enrique Álvarez –leonés del cincuenta y cuatro pero santanderino desde 1978– es uno de esos autores, capaz de fabular en el escenario más convencional posible tramas absolutamente turbadoras.

Los dieciséis relatos de su última entrega narrativa –‘Soñar en serio’, publicada por la editorial Valnera– suponen, además de una muestra de su escritura tan ágil como meticulosa, una inquietante galería de personajes atrapados en un mundo en apariencia cotidiano, pero que se sustenta sobre el artificio; en una sociedad sobremedicada –optalidones, nolotiles y valiums salpican muchos de los relatos–, Álvarez nos retrata vidas en clave menor, pero que esconden dramas y tragedias mayúsculas. Desde el psiquiatra obsesionado con su paciente al parricida redimido, los personajes de este libro arrastran sus pequeñas o grandes miserias con tanta naturalidad como fluye la prosa del escritor, tan sólo refrenada por algún cultismo inesperado –asperjar, alnado, similor…–, y lubricada con un humor no tan abundante como fino; el periodista de colon irritable, el terapeuta que desvirga a su paciente o el genio que acaba negando su propio talento constituyen hallazgos tan gratos como los delicados juegos polisémicos que en ocasiones regala al lector, como cuando afirma que »restauró el papel con ‘celo’ y pegamento», o la mención, casi solapada, al músico Francis Pardo.

Pese a no abundar precisamente el contenido religioso, el relato más destacable del libro lo protagoniza un entrañable sacerdote que, al alcanzar la cincuentena, siente la imperiosa necesidad de cometer, aunque tan solo sea una vez, un pecado mortal. Uno tras otro va descartando, por inocuos o por atentar contra su propia naturaleza, todos los posibles pecados, para terminar profundamente abatido en una crisis de fe. Un cuento magistral, que parte de un registro amable, continúa con la mordacidad de la ironía y concluye del modo más ácido posible.

Estamos, en definitiva, ante una muestra de la narrativa de un autor que, sin duda, merece mayor reconocimiento.

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La hispanista Héloïse Guerrier propone en ‘Con dos huevos’ un original diccionario ilustrado de expresiones populares
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Javier Menéndez Llamazares | 14-10-2014 | 12:54| 0

Lo que no se aprende en la escuela

 

"CON DOS HUEVOS", Héloïse Guerrier. Ilustraciones de David Sánchez. Ed. Astiberri, 2014. 104 páginas, 16 euros..

Una vivencia común a todos los que se han visto obligados a desenvolverse en una lengua extranjera consiste en verse obligado a explicar lo inexplicable: traducir un modismo. Los ingleses los llaman ‘Idioms’, y no sin cierta lógica, pues esas expresiones van unidas a su idioma original y aún más a la cultura a la que pertenece. ¿Cómo explicar a alguien que no entiende el castellano lo que significa, por ejemplo, ‘tener el culo pelado’? Misión casi imposible.

La hispanista Héloïse Guerrier se ha empeñado, no obstante, en arrojar algo de luz sobre este asunto, y lo hace con un libro seductor en muchos aspectos. Para empezar, porque la editorial Astiberri ha realizado una cuidadísima edición en tela y con ilustraciones a color magistralmente realizadas por David Sánchez; aún más: no sólo le ha dado un título sorprendente –‘Con dos huevos’, con un par–, sino que incluso en los dorados de cubierta se permite el guiño de unir lo más sagrado culturalmente hablando –nada menos que Cervantes aparece en portada– con lo más castizo y desenfadado –el genio luce en su mano buena, a la altura de los genitales, dos huevos de gallina–.

Claro que más que un objeto artístico, que también, el libro parece concebido como un diccionario de modismos, un manual de consulta –con traducción al inglés y al francés– ideado especialmente para aprendices del idioma que se encuentran desorientados ante ciertos usos chocantes del lenguaje: ‘cagüen la leche’, ‘dar el coñazo’, etc. De lo sexual a lo sacrílego, sorprende la profusión del tema escatológico, en especial en las ilustraciones.

Como también sorprende la querencia de la autora, en algunas ocasiones, por la etimología popular. No siempre es posible explicar el origen de una expresión –como le sucede a la autora con ‘estar en el ajo’, por ejemplo–, y en otras ocasiones la hipótesis no resulta demasiado convincente –se afirma que ‘estar como una regadera’ esconde una analogía entre el utensilio de boca agujerada y la cabeza humana, que regaría neuronas en vez de agua…–, pero en casos como ‘echar un polvo’ da la impresión de que la francesa sigue una pista equivocada: que provenga de la afición al rapé no parece muy plausible. Sobre todo en un país donde se repite hasta la saciedad aquello de ‘polvo eres’. En fin, que no todo se aprende en los libros…

Además, resulta verdaderamente complicado atinar con el lenguaje coloquial del momento, sacar una ‘instantánea’ del idioma. Por eso pueden colarse expresiones ya anticuadas, como ‘cantarle a uno el pozo’; y es que la lengua está tan viva que ciertos usos se imponen y caducan a velocidad de vértigo; Guerrier, por ejemplo, escoge para su estudio la expresión “Donde Cristo perdió los clavos”; un hablante español crecido en la década de los ochenta quizá hubiera preferido la variante de ‘el mechero’.

Precisamente esa condición de hablante no nativo del castellano limita en cierto modo la selección de modismos: faltan las comparaciones hiperbólicas –‘más viejo que la orilla del río’– y el recurso al absurdo –‘cuando las ranas críen pelo’–, que aún siguen presentes en el lenguaje coloquial.

Se echa en falta en la bibliografía final una mención a la obra de Néstor Luján ‘Cuento de cuentos’, dos volúmenes publicados en los años noventa en el que repasa buena parte de los tópicos y frases hechas del castellano, y que no siempre coinciden con las opiniones de Guerrier.

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En el fondo del mar
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Javier Menéndez Llamazares | 14-10-2014 | 12:57| 0

La fascinación por la vida marinera a través de la literatura universal

 

«La vida pirata es la vida mejor», decía una vieja canción que cantábamos de niños, cuando aún pensábamos que los piratas eran unos marineros amantes de la libertad y no esos desalmados que se dedican a secuestrar gente en Somalia. Y, sin entrar en aquello del capitán que ‘en cada puerto tiene una mujer’, cuando imaginamos el mar solemos hacerlo a través de un imaginario popular formado, sobre todo, por cientos de lecturas que exaltan un mundo mágico y peligroso, en el que no rigen las mismas leyes que en tierra firme y donde todo se relativiza porque el tiempo del viaje hace que, mientras dura, el mundo exterior quede en suspenso. Cierto que no todos los marinos son piratas, ni mucho menos, pero sí es verdad todos, a su manera, viven su aventura, desde el esforzado pescador en alta mar hasta el que coge su lancha en agosto para acercarse al Puntal. Una aventura que podemos compartir en millones de páginas que destilan un intenso aroma a salitre.

Claro que mucho antes de que a alguien se le ocurriera inventar la imprenta, la literatura ya hacía de las suyas, mediante el medio más básico e impactante: el boca a boca. A medio camino entre el mito y la ficción, durante siglos los fabulosos ‘periplos’ ­–en griego, ‘navegaciones’– de Ulises o de Jasón y los argonautas alimentaron la imaginación de generaciones enteras, construyendo una imagen del océano como un territorio impredecible que esconde tesoros incalculables, pero también los más altos riesgos. Y, sobre todo, criaturas maravillosas: ballenas en cuyo vientre es posible sobrevivir, leviatanes, hipocampos, krakens y, sobre todo, las seductoras ondinas navegan por los antiguos relatos mitológicos en un mar que, entonces, terminaba en una abrupta catarata que se precipitaba directamente a los infiernos. Aunque tampoco faltaba quien, más allá del temor, pretendía descubrir sus misterios, como en el ‘Libro de Alexandre’, manuscrito del siglo XIII donde ya se anticipa un ingenio submarino, mucho antes de que nadie imaginase siquiera el maravilloso Nautilus.

Y es que harían falta varios siglos para que el hombre sintiera que dominaba el mar, sin asustarse siquiera de los peces voladores. Y, sobre todo, para que lo contase. Nos lo narrarían con primor los navegantes de la edad Moderna, inventado un género de viajes que, más allá de lo literario, tenía una función a medio camino entre lo autobiográfico y el informe laboral, en libros plagados de deslumbrantes maravillas, siguiendo la estela del ‘Libro del millón’ de Marco Polo.

Y, sobre todo, Cristóbal Colón y su ‘Diario de a bordo’, en una muestra ejemplar de cómo se hacía la autopromoción mucho antes de las redes sociales. También podemos emocionarnos todavía con los infortunios de Cabeza de Vaca, recogidos en sus impresionantes ‘Naufragios’, o seguir las crónicas de la época con las aventuras de Ponce de León buscando la fuente de la eterna juventud nada menos que en Florida. Ese mismo espíritu sigue inspirando desde entonces muchas novelas; como en ‘El oro de los sueños’ firmado por José María Merino en el último cambio de siglo.

También en otras tradiciones, la vida en el mar estaría cargada de misterio y seducción. Simbad el marino es un personaje que desde la tradición oral se cuela en las ediciones del siglo XVIII de ‘Las mil y una noches’, y está estrechamente emparentado con un clásico del antiguo Egipto, el ‘marinero náufrago’. Sus siete viajes aún siguen fascinando a los lectores. La cultura occidental, en cambio, prefería entonces centrarse en aspectos más racionales, y así nos regalaría a personajes como Gulliver o Robinson Crusoe. Son estas dos historias ideadas inicialmente como políticas, pero en las que sus autores dieron, sin imaginarlo, con la piedra filosofal del éxito literario. Convenientemente desprovistos de su carga de crítica social, los dos personajes y el argumento de ambos relatos han dado pie a múltiples versiones y adaptaciones, si bien tristemente mutiladas. Una verdadera lástima, pues la lectura de Jonathan Swift resulta especialmente divertida, tanto por su ingenio humorístico como por un talento literario indudable.

Sin embargo, la formación de la imagen contemporánea de la vida marinera arranca con el romanticismo, y toma más del espíritu oriental –aventurero y fantasioso– que del racional europeo. Quizás los versos más famosos de la literatura española sean los que Espronceda tituló ‘La canción del pirata’, y que inauguran ese canto a la libertad que, paradójicamente, se produce en las exiguas dimensiones de un navío, y rodeado de agua salada.

El equivalente en novela es la universal ‘La isla del tesoro’, una pieza redonda a la que tal vez se deba la pasión por la piratería de todas las generaciones posteriores. Claro que Stevenson sabía de qué hablaba: era un viajero impenitente, y además de los inolvidables Jim Hawkins y Long John Silver nos dejó sus deliciosos ‘Cuentos de los mares del sur’. Tras su estela escribirían Josep Conrad y, sobre todo, Jack London, cuya biografía es casi tan apasionante como su literatura.

Si bien no siempre es necesario conocer demasiado a fondo la materia sobre la que uno escribe: tradicionalmente se ha sostenido que Julio Verne apenas sabía nada de barcos, y tuvo que compensar su desconocimiento con interminables horas en una biblioteca parisina. Sin embargo, gracias a él hoy día millones de lectores saben qué es el trinquete, por ejemplo. ‘La isla misteriosa’, ‘Los hijos del capitán Grant’ o ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’ son títulos que van indisolublemente unido a las vidas de todos los lectores del mundo desde hace un siglo. Algo parecido sucedió con Emilio Salgari, quien no fue capaz de aprobar el examen para capitán de navío pero sin embargo nos legó nada menos que a Sandokán con sus ‘Tigres de Mompracem’ y al ‘Corsario Negro’.

Parte del éxito popular de estas obras se debe, además, a una iniciativa editorial muy singular, las ‘Joyas Literarias Juveniles’ que lanzara la editorial Bruguera en los años setenta. Estas adaptaciones en cómic fueron la puerta de entrada a la literatura para muchos jóvenes lectores en las últimas décadas.

También el mar es protagonista, pero en otro registro, en dos de los clásicos más destacados de la narrativa norteamericana contemporánea: ‘El viejo y el mar’, de Hemingway, y sobre todo ‘Moby Dick’, de Melville, en la que nos desvela la importancia de elegir bien lo que uno desea en su vida. Curiosamente, la primera edición fue un absoluto fracaso comercial: estaba cargada de términos de marinería y descripciones técnicas. Aunque si hay que escoger una novela marítima, esa es sin duda ‘Capitanes intrépidos’, de Kipling, una bildungsroman que aún mantiene toda su fuerza emotiva.

Ya en nuestra literatura, ‘Gran sol’ de Ignacio Aldecoa supuso un homenaje a los pescadores del norte de España, y más recientemente Arturo Pérez Reverte dedicó varias novelas –y centenares de artículos– a su pasión marítima, destacando especialmente ‘La carta esférica’.

En la última década, Kirmen Uribe se ocupó también de los pescadores del Cantábrico en algunos pasajes de su ‘Bilbao, Nueva York, Bilbao’.

En suma, el mar ha sido y será una fuente inagotable para la literatura. Sólo hace falta tiempo y una caña, como con la buena pesca.

 

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El profesor torrelaveguense Juan Tazón debuta en la novela con la apasionante ‘Los caballeros de las sombras’
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Javier Menéndez Llamazares | 14-10-2014 | 13:04| 0

Un espía de Felipe II

 

"Los caballeros de las sombras", Juan Tazón. Ediciones B, 2014. 396 pág., 19 €.

De un modo análogo a Boris Vian, quien escribió su primer libro »para divertir a un grupo de amigos», así emprendió el filólogo Juan Tazón (Torrelavega, 1958) la aventura de su primera novela, en una especie de reto familiar. Lo que empezó siendo un experimento lúdico terminaría por fraguar, en unos meses, en un texto tan sugerente como riguroso. Y es que la escritura no era un terreno precisamente desconocido para Tazón, quien enseña Literatura Inglesa en la Universidad de Oviedo y, además de haber firmado una buena colección de obras académicas, fue finalista hace unos años del premio Booker para universitarios.

La novela responde a lo esperado por parte de un especialista, pero sólo en parte. Y es que resulta innegable el buen hacer de Tazón tanto en la parte técnica –el planteamiento estructural, el tratamiento de los diferentes escenarios y, sobre todo, el tempo narrativo resultan impecables; los capítulos de extensión breve, con títulos explicativos, van acortándose a medida que se aproxima el desenlace– como en la estilística, para la que el autor elige un tono aparentemente neutro y un ritmo de frases cortas, casi sincopado, que acelera en buena medida la lectura. Se aprecia también un ligero regusto arcaizante en el léxico, lógico en una novela de época, pero convenientemente dosificado, sin llegar a saturar al lector, que se verá agradado por la adecuación del lenguaje a cada situación, desde las escenas palaciegas hasta el inframundo del espionaje y los bajos fondos.

Como debe ser, Tazón nos traslada a un Madrid con alcázar, en el momento del archifamoso tópico de que ‘en el imperio español nunca se pone el sol’, bajo el último de los Austrias mayores. Claro que no se trata más que del preámbulo para adentrarnos en una trama oscurísima en la que se juega la conquista de Irlanda por los ingleses, a finales del siglo XVI, y en la que la diplomacia española emplea todos sus recursos –especialmente, los inconfesables– para favorecer al bando católico y, obviamente, velar por sus intereses patrios.

A partir de un personaje real, el misterioso Alonso Cobos se construye este relato de intriga política en el que no todo responde a lo esperado en esta novela; para empezar, la propia cubierta del libro poco tiene que ver con su contenido real. Lo que, a efectos de marketing, podría parecer un remedo del exitoso Alatriste, escapa sin embargo de ese presupuesto simplista, que hace un flaco favor al libro, pues no precisa de ningún recurso mercantilista para defenderse por sí mismo.

Y es que ‘Los caballeros de las sombras’ es mucho más que una novela de género; con una base documental excepcional, que deja traslucir un intenso trabajo de archivo, el relato se muestra enriquecido por el estilo autor, de gran sobriedad pero que induce a una lectura ininterrumpida. En el debe, tal vez se eche en falta un descenso a la intrahistoria, por más que requiriese un tono de mayor ficción, al menos en las subtramas y en el modelado de los personajes. En definitiva, estamos ante un excelente debut, de ágil lectura y un trasfondo tan cautivador como erudito.

 

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El regreso de la comisaria Ruiz
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Javier Menéndez Llamazares | 14-10-2014 | 13:13| 0

La segunda novela de la santanderina Berna González Harbour recorre los bajos fondos del mundo empresarial

 

"Margen de error", Berna González Harbour. Ed. RBA, 2014. 320 pág., 19 €.

Este ‘Margen de error’ –segunda entrega de la saga policial ideada por la escritora y periodista Berna González Harbour– contiene muchos elementos reseñables, pero quizás el que en apariencia resulta más anecdótico nos aporta en realidad una clave esencial para adentrarnos no ya en el libro, sino en la visión hermenéutica del mundo que hermeneúticamente desprende la obra de la santanderina, quien, como manda el género, aprovecha el gancho de una trama compleja y cautivadora para, como quien se pierde en sus estribaciones, aportar una visión de la actualidad desde el prisma del espíritu crítico. Esa anécdota, en realidad, no es más un teléfono, un vulgar teléfono móvil de la marca Bic. Un ‘gadget’ más en un mundo altamente tecnológico o, más bien, invadido por la digitalización hasta el punto de que lo esencial pueda quedar diluido en lo instrumental, en un medio en el que trazar fronteras inamovibles e indiscutibles ya no resulta posible. Claro que, además, está ese apellido, esa marca registrada, que no sólo nos recuerda que nos movemos en un mundo mercantilizado, sino que además se premia el valor de lo irretornable, ese ‘usar y tirar’ que personaliza la marca francesa pero que bien podría extenderse a una actitud social de nuestro tiempo. Un tiempo en el que todo parece perfecto, como sacado de un anuncio, pero que, al igual que la publicidad, se sustenta sobre un edificio de mentiras. O, incluso, de crímenes.

Tras una primera entrega trepidante –‘Verano en rojo’ transcurría principalmente en Cantabria, y se movía en los más oscuros senderos entre lo terrenal y lo divino, levantando las más escondidas alfombras eclesiásticas–, esta segunda novela mantiene las constantes de la serie, con una mujer fuerte, ligera y encantadoramente excéntrica, que no se arredra ni siquiera ante su propio malestar físico. Y es que la comisaria Ruiz, sensiblemente desmejorada tras el desenlace de la anterior novela, es de esas personas que prefieren que la inspiración les encuentre trabajando; así, cuando aún le correspondería una dulce convalecencia, todo su ingenio –y su genio– se volcará de nuevo en un caso en el que parece que no hay caso. Imprevisible como exige un género altamente transitado, pero siempre nuevo por esa vocación de sorpresa, González Harbour cumple a la perfección con el canon clásico, pero se reserva algunos comodines con los que hacer las delicias del lector avisado. Y es que la literatura de calidad acaba trascendiendo cualquier género, hasta dejar sin apellidos a una buena novela. Sirva como ejemplo el planteamiento inicial, en el que da la vuelta al tópico del falso suicidio: ¿quién se quita la vida tras comprarse un Aston Martin?, no plantea la autora, en un guiño sardónico a nuestra mentalidad consumista. A partir de ahí, arranca un mundo de ficción que se parece sospechosamente al que el lector habita, y en el que, mientras los más idealistas toman las calles para pedir un forma diferente de administrar la sociedad, una gran corporación llamada Petrol de France –una más– aprovecha las sombras del sistema para brillar entre el oropel de las grandes empresas. Todo ello, además, recuperando al perfecto compañero para la comisaria Ruiz, el periodista Luis Luna.

En definitiva, se trata de una buena novela negra que, además, ofrece ese plus, literario y sociológico, que la convierte en un texto excelente.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupo de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.

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