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Grecia, un amor fácil de verano
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Javier Bragado | 29-04-2017 | 21:07

Karagounis, todo corazón

Enamorarse de Grecia en verano es fácil. Los que gustan de la vida animada disfrutarán de las desordenadas y populares calles de Atenas. Los que desean tranquilidad pueden elegir entre miles de islas. Los paraísos se reparten por sus tierras para los amantes de la naturaleza. La hospitalidad de los nativos es reconocida. Y los turistas culturales difícilmente encontrarán mayor orgía que en la cuna de la civilización europea.

Enamorarse de la selección de fútbol griega es difícil. Porque no conceden ninguna esperanza a los paladares de la creatividad. Ningún control exquisito. Ningún desmarque astuto. Ningún pase milimétrico al lugar insospechado. Ningún remate acrobático. Ni siquiera un túnel o una triangulación depurada. Solo esperar con los puños cerrados y apretar de dientes hasta que el rival ofrezca un error y algún griego aproveche el afortunado momento. Actividad carroñera para la supervivencia. Sin poesía.

Los simpáticos griegos
Sin embargo, ha emergido una ola de simpatía creciente hacia ellos desde el arco mediterráneo. Quienes hace ocho años sentían rechazo por su manera de jugar y hablaban de un insulto para el fútbol ahora desean su victoria por las condiciones extradeportivas ante el mismo panorama. Porque resulta imposible separar la versión deportiva de la rivalidad creada por la propaganda. El deseo de que simbolicen la resistencia frente al opresor económico es grande. Los más ricos contra los más pobres. Precisamente la misma situación que se vive Portugal, pero ellos cuentan con un prepotente señor de Madeira y su rescate merece menos simpatía. Porque exigimos que nuestro/a príncipe azul/princesa sea humilde (y no sea capaz de ganar en el campo).

La villana es Angela Merkel, una mujer criada en un país comunista que contaba con menos de tres años de experiencia capitalista cuando Ronald Reagan inició las políticas de desregularización y permisividad de las actividades de riesgo que están en el origen de la actual crisis. Una investigadora físico-química que ascendió a canciller ¿de Europa? después de la explosión de 2007. La mano dura que propugna la austeridad frente al despilfarro.

Angela Merkel para los griegos

Angela Merkel, según algunos griegos

Resulta curioso que Alemania sea el malo de la película, un país en el que los neonazis helenos de ‘Amanecer Dorado’ tendrían más trabas para presentarse a las elecciones. Como si Lehmann Brothers nos confundiera con su nombre de recuerdos germánicos. Como si los gobernantes griegos no hubieran falsificado sus cuentas económicas. Como si la burbuja del ladrillo en el Peloponeso la facilitaran los señores del Rhur. Como si Grecia no se mantuviera como uno de los diez estados mayores compradores de armas mientras sus ciudadanos tratan de hacer pie sobre la miseria. Como si los helenos no hubieran reclamado los pagos de la II Guerra Mundial. Como si los estimados banqueros y políticos de ambos países fueran a rectificar ante la ola de indignación. Y si sirviera para revertir la situación económica… ¿no sería mejor que ganara Alemania? Entonces alguien se acercaría a Merkel en plena euforia y le susurraría que es el momento de ser magnánimo como César.

Claro que la idea manipulada es demasiado romántica como para no enamorarse. Siempre deseamos una Cenicienta que anime el baile hasta que sea nuestro turno. Será un flechazo que sabemos que no durará mucho y no tendrá consecuencias en la conciencia.

Una historia de rechazos
Porque ahora el equipo griego es simpático (especialmente porque no ha eliminado a los españoles como en 2004). Pocos se acuerdan de su primera participación en un Mundial en 1994. Entonces el recientemente fallecido Alketas Panagoulias dirigió a un grupo de nivel menor que se estrelló contra la élite. A pesar de contar con el ‘ajacied’ Machlas se despidieron sin marcar y con la humillación del canto del cisne Maradona. Después pocos sintieron aprecio cuando el alemán Rehhagel destrozó los postulados de Sacchi y Cruyff para conducirles a su primera participación en una Eurocopa y obró el milagro de salir campeones. El verano de 2004 fue una alegría inesperada para quienes seguían a aquel conjunto limitado. Esos pocos seguidores sabían que, por ejemplo, Nikopolidisera el Peter Shilton griego, un portero de nivel medio que podía continuar bajo el arco hasta pasada la cuarentena debido a la escasez de competencia (comparen con su antecesor Minou o sus herederos actuales).

Nikopolidis, portero eterno

Nikopolidis, portero eterno

Disfrutaron aquel julio de 2004 de regalos que se desvanecerían temprano. Solo sus fieles son capaces de recordar con nostalgia. Fue otra generación sin estrellas, sin artistas que trazaran una pincelada de creatividad entre tanto obrero. Pero no nos engañemos: el despliegue del veterano Zagorakis o el esfuerzo de Charisteas perecieron en el olvido porque su estilo no permitió una digestión placentera. Era más fácil pasar página y convertirlo en un amor de verano.
Ni siquiera la aparición del verso de Tsartas en la frontera del siglo XXI propició el despertar de un nuevo fútbol. Siempre resguardados y a la espera del error del contrario. Desprendían una imagen de mezquindad derivada de unas victorias que dependían siempre más del azar que de sus capacidades. Demasiado insignificantes para generar cariño.

El hombre que conoce la fugacidad
Actualmente su mejor hombre es Karagounis, un tipo malencarado, enfrentado con la realidad y teatrero. Un ’10’ que difícilmente tendría un hueco en el ‘once’ de la mayor parte de los participantes en el torneo. Un símbolo del grupo griego que podría buscar en sus orígenes los valores que le definen. Nació en la región de Laconia, cuya capital es Esparta. Podría haber capitaneado a los resistentes de las Termópilas. Pero, con su suerte, probablemente naciera ilota para ser un siervo sin escapatoria de aquellos defensores de la igualdad de los hombres -siempre que fueran de la élite-. Probablemente se habría rebelado y sufrido las consecuencias de los espartanos.
A sus 35 años conoce perfectamente la trayectoria vital de su selección y a los seguidores volátiles. Giorgios es de esos que saben que la gloria tiene alas y no hace planes a largo plazo. Rechaza que la selección griega se disfrace de vengador para luego desilusionar a los recién llegados y volver a quedarse solo. Los momentos de frustración en el medio del campo han sido muchos junto a Katsouranis o el interior Ginanakopoulos y eso no se olvida. Son un grupo en el que el control del balón es un sufrimiento, el primer toque una utopía y la calidad un tesoro excepcional (ese lateral llamado Tzavellas).

Por eso Karagounis peleó cada segundo del torneo. Por eso se revolvió contra el destino. Por eso se perderá el partido contra Alemania. Por eso sabe que ganar en cuartos de final es la desigual lucha del azar contra el orden y la planificación. Desde la grada participará del espectáculo y pedirá en ánimo eventual de los seguidores. Sabe que los aplausos no marcarán goles y que les olvidarán antes de que termine la semana. También son conscientes de que están viviendo por encima de sus posibilidades. Pero su corazón latirá fuerte y su razón le dirá que los cortejos son falsos y que no debe vivir por encima de sus posibilidades. Al menos conocer la hipocresía le permitirá paladear cada momento con prudencia. No se le encogerá el corazón cuando le abandonen. Al fin y al cabo, sabe que es solo otro amor pasajero. Habrá más veranos y más posibilidades. No importará dónde quedó Grecia.

Sobre el autor Javier Bragado
El periodista Javier Bragado analiza la actualidad del Mundial de Brasil con la mirada en las anteriores ediciones y da su particular versión

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