La semana pasada terminó aquí en Cartagena una serie de conferencias que tuve la suerte de organizar, realizadas por 8 de las 12 mujeres colombianas que formaron parte en el año 2005 de la candidatura “1000 mujeres por el premio Nobel de la paz”. Poder conocer a estas 8 mujeres, sus historias, su coraje y su valentía ha sido una experiencia muy especial y quisiera desde aquí poder compartirla con todos vosotros, quizás a alguno le interese conocer cómo personas anónimas, sin grandes recursos ni palabras grandilocuentes han cambiado su entorno, sus comunidades, sus propias vidas en un contexto difícil. A mí, sinceramente, me han cambiado la manera de ver la ciudad en la que vivo y el país en el que estoy.
Todas ellas son personas de una excelente calidez humana, amables, alegres y decididas, y, hablando con ellas, casi se me olvidaba la dura situación que están viviendo, amenazadas, han sufrido lo indecible para salir adelante por causa del conflicto armado que aún hoy asola el país (aunque las fuentes oficiales se empeñen en negarlo).
Hilda Liria, por ejemplo, líder indígena que vive en la región cercana a Medellín, nos contaba el otro día que estuvo varios años escondida, asustada, habían matado a parte de su familia y ella seguía amenazada también, obligada a desplazarse del mundo que había conocido, de la selva, de su comunidad. Y siguió asustada hasta que un día vio que su vecina tenía que salir a mendigar con sus hijos para poder comer y algo hizo “click” en su cabeza. Decidió que tenía que hacer algo por sí misma y por la comunidad que la rodea, o si no estaría echando su vida a perder. Y eso hizo. Es toda una líder, las ideas fluyen por su cabeza y todas tienen un mismo sentido: potenciar los procesos que lleven al bienestar de su pueblo y a la paz en el país.
María Tila, otra de las mujeres que he tenido el placer de conocer, también me sorprendió por su energía. Con 79 años, tal y como ella misma comenta a todo el que quiera escuchar, aún está llena de ganas de hacer cosas y dispuesta a hablar con cualquier persona interesada en lo que tiene que decir. Sonrisa perpetua, en la boca y en sus ojos azules, que hacen que una se encuentre a gusto sólo con mirarla. Sigue trabajando en las comunidades de Bogotá, apoyando a los jóvenes que, según ella, son los que tienen una tarea más importante por delante; potenciando el papel de los viejos, como ella dice, que no deben pensar que por cumplir años ya no sirven, y buscando el entendimiento entre generaciones, puesto que ahí reside un importante motor de cambio. Y cómo no escucharla, si nació en el año 1931, ha visto la mayor parte de los cambios del siglo XX y dice no haber vivido ni un sólo día en paz en su país. Tiene alma de profesora, paciencia infinita y muy buen humor. No quiería dejar pasar ni un momento libre en estos días para irse a mirar el mar, “¿Cómo no voy a ir a mirar el mar? Ya lo ví esta mañana, pero es tan hermoso…”. Esta mujer es oficialmente mi nueva abuela colombiana, que no se amedrenta ante las amenazas de los violentos y que tanto cariño pone en todo lo que hace…
A todas ellas, a María Zabala, que vino más de 13 horas en diferentes autobuses para compartir el rato de la conferencia con nosotros y que es una persona directa, segura, tierna y valiente, que ha conseguido superarse y crear un proyecto de vida para su comunidad y formar su propio “Valle Encantado; a Virgelina, que tiene la facultad de decir bien claro lo que piensa, que es capaz de ingeniar 20 maneras diferentes para conseguir recursos y, de paso, no perder sus raíces afrodescendientes en el proceso, que está orgullosa de lo que es y tiene muy claro que no acepta que la violencia entre en su vida, que no se amedrenta y habla por los codos; A Beatriz, que después de todo lo pasado en su vida aún sonríe como una adolescente cuando piensa en sus hijos y en su marido, el amor de su vida. Que lucha cada día por ayudar a que las niñas y las mujeres de su región no caigan en las redes de la prostitución, muchas veces impulsada por sus propias familias; a Ana Teresa y a Patricia, que tan bien nos explicaron la necesidad de paliar la brecha que divide a la sociedad Colombiana, que desde su trabajo diario defienden a tantas y tantas personas y claman por la movilización, que llevan más de 20 años luchando por su país y siendo desoidas, y sólo buscan tejer una red de paz que ayude a tantos a salir del hoyo… a Rafaela, que en su charla nos demostró el poder que la tolerancia tiene frente a las dificultades, que es necesario apoyar otras causas, aunque no te toquen tan directamente, simplemente por que son justas…
A todas les debo mucho, me han enseñado la realidad de su país, me han demostrado la capacidad que el ser humano tiene para ser mejor y me han hecho pensar. Se lo agradezco desde aquí y también les agradezco a ustedes que se hayan parado a leer conmigo esta historia.
Un abrazo desde Colombia.
María

Aquí las cabañas y Rodrigo, el tercero de la expedición, hablando con la Sra. Mari. Debajo, la playa de Troncones… 
Esta era la vista desde el Divisadero… una de las más impresionantes del viaje
Ahí estaba yo con el Golden Gate de fondo, con permiso de la nube permanente que lo ocultaba para hacerle una foto… parece que no, pero hacía un frío cortante y, más aún, porque esta foto esta hecha de camino al puente en bici…

