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El combate emocional del PP
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Jesús Serrera | 18-03-2017 | 21:47

“Hemos trabajado como perros, más que en las elecciones municipales”, confesaba uno de los alcaldes de larga mayoría que en la Cantabria interior han acarreado apoyos a Ignacio Diego en la primera votación del congreso regional del PP. La expresión ilustra la intensidad de la batalla por el liderazgo del partido, que hasta ahora ha discurrido más como una explosión emocional, como una llamada a filas de las adhesiones inquebrantables y los odios africanos, que como el debate de ideas sobre el presente y el futuro que el PP de Cantabria tiene aplazado desde la debacle electoral de mayo de 2015.

Diego no ha logrado en la consulta a los militantes la victoria categórica que pregonaba en las vísperas, pero le ha ido bastante bien si se tienen en cuenta sus titubeos iniciales cuando la campaña de María José Sáenz de Buruaga ya estaba en marcha. Primero estaba dispuesto a facilitar el relevo si se le mantenían la mayor parte de los privilegios del mando y luego sopesó sin mucho convencimiento dos o tres candidatos de su cuerda antes de asumir el desafío personalmente.

La ventaja de Diego en la votación de los afiliados no es decisiva, a la expectativa del incierto pronunciamiento del millar de compromisarios convocados para el sábado 25 de marzo. No obstante, el resultado del primer asalto revela un eficaz manejo por parte del presidente y de su equipo de los intrincados resortes del aparato partidario, particularmente en las comarcas rurales, donde el PP ha preservado mejor su fuerza electoral y la figura del líder regional es menos discutida.

Con ese activo Diego ha podido contrarrestar y superar aunque sea por poco el empaque del bando rival. Con Sáenz de Buruaga se alinean el ministro Íñigo de la Serna, los tres últimos alcaldes de Santander, Gema Igual, el propio De la Serna y Gonzalo Piñeiro, que ha sido también un histórico presidente del partido, los dos diputados nacionales, Ana Madrazo y Diego Movellán, y buena parte de los regidores de los municipios más importantes de Cantabria que perdieron sus bastones de mando en las últimas elecciones.

También Génova apoyaba supuestamente el cambio –Fernández Maillo en la vanguardia, Cospedal desde las bambalinas y dicen que también Rajoy en las alturas– pero más allá de los llamamientos a la unidad y alguna reconvención a los movimientos de Diego la verdad es que de momento la influencia de la cúpula nacional no se ha notado mucho.

Sáenz de Buruaga ha tenido serias dificultades para encarnar la idea de la renovación, dada su larga trayectoria como número dos de Diego en el partido y en el Gobierno. Su campaña ha sido muy comedida en los inicios frente a la agresividad del adversario. Ya en la proximidad de la votación han tenido más presencia mediática los dirigentes que la respaldan y su discurso de apertura del partido a la sociedad y al diálogo con otras formaciones.

Diego y Buruaga llegarán al congreso después de haberse repartido casi a partes iguales los 3.000 votos depositados en las urnas por los afiliados inscritos. Diego confía en ampliar su respaldo en la votación de los compromisarios y Sáenz de Buruaga ve factible la remontada por el mayor peso de los municipios grandes en esa ronda definitiva.

Buruaga no cree en las sucesivas ofertas de integración de Diego ni tampoco tiene fácil aceptarlas porque la continuidad que entrañan es justo lo contrario del cambio que ella postula. Corre el riesgo de representar la fractura frente a la unidad, pero esa es la apuesta y el mensaje: «El PP lleva dos años en blanco, sin rumbo y sin futuro. Con Diego al frente, Revilla seguirá de presidente».

En realidad, esa es la madre del cordero. Ni siquiera los partidarios de Diego con el evanescente ‘cambio tranquilo’ que han elegido como lema niegan la necesidad de enderezar el derrotero. Y sin embargo, la discusión en el PP de Cantabria se ha planteado en términos de lealtad o traición al jefe, como si operase una suerte de caudillaje vitalicio en el que no parece importar mucho que la gran victoria de 2011 se haya trocado en un descalabro sin precedentes en 2015 o que el partido languidezca en la oposición desde entonces.

El congreso, aunque tardío, proponía la oportunidad de una saludable agitación que revitalizara el PP para diseñar una nueva etapa hacia el futuro, no para preservar el ‘establishment’ de un modelo en decadencia. Pero lo que ha primado hasta el momento es la bronca tabernaria de un partido fragmentado en dos mitades. Sobran rencores e intereses personales, falta generosidad y altura política para que el debate no se plantee sobre la supervivencia del jefe sino en la mejor forma de cambiar un paisaje desolador.

Sobre el autor Jesús Serrera
Bilbao. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco. En El Diario Montañés desde 1982. Subdirector. Sobre este blog: Crónica, opinión y análisis de la actualidad. Con todas las voces, pero sin acompañamiento instrumental. Se agradecen las sugerencias para mejorar el repertorio.